miércoles, 28 de febrero de 2018

¡ ATENCIÓN Y OBRAS ! CINE - La gloria de perder,. / VIAJANDO CON CHESTER -El irreductible de Villarroya ,. / ¡ BUENOS DIAS JAVI Y MAR ! CADENA 100 -«Yo quería ser el niño que tripulaba Mazinger Z» ,./ Muere una hija de Bill Cosby a los 44 años .

TÍTULO: ¡ ATENCIÓN Y OBRAS ! CINE - La gloria de perder,.

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 ¡Atención y obras! es un programa semanal que, en La 2, aborda la cultura en su sentido más amplio, con especial atención a las artes escénicas, la música, los viernes a las 20:00 presentado por Cayetana Guillén Cuervo, etc, foto,.

 

  La gloria de perder,.

La gloria de perder,.


Michael Edwards, al que apodaron Eddie 'el Águila', en un entrenamiento en enero de 1988, un mes antes de la cita olímpica en Calgary./R. C.
Michael Edwards, al que apodaron Eddie 'el Águila', en un entrenamiento en enero de 1988, un mes antes de la cita olímpica en Calgary. / foto.

El británico Eddie 'el Águila' tenía miopía y sobrepeso. Sin dinero ni entrenador, logró colarse en unos JJ OO como saltador de esquí. Quedó el último y se convirtió en héroe. 30 años después vive de su proeza,.

«La derrota tiene la dignidad que la victoria no conoce», dijo el lúcido Borges. «Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota», fue aún más lejos Valle Inclán. Si no fuera por la diacronía de sus existencias con la de Michael Edwards (Cheltenham, 1963) se diría que ambos escritores, el argentino y el compostelano, hablaban sin sospecharlo del yesero británico que se metió a deportista de élite. La suya es la historia de un saltador de esquí incapacitado para el triunfo que, en contra de las fuerzas de la naturaleza (principalmente, de la suya propia), holló la cima del éxito sin cosechar una sola medalla. Ocurrió hace justo treinta años en los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary 1988. Allí firmó la peor marca, pero demostró que cualquier persona, al margen de su estatus social y económico, podía competir al nivel más alto. Por no rendirse ante sus propias limitaciones, por no sucumbir a la mofa de todo un país, y, sobre todo, por no estrellarse, Inglaterra le dispensa todavía hoy tratamiento de héroe entrañable.
Edwards se crió en una familia modesta de Cheltenham, una ciudad balneario de apenas 118.000 habitantes. Era un chaval feotón con cara de pocas luces. Se daba un aire a Shaggy Rogers, el asustadizo amigo de Scooby-Doo en los inolvidables dibujos animados de los setenta. No le gustaba estudiar y enseguida colgó el uniforme del colegio para ponerse a trabajar con su padre, un trabajador de la construcción. Lo que no dejó fue el esquí, un deporte que empezó a practicar como una actividad extraescolar y que le enganchó, hasta el punto de fantasear con los cinco aros olímpicos entrelazados sobre su cabeza. «¿Y por qué yo no?», se acabó diciendo. Ese día se conjuró con su chifladura. Invertiría sus ahorros en cruzar el charco y prepararse en Estados Unidos. La aventura le duró poco. «Me quedé sin dinero enseguida, así que decidí pasarme al salto de esquí. Era barato y desde los años veinte no se había presentado nadie por Inglaterra, con lo que sería un récord fácil de superar. Básicamente, yo era un adicto a la nieve», relata a este periódico.
