El pleno del Tribunal Constitucional ha avalado por unanimidad la exención del pago del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) de que disfruta ...-foto,.
SociedadEl Tribunal Constitucional apoya la exención del pago del IBI a la Iglesia
Sostiene que la decisión del Parlamento navarro vulnera los acuerdos entre España y el Vaticano y los convenios contra otras confesiones
El pleno del Tribunal Constitucional ha avalado por unanimidad la exención del pago del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) de que disfruta la Iglesia católica. Esta decisión es consecuencia de un recurso que presentó el Gobierno contra la iniciativa del Parlamento navarro que obligaba a la institución religiosa a abonar la contribución urbana a los ayuntamientos por todos sus edificios, salvo los templos. El Constitucional considera que la resolución parlamentaria infringe los acuerdos Iglesia-Estado de 1979. Y no solo eso, también contraviene los convenios firmados con las comunidades judía, musulmana y evangélica.El organismo judicial interpreta que el apartado siete del artículo único de la ley que cambió la ley Foral de Haciendas Locales colisiona con el texto constitucional. Con este pronunciamiento el tribunal da la razón al Ejecutivo central, que recurrió la norma, cuya vigencia fue suspendida al admitir el Constitucional enseguida la apelación, interpuesta el pasado mes de julio. Socialistas, Izquierda-Ezkerra, Bildu y Aralar-NaBai votaron a favor de la medida, mientras que lo hicieron en contra el PP y UPN.De acuerdo con los razonamientos del tribunal, el estatuto de autonomía de Navarra y el convenio económico firmado entre la comunidad y el Estado atribuyen a este territorio un régimen tributario que «no puede ser contrario a los tratados internacionales». No en balde los acuerdos que regulan las relaciones entre la Iglesia católica y el Gobierno están suscritos por dos estados, el español y la Santa Sede. Por añadidura, en 1992 el Ejecutivo de Felipe González acordó con las religiones de «notorio arraigo» sendos acuerdos de cooperación con las entidades que agrupan a los creyentes islámicos, judíos y protestantes.Los magistrados subrayan que la Constitución obliga a los poderes públicos a «mantener las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones». Además, invocan la ley de Libertad Religiosa, de 1980, que prevé la posibilidad de que las iglesias obtengan «beneficios fiscales» para «las entidades sin fin de lucro y demás de carácter benéfico» si existen acuerdos de colaboración entre el Estado y los distintos credos. La corte argumenta que los acuerdos Iglesia-Estado y los suscritos con judíos, musulmanes y evangélicos eximen de la contribución territorial a todos los edificios, y no solo los destinados al culto. La decisión mantiene el 'status quo' actual, que deja exentas del pago del IBI templos y capillas, residencias de obispos y sacerdotes, oficinas, seminarios y conventos.Pero hay otro argumento que esgrime el Constitucional. Dicen los magistrados que la iniciativa navarra vulnera el precepto constitucional que «reserva al Estado la competencia exclusiva para garantizar la igualdad de todos los ciudadanos en el ejercicio de los derechos constitucionales». Entre ellos figura, señala el tribunal, el derecho a la libertad religiosa.Recuento de PayneDe pagar el IBI por todos sus edificios, la Iglesia tendría que hacer un gran esfuerzo fiscal. Según datos de la Conferencia Episcopal, en España hay 22.917 parroquias y 5.675 centros asistenciales, por ejemplo. El historiador Stanley G. Paine hizo en su día un recuento de las propiedades eclesiásticas y sacó la conclusión de que la Iglesia contaba con 100.000 propiedades -de las 5.000 son edificios religiosos-, 300 museos y 103 catedrales.Para justificar la exoneración fiscal de que disfruta en muchos ámbitos, la jerarquía eclesiástica no apela tanto a los acuerdos de España con la Santa Sede como a la Ley de Mecenazgo, que excluye del pago del IBI a las fundaciones, las asociaciones de utilidad pública, las ONG y las federaciones deportivas, además de las confesiones religiosas.Mientras la izquierda repudia los «privilegios» de la Iglesia en esta materia, la jerarquía eclesiástica arguye que tampoco abonan el IBI ciertos edificios públicos como comisarías, colegios, prisiones y cuarteles, los inmuebles de Cruz Roja, las sedes diplomáticas y hasta las estaciones de ferrocarril. También escapan al cerco de la contribución urbana los edificios catalogados como patrimonio histórico e inmuebles antiguos del centro de las ciudades. Por no pagar no pagan el IBI los hórreos y cabazos de más de 100 años existentes en Galicia y Asturias.Europa Laica aduce que si la Iglesia se aviniera a pagar el IBI de sus propiedades, el Estado obtendría entre 2.500 y 3.000 millones de euros. El episcopado sostiene en su descargo que si asumiera el coste del impuesto se resentiría su labor caritativa y social, que ahorra al Estado miles de millones.TÍTULO; LA AGRICULTURA ES UN MODO DE VIDA QUE NO SABE DE HORARIOS,.Francisco Borrasca Vargas, Agricultor de Villanueva,.Este agricultor ingeniero se encuentra inmerso ahora en la poda de los frutales,.Cada vez que se habla de la agricultura imaginase siempre el campesino encorvado sobre la esteva, echando al azar un trigo mal cernido y esperando con ansia lo que le traiga la buena o mala estación.
