domingo, 8 de diciembre de 2013

EL BLOC DEL CARTERO, 'Los juegos del hambre',./ LA CARTA DE LA SEMANA, UN CIGARRILLO EN SODOMA,.


  1. Es cierto que la trama de Los juegos del hambre delata enseguida sus ... Pero el arte no tiene por qué ser 'original' en el sentido romántico -y ...
     
    Como ya ocurriera con la primera entrega de la trilogía Los juegos del hambre, la segunda también se ha convertido en un fenómeno multitudinario, acorde con el éxito de las novelas de Suzanne Collins en las que se basa. A mí la película me ha parecido un pestiño derivativo, un 'marear la perdiz' o 'estirar el chicle' que nada añade a la entrega originaria, que en cambio me pareció un producto digno de consideración y estudio (más desde una perspectiva política y sociológica que estrictamente estética). Es cierto que la trama de Los juegos del hambre delata enseguida sus fuentes de inspiración: el mito de Teseo y el Minotauro; las distopías siniestras que imaginan un futuro de esclavitud o embrutecimiento para la humanidad; y las historias de cacerías humanas, que hunden sus raíces en la noche de los tiempos (recordemos a Ulises, recién regresado a Ítaca, asaeteando a los pretendientes de Penélope) y que hallarían cristalización en obras como El juego más peligroso, un relato de Richard Connell, o la novela Battle Royale, de Koushun Takami, ambas adaptadas al cine (la primera en una obra maestra de los albores del sonoro, El malvado Zaroff) e inspiradoras de versiones del más diverso pelaje. Pero el arte no tiene por qué ser 'original' en el sentido romántico -y funesto- de la palabra, sino significativo. Y la trama de Los juegos del hambre y, sobre todo, el telón de fondo sobre el que transcurre sí me lo parece, más allá de que sus logros formales se me antojen raquíticos.
    Aunque contaminada con elementos un tanto sonrojantes que anhelan la complicidad de un público adolescente (o adulto infantilizado), la distopía que nos propone la trilogía de Suzanne Collins incorpora algunos aspectos muy sugestivos que, sin necesidad de forzar en exceso la imaginación, nos permiten anticipar el mundo que nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ocurre así, por ejemplo, en la visión de una sociedad dividida entre una minoría que disfruta opíparamente de la prosperidad, confinada en una ciudadela inexpugnable, y una mayoría desarrapada, relegada a arrabales de miseria y obligada a los trabajos más infrahumanos, vampirizada hasta la última gota de sangre para mantener a unas oligarquías insaciables (como ya está sucediendo en nuestra época, que pretende tapar la crisis financiera ordeñando a los trabajadores hasta dejarlos exangües). También nos parece muy verosímil que el entretenimiento mediático que se solaza en el embeleco, la truculencia y la indignidad del prójimo sea la droga idiotizante de las multitudes del mañana (como ya es de las de hoy), a las que se logrará apacentar tranquilamente manteniéndolas prendidas de una pantalla. Sin embargo, junto a estos aciertos, convive en Los juegos del hambre un gigantesco error de fondo en la visión del futuro que, en cierto modo, la descalifica (por complaciente) como obra de intención revulsiva; y que, a la postre, la caracteriza como uno de tantos productos políticamente correctos que no hacen sino amodorrar a los jóvenes e incapacitarlos para la auténtica rebelión.
    Este error consiste en hacer creer a los seguidores de la saga que el gobierno inicuo que regirá ese mundo futuro será un gobierno despótico que logrará sus objetivos mediante la más estridente impiedad. Nada más alejado de la realidad: los gobiernos despóticos son una antigualla del pasado que ya probó mil veces su inviabilidad; y, por ello mismo, han sido sustituidos por formas infinitamente más melifluas de tiranía, de modales irreprochablemente democráticos, legalísimos, incluso sensibleramente filantrópicos. La tiranía del futuro (la tiranía que ya está cuajando ante nuestros ojos, sin que nos demos cuenta) será de apariencia tolerante, optimista y eufórica; preconizará una alegría falsa y exterior y ofrecerá a sus sometidos un supermercado de derechos y libertades (sobre todo de cintura para abajo), para que puedan refocilarse a gusto en su pocilguita, mientras son sometidos a las exacciones más salvajes, mientras son privados de sus más elementales prerrogativas humanas, mientras sus hijos son sistemáticamente corrompidos y convertidos en jenízaros de la ideología oficial. Y los sometidos por esa tiranía, aun en medio de la miseria, aun viendo sus familias destruidas, sus patrimonios esquilmados y su vida reducida al gregarismo y la satisfacción animalesca y servil de sus apetitos más básicos, se creerán libres, rabiosamente libres, infinitamente más libres que en cualquier otra época; y odiarán minuciosamente a quienes osen recordarles que están sometidos a la más triste de las esclavitudes.
    Pero esa tiranía, por supuesto, Los juegos del hambre ni la huelen.