A su regreso a casa nadie aplaudió el volantazo. El salto de esquí era (y es) una modalidad prácticamente inexistente en suelo inglés. Sin instalaciones donde practicar, Edwards tenía que volver a marcharse en busca de nieve y rampas. «Allí todo lo que podía hacer era ensayar la posición de salida, con las piernas flexionadas y el trasero en pompa», bromea. En el verano del 86, a tan solo dieciocho meses de la inauguración de la Olimpiada de invierno, le cogió prestada la furgonta a su madre y se lanzó a recorrer Europa para fajarse en varias competiciones en Suiza, Alemania, Austria, Finlandia... Antes de Calgary debía superar el campeonato mundial, para el que la Federación Británica de Esquí le impuso un salto de 50 metros.
«El espíritu olímpico no consistía solo en ganar, sino en llegar hasta allí, pero aquello se acabó»
Sin dinero, sin equipo, sin entrenador, con un sobrepeso de diez kilos y una miopía anunciada como con luces parpadeantes de neón gracias a unas gafas de culo de vaso que encima se le empañaban, Edwards dejó sus huesos en todas aquellas pistas en las que volaban los primeros espadas con los que se vería las caras en Canadá. Pero aquel hombre torpón y caricaturesco que se ataba el casco con una cuerda de rafia nunca tenía bastante. Después de cada caída, siempre aparatosa, volvía a reaparecer, sonriente, dispuesto a subirse allá arriba e intentarlo de nuevo. Le rebautizaron Eddie 'el Águila' por el modo en que aleteaba los brazos en señal de excitación después de cada salto del que salía indemne. «En una ocasión perdí el casco en pleno vuelo y acabó llegando más lejos que yo. Aquello me dejó destrozado», ironiza con humor de inequívoco regusto inglés. «Me hice un tipo popular porque, pese a todo, siempre estaba feliz y porque transmitía ese mensaje poderoso de que lo verdaderamente importante es intentarlo con todas tus fuerzas», cuenta con orgullo.
Durante aquellos meses de hospitales y camaradería, Edwards se mantuvo limpiando en hoteles y restaurantes, y durmiendo en cobertizos. «Los colegas de otros países me daban sándwiches que sacaban a escondidas para mí. Ellos me alimentaban y ellos me entrenaban». En Finlandia, la cuna de los grandes saltadores, se alojó en un centro psiquiátrico, donde le permitían pernoctar a cambio de retirar a pala la nieve de los accesos. Allí le remitió la delegación inglesa del comité olímpico la misiva en la que le confirmaba, a regañadientes, su selección para representar a Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos de Calgary. Pese al desprecio de los suyos, que le consideraban un tipo patético que les abochornaría, el yesero podía oler ya el aroma a chamusquina del pebetero.
Sin equipamiento decente con el que presentarse ante el mundo, no le faltaron patrocinadores en la sombra: el equipo italiano le dio un casco de última generación; los austriacos, unos esquís nuevos; los alemanes del Oeste, un mono; y los franceses, unas botas de su talla. «Las que llevaba eran cuatro números más grandes y tenía que ponerme hasta seis pares de calcetines para no perderlas», relata como si tal cosa.