El agricultor de hoy tiene ideas mucho más amplias, conceptos mucho más grandiosos. No pide más que una fracción de hectárea para hacer que crezca todo: el alimento vegetal de una familia; para alimentar veinticinco cabezas de ganado vacuno ya no se necesita más espacio que en otro tiempo para alimentar una sola. Quiere llegar a hacer el suelo, a desafiar las estaciones y el clíma; a calentar el aire y la tierra en torno de la tierna planta; en la palabra, a producir en una hectárea lo que antes no conseguía recolectar en cincuenta hectáreas; y todo eso sin fatigarse de un modo excesivo, reduciendo mucho la suma total de trabajo anterior. Pretende que se podrá producir ampliamente con qué alimentar a todo el mundo no dando al cultivo de los campos sino lo preciso que cada cual puede darle con gusto, con alegria. Mientras los sabios guiados por Liébig, el creador de la teoría química de la agricultura, se descarriaban a menudo en su entusiasmo de teóricos, cultivadores sin letras han abierto una nueva vía de prosperidad a la humanidad.
Al paso que una familia antes necesitaba tener por lo menos siete u ocho hectáreas para vivir con los productos del suelo -y ya se sabe cómo viven los campesinos-, ya no se puede ahora ni aun decir cuál es la mínima extensión de terreno necesaria para dar a una familia todo lo que se puede extraer de la tierra, lo necesario y lo de lujo, cultivándola con arreglo a los procedimientos del cultivo intensivo. Si se nos preguntase cuál es el número de personas que pueden vivir muy bien en una legua cuadrada, sin importar ningún producto agrícola nos sería difícil contestar.
Hace diez años podía ya afirmarse que una población de cien millones lograría vivir muy bien de los productos del suelo francés sin importar nada. Pero hoy, al ver los progresos realizados recientemente lo mismo en Francia que en Inglaterra, y al contemplar los nuevos horizontes que se abren ante nosotros, diremos que cultivando la tierra como la cultivan ya en muchos sitios, aun en terrenos pobres cien millones de habitantes en los cincuenta millones de hectáreas del suelo francés serían aún una cortísima proporción de lo que ese suelo pudiera alimentar.
Puede considerarse como absolutamente demostrado que si París y los dos departamentos del Sena y del Sena y Oise se organizasen mañana en comunidad anarquista donde todos trabajasen con sus brazos, y si el universo entero se negase a enviarles un solo celemín de trigo, una sola cabeza de ganado, una sola banasta de fruta, y no les dejase más que el territorio de ambos departamentos, podrían producir ellos mismos no sólo el trigo, la carne y las hortalizas necesarias, sino también todas las frutas de lujo, en cantidades suficientes para la población urbana y rural.
Y además afirmamos que el gasto total de trabajo humano sería mucho menor que el empleado actualmente para alimentar a esa población con trigo recolectado en Auvernia o en Rusia, con las legumbres producidas por el cultivo en grande en todas partes y con las frutas maduradas en el Mediodía. Nunca se ha tenido en cuenta el trabajo invertido por los viticultores del Mediodía para cultivar la viña, ni por los labradores rusos o húngaros para cultivar el trigo, por fértiles que sean sus praderas y sus campos. Con sus actuales procedimientos de cultivo extensivo, se toman infinitamente más trabajo del necesario para obtener los mismos productos por el cultivo intensivo, aun en climas muchísimo menos benignos y en un suelo naturalmente menos rico.
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Nos sería imposible citar aquí la masa de los dates en los cuales fundamos nuestras afirmaciones. Para mayores informes, remitimos a los lectores a los artículos que hemos publicado en inglés, pero sobre todo a quienes les interese el asunto les recomendamos que lean algunas excelentes obras publicadas en Francia.
