sábado, 30 de noviembre de 2013

REVISTA MUJER HOY, ENTREVISTA DE CERCA PAULA ECHEVARRÍA,/ DEBATE, PROTAGONISTA, CIENTIFICAS: ¿ AÑOS LUZ DE SU RECONOCIMIENTO,.?

TÍTULO: REVISTA MUJER HOY, ENTREVISTA DE CERCA PAULA ECHEVARRÍA,

PAULA ECHEVARRÍA, " Yo también dudo ante el espejo",.



Son las nueve de la mañana de un día cualquiera de este noviembre y Paula está en maquillaje. No interfi ero en esa primera hora de ...
 
Actriz antes que bloguera y madre antes que nada, sienta “cátedra” con sus estilismos cada vez que está ante las cámaras. Pero ella se sacude etiquetas a golpe de sonrisa y carácter, mientras ejerce de embajadora de Pantene y habla de su próximo proyecto: la serie “Galerías Velvet”.

Son las nueve de la mañana de un día cualquiera de este noviembre y Paula está en maquillaje. No interfi ero en esa primera hora de descompresión y charla relajada con su equipo de "grooming": quiero darle tiempo antes de que proceda a ponerse la máscara de actriz en promoción con la que todas suelen recibir a los periodistas. Cuando comienza nuestra charla, caigo en mi error. No hay máscara en Paula, imperturbable en su discurso, educada sin artifi cialidad y fan de la moda y la belleza. Sin más. Puntual, muy profesional, con un punto de displicencia y un mucho de saber qué ha venido a hacer y cómo lo tiene que hacer.
Este es un momento dulce para Paula Echevarría (Candás, Asturias, 1977), la mujer que convierte en oro todo lo que toca. El azúcar que nos ocupa tiene que ver con “Galerías Velvet”, la serie que rueda Bambú para Antena 3 y que narra el amor imposible entre una costurera (Paula) y el hijo del patrón (Miguel Ángel Silvestre) en un escenario irresistible: unos grandes almacenes a finales de los años 50. Amor, prêt-à-porter y nostalgia: huele a éxito.
Mientras vuelan los pinceles sobre su cara, la actriz manifiesta su disgusto por la vigilancia a la que la someten los “paparazzi”: han robado la foto

de rodaje del primer beso entre Ana, su personaje, y Alberto, el de Miguel Ángel. En una portada aparece como si ocurriera en la vida real. Endurece su semblante y puedo advertir un formidable carácter antes de que los mimos del maquillador disuelvan la nube en un “blush”.  Su anterior personaje importante, la Lucía Reverte de “Gran Reserva”, mostraba un gesto sufridor y Paula se alegra de poder sonreír y reír en “Galerías Velvet”. Tiene razones para hacerlo también fuera del rodaje: su matrimonio con David Bustamente va viento en popa (en 2012 fueron la pareja favorita de los españoles, según el Instituto Sondea); y su niña Daniela de cinco años, está preciosa. Además, es la bloguera número uno, gracias a su natural talento para comprar y mezclar. Las marcas, claro, se la rifan: pieza que aparece en su “blog”, pieza que se agota.
Mujer hoy. Lleva un tiempo de descanso entre series y, sin embargo, aparece por todas partes. ¿Cómo se logra eso? 
Paula Echevarría. No es calculado. Es algo que se