Un país rezando

Cuando su sueño cobró forma y se vio encañonado por las televisiones de todo el planeta, Edwards sintió la presión. Debía ascender a lo alto de aquella infraestructura angosta, encaramarse a una aguja en la que el esquiador apenas puede mantenerse en pie y dejarse caer a casi 200 kilómetros por hora para lanzarse al vacío. Así dos veces, desde 70 y 90 metros.«Estaba muy nervioso. No quería caerme delante de toda aquella gente. Creo que toda Inglaterra rezó para que no me matara». Al final pasó lo que tenía que pasar. Eddie 'el Águila' quedó en la gloriosa e inequívoca última posición en ambos saltos. En el mejor de ellos, el de 70, alcanzó los 71 metros, 47 por detrás del ganador. Y, aun así, se convirtió en un icono indeleble y en estampado de camisetas, gorras, llaveros y paños de cocina.
A su regreso a casa desde Canadá empezó a encadenar bolos: inauguró varios centros comerciales disfrazado de águila, fue jurado en concursos de belleza, prestó su imagen a una aerolínea, rodó varios anuncios, escribió un libro y hasta grabó dos baladas pop, una de ellas en finés (¡en Helsinki cantó ante 70.000 personas!). La gloria de perder le llevó a conocer medio mundo y a ganar el equivalente a un millón de euros, pero un «cowboy de las finanzas» le llevó a la bancarrota en 1991.
Edwards tocó tierra y se recompuso para izar de nuevo el vuelo. Hace un par de años, el director Dexter Fletcher llevó su vida al cine con Taron Egerton como protagonista y Hugh Jackman como su entrenador. Habitual de los 'realities' en la televisión británica, el yesero olímpico recibe todavía hoy una media de doscientos emails diarios, realiza exhibiciones y ofrece conferencias por todo el mundo. «El verdadero espíritu olímpico ya no existe. Consistía en llegar hasta allí pero ahora todo es ganar», se lamenta. «Aunque no gané nada yo siempre pienso en mí como en un vencedor. Los perdedores son los que no lo intentan por miedo a fracasar».
Ni siquiera una inoportuna lesión que le garantizaba un sufrimiento extra iba a aguar a Abdul Baser Wasiqi la electrizante experiencia de participar en los Juegos de Atlanta 1996. El afgano puso toda la carne en el asador y allí la tuvo durante las 4 horas, 24 minutos y 17 segundos que le costó completar la maratón. Cuando llegó deshecho al estadio, una hora más tarde que el penúltimo, tan solo se encontró con los operarios que montaban el escenario para la ceremonia de clausura.
«Yo soy lanzador de peso, pero en mi federación se confundieron y no pude competir en mi categoría. Así que me apuntaron en los 100 metros». Esto es lo que contó el samoano Trevor Misapeka -190 centímetros de alto y 140 kilos de peso- después de pasar a la historia como el atleta más lento que jamás haya tomado parte en esa prueba en unos Mundiales: 14,29 segundos. Aún estaba en la línea de los 60 metros cuando el primero cruzó la línea de meta.