En cuanto a los habitantes de las grandes ciudades, que aún no tienen ninguna idea real de lo que puede ser la agricultura, les aconsejamos que recorran a pie las campiñas inmediatas y estudien su cultivo. Que observen, que hablen con los hortelanos, y un mundo nuevo se abrirá ante ellos. Así podrán entrever lo que será el cultivo europeo en el siglo XX y qué fuerza tendrá la revolución social cuando se conozca el secreto de obtener de la tierra todo cuando se le pide.
Sabido es en qué miserables condiciones se encuentra la agricultura en Europa. Si el Cultivador del suelo no es desvalijado por el propietario territorial, lo es por el Estado. El propietario, el Estado y el usurero, roban al cultivador con la renta, la contribución y el rédito. La suma robada varía en cada país: nunca es menor que la cuarta parte, y muy a menudo es la mitad del producto bruto En Francia, la agricultura paga al Estado 44 por 100 del producto bruto.
Hay más. La parte del propietario y la del Estado van siempre en amento. Tan pronto como por prodigios de trabajo, de invención o de iniciativa, ha obtenido mayores cosechas el cultivador, aumenta en proporción el tributo que deberá al Estado, al propietario o al usurero. Si dobla el número de hectolitros recogidos por hectárea, duplicará la renta, y por consiguiente los impuestos, que el Estado se apresurará a elevar aún más si suben los precios. En todas partes el cultivador del suelo trabaja de doce a dieciséis horas diarias; en todas partes le arrebatan esas tres aves de rapiña todo lo que pudiera ahorrar; en todas partes le roban lo que podría servirle para mejorar el cultivo. Por eso permanece estacionaria la agricultura.
Sólo conseguirá dar un paso adelante en condiciones excepcionales por una disputa entre sus tres vampiros, por un esfuerzo de inteligencia o por un aumento de trabajo. Y aún no hemos dicho nada del tributo que cada cultivador paga al industrial, quien le vende por triple o cuádruple de lo que cuestan cada máquina, cada azadón, cada tonel de abono químico. No olvidemos tampoco los intermediarios, que se llevan la parte del león en los productos del suelo.
En las praderas de América (que sólo dan mezquinas cosechas de siete a doce hectolitros por hectárea, cuando periódicas y frecuentes sequías no las perjudican), quinientos hombres que trabajan ocho meses del año producen el alimento anual de cincuenta mil personas. Los resultados se obtienen allí por una gran economía. En aquellas vastas llanuras, que no puede abarcar la vista, están organizadas casi militarmente la labranza, la siega y la trilla: nada de idas y venidas inútiles, nada de perder el tiempo. Todo se hace con la exactitud de un desfile. Este es el cultivo en grande, extensivo.
Pero hay también el cultivo intensivo, en ayuda: del cual vienen y vendrán más cada vez las máquinas. Se propone sobre todo cultivar bien un espacio limitado, abonarlo y corregirlo, concentrar el trabajo y obtener el mayor rendimiento posible. Este género de cultivo se extiende cada año, y al paso que se contentan con una cosecha media de diez a doce hectolitros en el cultivo en grande en el Mediodía de Francia y en las tierras fértiles del Oeste americano, se recolectan por lo regular treinta y seis y hasta cincuenta, o a veces cincuenta y seis hectolitros, en el Norte de Francia. El consumo anual de un hombre se obtiene así de la superficie de una doceava parte de la hectárea.
Y cuanto mas intensidad se da al cultivo, menos trabajo se gasta para obtener el hectolitro de trigo. La máquina reemplaza al hombre en los trabajos preparatorios y hace de una vez para siempre mejoras, tales como el desagüe y el despedregamiento, que permiten duplicar las cosechas futuras. Algunas veces, nada más que una labor profunda permite obtener de un suelo mediano excelentes cosechas de año en año, sin estercolar nunca. Así se ha hecho durante veinte años en Rothamstead, cerca de Londres.
No hagamos novelas agrícolas. Detengámonos en aquella cosecha de cuarenta hectolitros, que no requiere un suelo excepcional, sino sencillamente racional cultivo, y veamos lo que esto significa.
Los tres millones seiscientos mil individuos que habitan en los departamentos del Sena y del Sena y Oise consumen al año para alimentarse un poco menos de ocho millones de hectolitros de cereales, principalmente de trigo. En nuestra hipótesis, para obtener esta cosecha, necesitarían cultivar doscientas mil hectáreas, de las seiscientas diez mil que poseen.