me escapa. De hecho, intento que cuando no tengo una serie en antena tampoco haya “spots” emitiéndose. Por ejemplo, la campaña para la línea Anti Edad BB7 de Pantene ha salido antes de “Galerías Velvet”. No quiero que el personaje se coma a la persona. Ante todo soy actriz: es mi pasión y mi trabajo. Pero con algunas revistas del corazón no se puede.  P. ¿Le preocupa que su infl uencia “fashionista” eclipse su carrera?
R. Jamás se me ha pasado por la cabeza. Me parecería ridículo. Que usen fotos mías o no escapa a mi control. Yo no soy la que crea interés por mi persona. Los “paparazzi” hacen las fotos, las revistas las publican y así es como surge. Puede ser algo bueno, pero también hay veces en que te apetece guardarte un poquito y estar en "stand by" y no lo puedes hacer, por lo menos yo. La semana pasada, que pude ir a recoger a mi hija al colegio por primera vez en tres meses, me pasé toda la mañana con cinco tíos delante apuntándome con sus objetivos
P. ¿Y qué hay de la moda?
R.  No estoy tan implicada en la moda, me implican. Lo único que hago es el blog. Ni siquiera asisto a desfi les, porque grabo 12 horas al día. Hace tres años que no voy a Cibeles, a París, ni a Milán. No soy imagen ahora mismo de ninguna marca (lo fui de Blanco) ni tampoco doy consejos: no le digo a nadie cómo debe o no vestir. Lo que ocurre es que las revistas hacen sus reportajes de “street style” y usan fotos de archivo, pero eso tampoco lo provoco yo. Pero no reniego de la moda, ¿eh?
P. ¿Qué es para usted? 
R. Un “hobby”. Me encanta, pero no es una obligación laboral, no es mi trabajo.
P. Su blog tiene un éxito extraordinario.
R.  Y mis lectoras no son niñas, al contrario. La gente que me sigue tiene una edad muy similar a la mía, por eso lo que saco, tanto de 10 euros de Blanco como de 300 de Zadig et Voltaire, se agota. Son personas con poder adquisitivo e independencia económica. Lo veo en las mujeres que se me acercan en la puerta del cole o cuando voy a hacer la compra. “Te sigo todos los días, son mis cinco minutos de relax”. O, como dice Juana Acosta: “Cuando acuesto a los niños, ver tu blog es mi paz”. Muchas no saben qué ponerse y piensan: “A ver qué se pone Paula”.
P. ¿Por qué cree que funciona tan bien? 
R. No sé... Hago lo que tengo que hacer como lo quiero hacer. No me siento atada a nada excepto a mí misma. Sigo haciendo mis “posts” como hace tres años. Muchas blogueras tienen éxito y se transforman en animales de la moda: nadie se cree que vayan todo el día subidas a tacones de 20 centímetros. En cuanto se hacen la foto se van a su casa a ponerse bambas. Yo eso no lo hago. Lo que sale es como me visto. Las mujeres que no saben qué ponerse, ¿dónde es más lógico que vayan, al blog de la de 20 cm o al mío? Mi éxito es el realismo.
P.  ¿Tiene dudas al vestirse?
R.  ¡Claro! Hoy mismo. Ayer. ¡Y anteayer! Me pasa mucho en el cambio de temporada. Yo también me pongo y me quito la ropa frente al espejo.
P. Es una “it girl” terrenal.
R.  Eso de “it girl” me da mucha risa, me hace mucha gracia el término... ¿Qué es una “it girl”? ¿Alguien que crea? Pero si ya nadie crea, hasta los diseñadores rescatan de otras temporadas... Si llaman “it girl” a tener estilo y sentirme a gusto, pues sí.
P. ¿Le gustaría crear su línea de moda? 
R. No. Yo soy una persona que jamás delego en los demás. Para nada. Lo que lleva mi nombre y lleva mi sello tiene que pasar siempre por mí, ha de ser obra mía de verdad. Por si triunfa o por si fracasa. Si es mi acierto, me lo como yo; y si es mi fracaso, también. Ahora mismo no tendría tiempo para meterme en algo así, y ni me planteo que alguien diseñe por mí.
P. ¿Le da tiempo a ir de compras? 
R. Hay marcas que me mandan cosas a casa y voy de tiendas cuando puedo. Todo lo último que tengo ahora me lo he comprado a través de internet.