   TÍTULO: VIAJANDO CON CHESTER -  El irreductible de Villarroya ,.

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Viajando con Chester es un programa de televisión español, de género periodístico, presentado por Pepa Bueno, en la cuatro los domingos las 21:30, foto, etc.

 

 El irreductible de Villarroya ,.

 

El irreductible de Villarroya,.


Salvador Pérez Abad, alcalde de Villarroya desde 1973, en la plaza del pueblo, frente a la iglesia. :: justo rodríguez/
Salvador Pérez Abad, alcalde de Villarroya desde 1973, en la plaza del pueblo, frente a la iglesia. foto.

El municipio más pequeño de España se resiste a desaparecer. «Nos salvamos cuando encontramos agua», dice Salva, que lleva 44 años como alcalde de este pueblo riojano,.

La carretera abandona los polígonos industriales de Arnedo, en el extremo suroriental de La Rioja, y en pocos kilómetros entra en una era geológica distinta. Las montañas se vuelven pardas y severas, adustas, venerables. Hay carteles que anuncian que en estas piedras antiquísimas dejaron su firma los dinosaurios del cretácico. Un pueblo de nombre sonoro, Turruncún, se asoma a la calzada, pero está vacío. De su caserío en ruinas se perciben a simple vista la torre de la iglesia, el frontón y las escuelas, que yacen nuevecitas y asombradas, como si los alumnos las hubieran abandonado a todo correr, a lo pompeyano, sorprendidos por alguna extraña erupción.
Un desvío a la izquierda conduce a Villarroya. Los aerogeneradores se alinean militarmente a las faldas del monte Gatún, pero las aspas no se mueven. Hay restos de nieve en las zonas umbrías, aunque las temperaturas han subido de repente casi diez grados y la dehesa se ha convertido en un pantanal. Los cronistas detienen el coche a la entrada del pueblo. Los recibe un silencio silbante, un silencio de cierzo y pajarillos. Caminan unos pasos, se acercan a la plaza y un perro esbelto, con manchas de color canela, se les acerca presuroso, más extrañado que furioso. Husmea y ladra con desgana.
- Garzón, quieto.
Salva, que está soltero, vive todo el año en Villarroya. «Pero casi nunca estoy solo», dice
Garzón es el perro de Salvador Pérez Abad, 71 años, alcalde de Villarroya. Lo recogió hace diez años cuando trabajaba en una viña de Grávalos, un pueblo vecino. Se lo encontró aterido y hecho un ovillo. Era un cachorro indefinible. «Ni siquiera sabía si era un perro o un gato». Lo montó en el coche, puso la radio y, como estaban dando una noticia sobre el juez Garzón, le cayó en suerte el nombre. Aquello resultó ser un perro y ahora se ha convertido en el alguacil oficial de Villarroya: todos los días hace infatigablemente la ronda y recorre las calles arriba y abajo, avisando a su dueño de la llegada de intrusos.
Salva lleva 44 años de alcalde. Cogió la vara de mando el 28 de septiembre de 1973, a los 27, en los últimos años del franquismo, porque se lo pidió su antecesor, Daniel Pérez, y luego ha ido ganando las sucesivas elecciones municipales, siempre en las listas del PP. «Ahora, ya puestos, sí me gustaría llegar a los cincuenta», confiesa. Cuando ocupó por primera vez la Alcaldía, Villarroya tenía más de cuarenta habitantes. Ahora, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, se ha convertido en el municipio más pequeño de España, junto con Illán de Vacas (provincia de Toledo): solo quedan cinco vecinos censados, tres hombres y dos mujeres. «Bueno; eso dicen los del INE -responde-. Pero en muchos pueblos se empadrona gente que luego no vive».
Salva, que está soltero, sí vive en Villarroya. Todo el año. Haga bueno, truene o caigan chuzos de punta. «Pero casi nunca estoy solo. Siempre hay gente que viene por aquí», advierte. Hoy, por ejemplo, le acompañan otros dos hijos del pueblo: Tomás Ezquerro, que cumplirá 85 años en marzo, y Jesús Garrido, alias El Chato, que va por los 69. Los tres forman tertulia al sol, mientras Garzón emprende su tercera o cuarta ronda y un gato rubio, gordo y perezoso lo mira con desdén. Hablan del tiempo y de las dos nevadas impetuosas y solemnes que han caído este año. No habían visto nada igual desde que eran niños. El Chato vive en Arnedo («cosas de la mujer», se excusa), pero se mantiene empadronado en Villarroya y pasa en el pueblo «350 de los 365 días del año». Cultiva espárragos y borrajas en unos invernaderos que ha plantado en la parte baja del pueblo. «Ya hacía falta, ya, que cayera agua. ¡Años llevaban las raíces de las matas de los espárragos sin mojarse!», se espanta. En este momento, Estrella, una perra fugitiva y sigilosa, con andares de espía, se mete en la casa de Tomás y sale derrapando con media hogaza de pan en la boca. «¡La madre que la parió!», exclama Salva. Estrella, ladrona, avispada y poco de fiar, no se parece en nada a Garzón, que prosigue su ronda infinita con una seriedad de guardia civil.
Los tres amigos caminan hacia la tahona. Abren la puerta. Los goznes chirrían con un gemido espeluznante. «Ah, ese sonido me quita ochenta años de encima», sonríe Tomás. En la posguerra, los vecinos amasaban el pan en casa y luego, por turnos, lo cocían en el horno municipal. En los noventa lo rehabilitaron entre todos y una o dos veces al año, cuando llega la temporada de coger setas, organizan unas merendolas fastuosas.

«En los 50 había bar y baile»