    TÍTULO; LA CARTA DE LA SEMANA,  UN CIGARRILLO EN SODOMA,,.



    1. Caminas por Madrid, en plena huelga de limpieza. Calles hechas una lástima, papeleras volcadas, suciedad desparramada por el suelo.

      Un cigarrillo en Sodoma

      Caminas por Madrid, en plena huelga de limpieza. Calles hechas una lástima, papeleras volcadas, suciedad desparramada por el suelo. Apropiada imagen, o fiel metáfora, de la España que tenemos y la que vamos a tener. Turistas asombrados haciendo fotos del desolador paisaje de desperdicios. Piquetes informativos -no hay eufemismo más idiota que ese informativos- vaciando contenedores de basura en mitad de la calle, aunque la basura no tenga relación directa con el asunto. Hace diez minutos, en un parque infantil con toboganes y columpios, acabas de ver a dos energúmenos, provistos de bolsas cogidas de un contenedor, cubrir de porquería la arena donde juegan los niños. Hacerlo con toda tranquilidad, metódica y deliberadamente, mientras, de la veintena de personas que andabais por allí, sólo una señora de cierta edad, una chica joven y tú mostrabais desaprobación. Y la respuesta de uno de esos animales fue para retenerla en mármol: «Que se jodan. Otros niños pasan hambre y no pueden jugar». Una de esas escenas, en fin, que de no saber, como sabes, que varios piqueteros detenidos estos días no son trabajadores de las empresas en huelga, sino camorristas agregados como refuerzo por algún sindicato del langostino, te haría desear, instintivamente, que a los huelguistas les dieran bien por la retambufa, hasta partírsela. Lo que pasa es que tienes la certeza de que los huelguistas -me refiero a los honrados de verdad, no a esos miserables del parque infantil- tienen razón, que el Ayuntamiento y las empresas pretenden jugarles a los limpiadores la trampa del chino, y que de alguna forma hay que plantar cara y decir basta. Así que te resignas, una vez más, a ser rehén de los desesperados frente a los golfos de siempre.
      Todo eso, claro, te hace estar de mal humor. Caminas sorteando desperdicios, maldiciendo para tus adentros en arameo. Acabas de pisar una fruta pocha que estaba en la acera, resbalándote la suela del zapato, en un tris de darte un leñazo de escayola y seis meses. Ya te ves fotografiado por la Nikon de un turista japo en su álbum familiar de Kyoto o de Hiroshima, o de cómo se llame el sitio: tú tirado en el suelo sobre un montón de basura, deslomado, mientras un tal Tadamichi Kuribayashi le dice a su cuñado mientras beben sake: mira qué cara de gilipollas se les pone a los españoles cuando resbalan y se pegan una hostia. Así que, como eres mediterráneo y tienes cierta facilidad barroca para el desahogo verbal, alzas el rostro hacia una altura conveniente y reniegas en voz alta y clara de la huelga de limpieza, de la basura, del ayuntamiento, del relaxing cup de café con leche, del imperio del sol naciente y de la madre que lo parió. Y luego, ya tomada carrerilla, extiendes la cosa blasfematoria a las cuevas de Altamira, a la dama de Elche, a Santiago Matamoros, a la España de Quevedo y la de Galdós, al ministro Montoro -cualquier ocasión es buena para blasfemar sobre ese tío-, al retablo de San Prepucio y al copón de Bullas. Y acabas deseando que llueva napalm y que de una vez nos vayamos todos, ya que tanto nos empeñamos, a tomar por saco.
      Es ésas andas, como digo. Calentándote sobre la marcha, con los ojos inyectados en sangre y aire homicida, de manera que si en ese momento encontrases al paso una armería, igual te metías dentro, te llenabas los bolsillos de cartuchos y al rato salías en los periódicos en plan Rambo, pumba, pumba, lo que hace la edad, al Reverte se le fue la olla e hizo un pleno al quince. Y así andas, desolado, cuando ante un semáforo en rojo ves a un hombre joven que fuma. Lleva una chaqueta sin corbata y sostiene en la otra mano un maletín negro. Sus zapatos están limpios. Está parado junto a una papelera a la que algún piquete informativo informó arrancando de su soporte, del que sólo queda en pie la carcasa. Papelera rota y contenido están tirados por el suelo. El hombre joven sigue fumando tranquilo entre toda aquella suciedad, esperando que se ponga en verde la luz del paso de peatones. Y en un momento determinado, consumido el cigarrillo, se vuelve con la colilla entre los dedos, mirando incómodo la basura que lo rodea. Y al ver el pequeño cenicero que la carcasa de la papelera rota todavía conserva encima, lo apaga ahí con mucho cuidado, pulcramente, dejando la colilla antes de cruzar el paso de peatones, que ya está en verde. Y tú te lo quedas mirando con admiración mientras se aleja, consolado de pronto como si un analgésico te recorriese las venas. Reconciliado con el mundo, con Madrid y con la vida, porque hoy has visto a un hombre bueno fumando un cigarrillo en una calle de Sodoma.




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