P. ¿Dónde compra más ropa?
R.  Tiro mucho de Zara, Blanco, Mango, Stradivarius... De vez en cuando me permito un capricho en tiendas multimarca.
P. ¿Armario XXL o vestidor? 
R. Empecé con un armario, pero ahora tengo ese armario y una de las habitaciones que estaban sin ocupar y que he ido transformando en un vestidor con burros, baldas...
P. ¿Tiene estilista de cabecera? 
R. No, no. Ni para las citas importantes. No me gusta. Nadie me conoce mejor que yo misma. Sé perfectamente lo que me sienta bien y lo que me sienta mal. Los estilistas te pueden ayudar a conseguir una prenda, pero mi “modus operandi” es otro diferente. Miro los desfi les de las marcas y sus “look books”, elijo tres o cuatro y mi representante se pone en contacto con la marca para que me los manden a casa. Esa es mi forma de hacer las cosas.
P. Pues funciona: dicen que es imposible pillarla con un “look” desacertado.
R.  Le podría sacar 200 fotos de matarme... En la alfombra roja no me arrepiento de ningún estilismo. Huyo de la tendencia, eso sí. En los Goya de este año tenía claro que todo el mundo iba a ir de color nude o de blanco, así que fui a Dolores Promesas y le encargué a Ali [Alicia Hernández] un vestido verde. ¡Fue una decisión premeditada!
P. ¿De dónde sale ese instinto natural? 
R. De mi madre. Es muy elegante. Y siempre se ha hecho ella la ropa. La frase que más me repetía era: “Eres la misma cuando sales a comprar el pan que cuando vas de paseo”. Ella me hacía ropa que veía en las revistas y a la que no podía acceder, tuneada entera. Lo pasábamos pipa, yo lo disfrutaba mucho. Con 12 años me hizo una cazadora vaquera y yo la tuneé con tachuelas, cristales de colores... En Candás flipaban conmigo, pero me daba igual. Tampoco es que fuera estrambótica, pero si me apetecía algo, me lo ponía.
P. Entonces se ha criado entre hilos, telas... 
R. Sí. Cuando empezaba la serie, me preguntaban si sabía coser y siempre contestaba: “Si no supiera, sería para matarme”.
P.  En su nueva serie, “Galerías Velvet” interpreta precisamente a una costurera. 
R. Ana Rivera es huérfana, vive en Madrid, en el sótano de unas galerías comerciales, con su tío. Trabaja mucho, gana poco y está enamorada de un hombre que cree que jamás alcanzará. Pero es feliz. La serie es positiva y me encanta. En “Gran Reserva” estuve hundida en la tristeza. Sonreí dos veces en tres temporadas.
P. Y, en la serie, su tío es Pepe Sacristán. 
R. Rodar con él es maravilloso con mayúsculas. Buen compañero, siempre está de buen humor, jamás se queja... Es grande.
P. Tampoco conocía a Miguel Ángel Silvestre, de quien se enamora. 
R. No, no habíamos coincidido. Pero fue conocernos, observarnos unos días y en cuanto surgió el buen rollo, ahí se quedó para siempre. Tenemos una bonita amistad y creo que, cuando rodamos, parece que nos queremos desde hace 20 años.
P. La serie tiene muchas papeletas para durar mucho en antena, ¿no le parece?
R. Esperemos, yo estaría encantada. Soy de esas personas que aprecian la estabilidad. La idea de encontrar un trabajo donde pueda estar unos cuantos años, en el que me pueda sentirme como en casa, me encanta. Además, es muy bonito que el público tenga la posibilidad de encariñarse con los personajes.
P. Es de las pocas actrices que admite que su prioridad es la familia. 
R. Siempre, sin ninguna duda. Está por encima de todo. No quiero engañar a nadie: siempre he de tener tiempo para los míos.
P. ¿La ha cambiado mucho su matrimonio? 
R. Llevamos ocho años y medio juntos y la convivencia hace que uno se adapte al otro. David y yo somos diferentes: él es muy impulsivo y yo, muy pausada. En eso nos hemos complementado a la perfección. Yo lo freno y él me chuta “p’alante”.
P. La maternidad es otra cosa... 
R. Total. La prioridad número uno de mi vida es Daniela. Ante todo y ante todos