Salva, Tomás y El Chato acompañan a los cronistas a dar una vuelta por el pueblo. Los propios lugareños y sus descendientes han arrimado el hombro para aprovechar las subvenciones y restaurar el caserío, las calles y la iglesia sin gastarse el dinero en albañiles. Villarroya vivió su época de esplendor en los años 50, cuando las minas de carbón estaban a pleno rendimiento y llegó a tener casi 400 habitantes. «Venían furgonetas de obreros de Arnedo, de Turruncún, de Muro, de Grávalos... Aquí se cobraba a la semana, había tienda de ultramarinos y bar, y baile todos los domingos», añoran los tres. Ahora solo queda un silencio espeso azotado por un viento dictatorial. El carbón, que salía con mucha mezcla de azufre, dejó de ser rentable, las minas se cerraron y el pueblo perdió 350 vecinos de golpe. En las eras, donde antes brotaba un fuego perpetuo que olía a infierno, ahora se respira el aire inmaculado que corre entre el Gatún y el Moncayo.
Salva se ha construido su casa por aquí cerca, en las afueras del pueblo. Dice que no se aburre nunca, ni siquiera en las noches de invierno.
- ¡Pero si apenas tengo tiempo de cuidar la huerta! -protesta-. Y eso que llevo tres días que no puedo ni bajar a la viña del frío que hace.
- Mejor -tercia Tomás-. Entonces te sientas junto a la lumbre y chorizo va, chorizo viene.
- Ni eso puedo, que me lo ha prohibido la médica.
- Pues cambia de médica.
Tomás, en la frontera de los 85 años, parece el protagonista de un anuncio de pensiones: fibroso, ágil, con un hermoso pelo blanco, socarrón, optimista, de ojillos risueños. Marchó a Logroño de joven, pero mantiene su casa en Villarroya y conserva una memoria puntiaguda, que cultiva con la paciencia de un notario: «Llevo escritas cuartillas y cuartillas de cómo era la vida en el pueblo en la década de los cuarenta, por si un día a alguien le sirve», anuncia. De momento, desgrana un avance de sus recuerdos mientras se sienta a la mesa que ha preparado Salva. Los forasteros, que han sacado muchas fotos y han tomado varios folios de apuntes, ya se iban, pero sus anfitriones les conminan a picar algo antes de coger el coche. Sobre el mantel, despliegan sin aparato cinco vasos y dos botellas del vino que aún hace Tomás, con uvas garnachas y tintas de la zona. En un periquete se ven involucrados en un almuerzo riojano: mientras todos lamentan lo alto que tienen el colesterol y la reata de pastillas que deben desayunarse, se ventilan varios platos de panceta, chorizo, jamón, queso y lomo. Envalentonado por la camaradería, el cronista se anima a hacer la pregunta que lleva rondándole todo el día, desde que cogió la carretera y salió de Arnedo:
- ¿No temen que Villarroya acabe pronto convertido en un pueblo fantasma, como Turruncún?
- No -medita Salva-. Creo que Villarroya se salvó cuando abrimos el pozo, encontramos agua y la llevamos a las casas. Aunque la gente vaya y venga, no creo que deje que se muera el pueblo.
Y los tres amigos se echan un trago del vino de Tomás, como si quisieran espantar un mal pensamiento.
Población. Según el padrón del INE de 2017, tiene cinco habitantes (tres hombres y dos mujeres).
Localización. Se encuentra en La Rioja, a 67 kilómetros de Logroño y 14 de Arnedo.
Altitud. 928 metros.
Curiosidades. En las elecciones de 2015 estableció el récord de rapidez en unas votaciones, al cerrar el colegio electoral al minuto de abrirlo.

  TITULO:   ¡ BUENOS DIAS JAVI Y MAR ! CADENA 100 -«Yo quería ser el niño que tripulaba Mazinger Z»,.

 

  ¡ BUENOS DIAS, JAVI Y MAR ! CADENA 100 ,.
 
  Lo mejor del programa ¡Buenos días, Javi y Mar! que se emite cada mañana en CADENA 100 de 06:00 a 11:00 y que presentan Javi Nieves y Mar , etc,.


«Yo quería ser el niño que tripulaba Mazinger Z»,.

 

«Yo quería ser el niño que tripulaba Mazinger Z»

La presentadora Carme Chaparro. / E. C.
La presentadora Carme Chaparro. / E. C.

A Carme Chaparro le encantaría probar la maldad retorcida de Kasper Juul en 'Borgen'. Aún recuerda la sintonía de 'Comando G' y cree que todavía no se ha escrito una gran serie sobre periodistas