Es evidente que no las cultivarán con azadón. Eso exigiría demasiado tiempo: doscientas cuarenta jornadas de cinco horas por hectárea. Mejorarían más bien de una vez para siempre el suelo desaguando lo que debiera desaguarse, allanando lo que se necesite allanar, despedregando el terreno, aunque en ese trabajo preparatorio hubiera que emplear cinco millones de jornadas de cinco horas, o sea, término medio, veinticinco jornadas por hectárea.
En seguida labrarían con arado de vapor de vertedera profunda, y luego con arado doble, invirtiendo en cada labor cuatro jornadas. No cogerán la semilla al azar, sino escogiéndola con harnero de vapor. No sembrarán a voleo, sino a golpe, en línea. Y con todo eso, no se habrán empleado ni veinticinco jornadas de cinco horas por hectárea, si el trabajo se hace en buenas condiciones. Si durante tres o cuatro años se dedican diez millones de jornadas a un buen cultivo, se podrían conseguir más tarde cosechas de cuarenta y de cincuenta hectolitros no empleando más que la mirad del tiempo.
Así, pues, no se habrán invertido más que quince millones de jornadas para dar pan a esa población de tres millones seiscientos mil habitantes. Y todos los trabajos serían tales, que cada cual podría desempeñarlos, sin tener para eso músculos de acero ni haber trabajado nunca en la tierra antes. La iniciativa y la distribución general de los trabajos serían de los que saben lo que requiere la tierra.
Pues bien; cuando se piensa que en el caos actual, sin contar los desocupados de la holgazanería elevada, hay cerca de cien mil hombres parados en sus respectivos oficios, se ve que la fuerza perdida en nuestra organización actual bastaría por sí sola para dar, por un cultivo racional, el pan necesario para los tres o cuatro millones de habitantes de ambos departamentos.
Repetimos que esto no es novela, y ni siquiera hemos hablado del cultivo verdaderamente intensivo, que da resultados mucho más pasmosos. No hemos calculado con arreglo al trigo obtenido por Mr. Hallet en tres años, y en que un solo grano repuntado produjo una mata con más de diez mil granos, lo que permitirla en caso necesario recoger todo el trigo para una familia de cinco personas en el espacio de un centenar de metros cuadrados. Por el contrario, sólo hemos citado lo que hacen ya numerosos granjeros en Francia, Inglaterra, Bélgica, Flandes, etcétera, y lo que podría hacerse desde mañana, con la experiencia y saber ya adquiridos por la práctica en grande.
Los ingleses, que comen mucha carne, consumen por término medio un poco menos de cien kilos por adulto y año: suponiendo que todas las carnes consumidas fuesen de buey cebón, sumaría un poco menos de un tercio de buey. Un buey por año para cinco personas (incluyendo los niños) es ya una ración suficiente. Para tres millones y medio de habitantes daría un consumo anual de setecientas mil cabezas de ganado. Hoy, con el sistema de pastoreo, se necesitan por lo menos dos millones de hectáreas para alimentar seiscientas sesenta mil cabezas de ganado.
Sin embargo, con praderas modestísimamente regadas por medio de agua manantial (como se han creado recientemente en miles de hectáreas en el suroeste de Francia), son suficientes quinientas mil hectáreas. Pero si se practica el cultivo intensivo, plantando remolacha como alimento, sólo se necesita la cuarta parte de ese espacio, es decir, ciento veinticinco mil hectáreas. Y cuando se recurre al maíz, ensilándolo como los árabes, se Obtiene todo el forraje necesario -n una superficie de ochenta y ocho mil hectáreas.
En los alrededores de Milán, donde utilizan las aguas de las alcantarillas para regar las praderas, en nueve mil hectáreas de regadío se obtiene alimento para cuatro a seis cabezas de ganado bovino, y en algunas parcelas favorecidas se han recolectado hasta cuarenta y cinco toneladas de heno seco por hectárea, lo cual da alimento anual para nueve vacas lecheras. Tres hectáreas por cabeza de ganado en pastoreo y nueve bueyes o vacas por hectárea: he aquí los extremos de la agricultura moderna.
En la isla de Guernesey, en un total de cuatro mil hectáreas utilizadas, cerca de la mitad (mil novecientas hectáreas) están cubiertas de cereales y de huertas, y sólo quedan dos mil cien para prados; en esas dos mil cien hectáreas se alimentan mil cuatrocientos ochenta caballos, siete mil doscientas sesenta cabezas de ganado vacuno, novecientos carneros y cuatro mil doscientos cerdos, lo cual hace tres cabezas de ganado bovino por hectárea, sin contar los caballos, los carneros y los cerdos. Es inútil añadir que la fertilidad del suelo se hace corrigiéndolo con algas y abonos químicos.