Cosas que no sabías de Paula
Guarda su vestido de la suerte para su hija. “Me lo compraron mis padres cuando tenía 18 y me lo he puesto en muchísimos "castings". Era mi vestido de la suerte: de ganchillo de colores y con la falda y mangas acampanadas”.
Le encantan las botas de Sendra. “Fueron mi primer capricho importante. En el instituto, trabajaba los veranos en la Feria de Muestras de Gijón para poder comprar en septiembre mi par de botas de temporada”.
No es marquista. “Al contrario. Cuando era adolescente solía decirle a mi madre que mejor cosas que no fueran de marca: costaban menos".
Tampoco tiene iconos de estilo. “Miro las fotos de chicas como Cara Delevigne o Miroslava Duma, pero nunca para copiarlas, porque sus estilos no funcionarían en mí”.
No se pondría jamás... “Odio los pantalones tan anchos de cadera como en el tobillo. No me los pondría, pero en otras me gustan”.
¿Cine o tele? “En la tele soy muy feliz. Soy pro-tele”.
No es una obsesa de las redes sociales. “Solo tengo Instagram. Es mi manera de corresponder a toda esa gente que cada día me demuestra su cercanía y su cariño. De darles un poquito de mí”.
En el coche. “Cuando puedo conduzco yo. Y sé cambiar una rueda”.
Una imagen desconocida. “Con un delantal cocinando, me encanta”.