MIKEL LABASTIDA
Hemos llamado a la sala de interrogatorios a uno de los rostros más conocidos de Mediaset para que confiese sus gustos seriéfilos. Durante doce años estuvo al frente de 'Informativos Telecinco' y desde el año pasado da las noticias en Cuatro. Es autora además del libro 'No soy un monstruo', con el que ganó el Premio Primavera de Novela.
-Se le acusa de serieadicta, ¿cómo se declara, culpable o inocente?
-Culpable. Y feliz de serlo.
«A Vasile no hace falta que le regale ninguna serie, es una de las personas con mejor olfato de Europa»
-¿Cuál es la serie que recomienda una y otra vez (con riesgo de hasta ser pesada)?
-Muchas. ¡Hay tantas series buenas! Ahora he estado enganchada a 'El accidente', de Telecinco. Un clásico contemporáneo espectacular es 'Breaking Bad', no solo por el argumento, sino por cómo ha roto moldes audiovisuales. Y de las últimas que he visto, fascinantes 'Godless', 'Big Little Lies', 'Dark' o 'The Handmaid's Tale'. Siempre en versión original.
-No ha sido pesada, así da gusto. ¿A qué personaje admiraba usted cuando era niña?
-Yo quería ser el niño que tripulaba Mazinger Z. Cuando era pequeña, el único personaje femenino protagonista de una serie era la Abeja Maya. No teníamos a ninguna Birgitte Nyborg. Por cierto, 'Borgen', otra serie recomendadísima.
-La anoto en la lista también. ¿Y a qué personaje femenino admira hoy en día?
-A los que describen e interpretan a las mujeres dejando de lado los clichés.
-Lo que más rabia le da de las series es cuando...
-Alargan las temporadas y les dan tantos giros a las tramas que ya no son creíbles.
-Con lo que me ha dicho antes ya no sé si preguntarle con qué dibujo animado se ha sentido más identificada...
-Aún recuerdo la sintonía de 'Comando G'. Para que luego digan que a las chicas no nos gustan ese tipo de series.
-No es un monstruo, eso ya nos quedó claro. ¿Pero qué personaje de serie le parece más monstruoso y por qué?
-El más fascinante -por su evolución física y mental- es Walter White, en 'Breaking Bad'. Se unieron el talento extraordinario de un actor y un director audaz y brillante.
-¿Nunca se podría enamorar de qué personaje?
-Si un personaje está bien construido, tienes que enamorarte de él, aunque sea odiándolo.
-Imagínese que tiene cita con la doctora Melfi, la psiquiatra de Tony Soprano. ¿Qué clase de terapia haría con ella?
-Para dejar de sufrir por cosas absurdas que al final no tienen tanta importancia. Sufro mucho, y muchas veces por tonterías.
-¿Qué pensaría si ingresa en un hospital y le atiende el doctor House?
-¡Que tengo lupus!
-Esa era fácil, a ver esta otra. ¿Con qué 'tensión sexual no resuelta' entre personajes de series padeció más?
-Recuerdo ver 'Luz de Luna', de adolescente, la mítica serie de Bruce Willis y Cybill Shepherd como detectives privados. Ella era, si recuerdo bien, la jefa de él. Ahí fue la primera vez que leí sobre la tensión sexual no resuelta. Al final, te acaba pareciendo un tostonazo, porque no lleva a ninguna parte.
-Es que si se lían pierde la gracia, entiéndalo. ¿Qué giró de serie le indignó más?
-Si un giro me indigna, no tiene sentido seguir viendo la serie.
-¿En qué serie le gustaría hacer un cameo?
-Me encantaría ser Kasper Juul en 'Borgen'. Por probar esa inteligente maldad retorcida.
-¿Qué es aquello que vio en la serie 'Periodistas' y luego nunca vivió en una redacción?
-Que pasaban muchas cosas en la redacción, incluso las noticias, todo el mundo iba a que lo entrevistaran allí. Y, al final, en la redacción no pasa nada. El periodismo se hace en la calle.
-Metámonos en otras redacciones de serie. ¿Qué periodista seriéfilo le hubiera gustado ser?
-Creo que aún no se ha escrito una gran serie sobre periodistas. Quizá la que más se ha acercado es 'The Newsroom'.
-Esta es difícil: ¿usted era más de Jack o de Sawyer? Mójese.
-A mí dame a la tripulación de la 'Enterprise'.
-¿De qué serie ha renegado y nadie lo entiende?
-¿Puedo hacer un llamamiento aquí para que los actores pronuncien bien? Gracias.
-Dicho queda. ¿Qué serie le regalaría a Vasile?
-No hace falta que le regale ninguna. Es una de las personas con mejor olfato y conocimiento audiovisual de Europa.
-Bueno, a ver si pasa entonces por esta sala de interrogatorio para descubrir sus gustos seriéfilos. ¿Qué noticia de series le gustaría dar en el informativo que presenta en Cuatro?
-Creo que lo que contamos en el informativo a veces supera la imaginación del guionista más retorcido.
-Vamos acabando, ¿qué final le indignó más?
-El de 'Lost'. Era tan buena, y luego no supieron cómo cerrarla. No supieron encontrar una solución elegante.

 TITULO: Muere una hija de Bill Cosby a los 44 años .

Muere una hija de Bill Cosby a los 44 años , foto.

Resultat d'imatges de muere la hija de Bill Cosby  Ensa, Bill Cosby no está pasando su mejor momento, no sólo por las acusaciones por agresión sexual que le han llevado más de una vez ante un tribunal, sino por la reciente muerte de su hija Ensa, de 44 años, que padecía una enfermedad renal desde hacía ya un tiempo. No es el primer hijo que el humorista .

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