Los trucos para conseguir una melena 10
 -Lleva sus propios productos a los rodajes. “Porque me gustan especialmente y porque me van bien. Por ejemplo, protectores térmicos, acondicionadores, algún producto que hidrate... Me gustan los productos sin aclarado, como la BB Cream de la línea Anti Edad BB7, que repara el cabello y consigue un aspecto sano y un acabado natural”.
-Presta atención al cepillado. “Lo hago con cuidado, para que no se parta el pelo”.
-Cada 15 días, cuidados extra. “Sí, mascarillas hidratantes o reparadoras. Lo ideal sería hacerlo una vez a la semana, pero no tengo tiempo. Para compensar, la dejo actuar toda la noche y me lavo el pelo por la mañana”.
-Tratamientos exprés. “A la gente con tan poco tiempo como yo nos vienen muy bien las ampollas rescate, que son mascarillas en monodosis y en un minuto te apañan”.
-Cuidados en casa. “Soy muy fan de Aqua Light, la colección de Pantene para pelo fi no que no apelmaza y da cuerpo. La cosmética funciona, sobre todo te ayuda a no machacarte el pelo. No tendré una melena como la del rey León, pero no me la apelmaza”.
-Peluquería, la justa. “Retoco la raíz cada dos meses, y ya. En “Gran Reserva” me pasaban la tenacilla hasta cuatro veces al día, y mi pelo sufría mucho. En “Galerías Velvet”, por suerte, llevo postizos. Por eso lo tengo mejor que nunca”.

Amor de gran almacén
Un reparto de lujo da vida a los personajes de la nueva apuesta de Antena 3, “Galerías Velvet”: Pepe Sacristán, Aitana Sánchez-Gijón, Natalia Millán, Tito Valverde, Juan Ribó, Manuela Velasco... y, por supuesto, Paula Echevarría y Miguel Ángel Silvestre. Ella, humilde costurera; él, señorito hijo del dueño de estos almacenes de lujo. Entre telas y vestidos de alta costura, ambos protagonizan una apasionante historia de amor que se encuentra con mil impedimentos en la España de fi nales de los 50.
 
TÍTULO;  DEBATE, PROTAGONISTA,CIENTIFICAS: ¿ AÑOS LUZ DE SU RECONOCIMIENTO,.?

  1. En la foto, de izquierda a derecha,-foto. María Blasco, Laura Herrero, Begoña Sot Sanz y Capitolina Díaz.
     
    Son tan inteligentes y trabajadoras como sus compañeros, pero aún se sienten discriminadas. Dos de nuestras más relevantes investigadoras y otras dos jóvenes científi cas debaten para Mujer hoy sobre el futuro de las mujeres en este campo.

    A estas alturas del siglo XXI, ¿de verdad la ciencia tiene que seguir organizando premios “en femenino”–como estos, anuales, For Women in Science L’Oréal-UNESCO– para que las científicas consigan un reconocimiento igual al que disfrutan sus colegas varones? La respuesta es, rotundamente, sí. Un estudio de la Universidad de Yale lo ha vuelto a corroborar. “Los profesores de universidad valoran peor, con las mismas calificaciones y capacidades, a las mujeres que a los varones.
    La consecuencia es que ellas tienen menos probabilidades de acceder a un trabajo en un laboratorio o una tutoría e, incluso, si consiguen un puesto de trabajo, su salario es menor”. Nancy Hopkins, profesora de Biología del prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT), que denuncia a menudo las barreras que impiden el ascenso de las mujeres científicas, describe el estudio como tremendamente importante. “Es una discriminación inconsciente, que revela el poso de siglos de prejuicios”, declaran los autores de la investigación. “La gente cree que este problema ya no existe, y menos entre científicos, pero no es así. Los estereotipos de género explican por qué la mayoría de los puestos de poder o prestigio están en manos de los hombres. Lo terrible fue comprobar que las profesoras tienen tantos prejuicios como sus colegas varones”.
    Nada más terminar el acto de entrega de las becas For Women in Science, el pasado 14 de noviembre, nos sentamos a debatir este problema con cuatro protagonistas de excepción. Dos son prestigiosas científicas españolas –María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, y Capitolina Díaz, presidenta de AMIT (Asociación Española de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas)– y las otras, dos de las premiadas (Laura Herrero Rodríguez y Begoña Sot Sanz). 
    Mujer hoy. “El mundo necesita ciencia… la ciencia necesita mujeres” es el eslogan de los premios de este año. ¿El sexismo persiste en su profesión? 
    María Blasco. Nunca ha desaparecido. La ciencia no valora del mismo modo a hombres y a mujeres. La prueba es que, aunque en los niveles de formación hay más mujeres, en los de dirección y decisión, el porcentaje femenino se desploma.
    P. Lo más llamativo es que esa discriminación también la hacen las científicas. 
    M. B. Nosotras tenemos eso que se conoce como complejo del impostor: la sensación de estar en un lugar que no nos pertenece, por preparadas que estemos. Es un freno enorme, que se suma a otros. Por ejemplo, si la competitividad y el poder son valores positivos en un hombre, en la mujer son impopulares. Lo he podido comprobar personalmente.
    P. El propio sistema productivo parece hecho para los hombres. 
    M. B. ¡Eso se ve en todo! Los horarios se diseñan a la medida de ellos. La propia medicina se ha basado en modelos masculinos, cuando los síntomas, tratamientos y dosis son diferentes en la mujer. Los muñecos prototipo que se usan en las pruebas de coches son tamaño masculino, lo mismo que los cinturones de seguridad. Aunque nosotras somos más de la mitad de la población del planeta, la sociedad se organiza como si la gran mayoría fueran hombres.
    Laura Herrero. Yo quiero la igualdad, pero partiendo de la idea de que no somos idénticos. Reclamo desde la diferencia. Por ejemplo, que se tengan en cuenta los ciclos reproductivos de la mujer y que se vea la maternidad como una inversión, y no como una carga. Yo estoy embarazada y sigo trabajando. Una sociedad justa debería tener en cuenta las circunstancias de las mujeres, que implican a todos.
    Capitolina Díaz. Es una lucha lenta, pero que empieza a dar frutos. Por ejemplo, ahora, tras los cinco años de doctorado, se concede un año más a las mujeres que han tenido un hijo en ese tiempo, porque se considera que el año de trabajo perdido por la maternidad debe ser compensado. Hay que decir que la propuesta fue idea de una ministra alemana que esperaba el séptimo hijo... Cuesta pensar que un hombre hubiera sido capaz de idearla.
    Begoña Sot. La educación mixta tiene mucho que ver. Los chicos que se han formado en colegios mixtos no ven a las chicas en otro bando. Tengo amigos que han ido a colegios de un solo sexo y noto la diferencia. Los estereotipos se forman en la infancia. El desconocimiento crea recelo y prolonga los prejuicios.
    P. Pero aunque la escuela mixta lleva décadas, el sexismo no cesa. 
    M. B. Prejuicios de siglos están detrás de lo que los norteamericanos llaman “blind spot”, un punto ciego que no nos deja ver los sesgos. Los comités científicos deberían tenerlo en cuenta para ser equitativos. ¡La ciencia no puede exigir más a las mujeres que a los hombres!
    C.D. Yo suelo decir que a las mujeres nos hubiera venido genial tener una esposa, que otro ser humano deje de lado sus potencialidades para que nosotras prosperemos. A lo largo de la historia, los hombres han basado su desarrollo profesional en este esquema. Sin embargo, nosotras no queremos eso, queremos igualdad de oportunidades.
    B.S. Lo ideal sería que nos eligieran por el currículo, pero nuestras probabilidades son menores por ser mujeres. Menos mal que existen becas para científicas, como la que me han concedido.
    P. Si hubiera las mismas oportunidades, no se necesitarían estas iniciativas. 
    C.D. Hasta que no exista la paridad real, hay que optar por la acción positiva. Si estas becas se concedieran a los mejores proyectos del planeta, la mayoría de las premiadas serían norteamericanas, porque la inversión en investigación es mucho más potente allí. Que se premie a científicas a nivel nacinal abre la puerta a mujeres con menos oportunidades.
    Laura Herrero. En la Universidad de Harvard hay una cuota del 50% para acceder a investigador principal.
    M.B. A un presidente de Harvard le costó el puesto decir que las mujeres tenían menos éxito en algunas áreas del conocimiento. El sexismo no puede convivir con la ciencia.
    C.D. No se trata de elegir a cualquier científica solo por ser mujer, sino de que, entre el grupo de excelentes, haya un 50% de elegidas. Ese esquema paritario ya se está aplicando en España desde 2005 en proyectos de I+D+i. Las mujeres que han superado los 70 puntos tienen más probabilidades de acceder a esos puestos.
    L.H. Begoña y yo tenemos maridos científicos, y aunque entienden mejor nuestra situación, la discriminación existe. Por ejemplo, a la hora de viajar soy siempre yo la que cedo, la que se queda en casa. ¿Por qué? Por ese sesgo inconsciente y tan difícil de ver.
    C.D. Y esa menor movilidad de las mujeres retrasa el ascenso femenino en muchos sectores.
    P. ¿Ese déficit de científicas “potentes” podría explicar por qué no hay más niñas que quieran dedicarse a la ciencia?
    B.S. Es un factor importante. Por eso hay que dar más visibilidad a las mujeres científicas. Las niñas quieren ser modelos, actrices, cantantes… porque son los prototipos que se proponen como deseables. Casi ninguna piensa en la ciencia como profesión. Hace poco, en una visita que hicimos a colegios, niños y niñas describían a los científicos como señores extravagantes y un poco locos. Cuando nos vieron a nosotras, jóvenes, vistiendo y hablando como ellos, se sorprendieron muchísimo.
    L.H. Es que nosotras no salimos en la tele. En España nadie protesta cuando se retira la inversión en ciencia. Me pregunto qué pasaría si se hicieran los mismos recortes en el fútbol.
    C.D. Algunas universidades están organizando los “girl’s days”, días de puertas abiertas para que las niñas de los institutos vayan a ver los laboratorios. Creo que las mujeres tienen que formar un lobby para conseguir influencia en los centros de poder.
    M.B. Para lograrlo hay que ayudar a las jóvenes investigadoras, ser sus mentoras, hacerles sentir que tienen apoyo. Si la ciencia no incluye a la mujer, la propia sociedad se empobrecerá.

    Un estudio revelador
    En la investigación de Yale se pidió a profesores de seis universidades que valoraran la candidatura de un recién graduado para un puesto de director de laboratorio (en unos casos se llamaba John y en otros, Jennifer). Respondieron 127 profesores (el 30% de los contactados). En una escala de 1 a 7, John recibió una valoración de 4 y Jennifer, de 3,3. Él fue mejor considerado para un trabajo en laboratorio o tutorías. El salario ofrecido a Jennifer fue de 26.508 dólares; el de John, 30.328. El sesgo no cambiaba con la edad, el género, la especialidad o el estatus del docente.

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