Volviendo a nuestros tres millones y medio de habitantes de la ciudad de París, se ve que la superficie necesaria para criar ese ganado desciende desde dos millones de hectáreas hasta ochenta y ocho mil. Pues bien; no tomemos las cifras más bajas, sino las del cultivo intensivo ordinario; añadamos el terreno necesario para el ganado menor y pongamos ciento sesenta mil hectáreas o doscientas mil, de las cuatrocientas diez mil hectáreas que nos quedan, después de haber provisto el pan necesario para la población. Pongamos por largo cinco millones de jornadas para poner ese espacio en condiciones de producción.
Así, pues, empleando veinte millones de jornadas de trabajo por año, la mitad para mejoras permanentes, tendremos seguros el pan y la carne, sin contar además con las aves de corral, cerdos cebados, conejos, etcétera, y sin contar con que, habiendo excelentes legumbres y frutos, la población consumirá menos carne que los ingleses, que suplen con la alimentación animal su pobreza en alimentos vegetales. Veinte millones de jornadas de cinco horas, ¿cuántas hacen por habitante? Muy poca cosa. En una población de tres millones y medio debe haber por lo menos un millón doscientos mil varones adultos y otras tantas hembras. Pues bien; para asegurar pan y carne para todos bastarían diecisiete jornadas de trabajo por año, para los hombres nada más. Añadid tres millones de jornadas para obtener la leche. Añadid otro tanto, y todo ello no llega a veinticinco jornadas de cinco horas -cuestión de divertirse un poco en el campo- para tener estos tres productos principales: pan, carne y leche.
Salgamos de París y visitemos uno de esos establecimientos de cultivo hortícola que a pocos kilómetros de las academias hacen prodigios ignorados por los sabios economistas; por ejemplo, el de M. Ponce, autor de una obra acerca del asunto, quien no hace misterio de lo que le produce la tierra y lo ha revelado con detalles.
M. Ponce, y sobre todo sus obreros, trabajan como negros. Son ocho para cultivar poco más de una hectárea. Trabajan de doce a quince horas diarias, es decir, triple de lo que se debe. Aunque fuesen veinticuatro los obreros, no habría de más. Probablemente responderá a eso M. Ponce que puesto que paga la tremenda cantidad de dos mil quinientas pesetas anuales de renta y de impuesto por sus once mil metros cuadrados, y dos mil quinientas pesetas por el abono comprado en los cuarteles, está obligado a explotar. «Explotado yo, exploto a mi vez», sería probablemente su respuesta. La instalación le ha costado treinta mil pesetas, de las cuales más de la mitad son seguramente: tributo a los varones holgazanes de la industria. En resumen, su instalación no representa más de tres mil jornadas de trabajo, probablemente mucho menos.
Veamos sus cosechas: diez mil kilos de zanahorias, diez mil kilos de cebollas, rábanos, y otras menudencias, seis mil coles, tres mil coliflores, cinco mil canastas de tomates, cinco mil docenas de frutas escogidas, ciento cincuenta y cuatro mil ensaladas; un total de ciento veinticinco mil kilos de hortalizas y frutas en una superficie de ciento diez metros de longitud por cien metros de anchura, lo cual da más de ciento diez toneladas de verdura por hectárea. Un hombre no come más de trescientos kilos de legumbres y frutas por año, y la hectárea de un hortelano da las suficientes para sentir bien la mesa de trescientos cincuenta adultos. De modo que veinticuatro personas ocupadas todo el año en cultivar una hectárea de tierra, trabajando cinco horas diarias, producirían hortalizas y frutas suficientes para trescientos cincuenta adultos, lo cual equivale a quinientos individuos de todas edades. Cultivando como M. Ponce -y hay quien le ha excedido en resultados- trescientos cincuenta individuos que dedicasen cada uno poco más de cien horas por año, tendrían verduras y frutas para quinientas personas.
Esa producción no es excepcional. Bajo los muros de París la consiguen cinco mil hortelanos en una superficie de novecientas hectáreas; sólo que se ven reducidos al estado de bestias de carga para pagar una renta media de dos mil pesetas por hectárea. Pero estos datos, ¿no prueban que siete mil hectáreas (de las doscientas diez que nos quedan disponibles) bastarían para dar todas las hortalizas necesarias y una buena provisión de fruta a los tres millones y medio de habitantes de ambos departamentos? La cantidad de trabajo para producirlas sería de cincuenta millones de jornadas de cinco horas (o sea cincuenta días al año para los adultos varones solos), tomando por tipo el trabajo de los hortelanos. Pronto veremos reducirse esta cantidad, si se recurre a los procedimientos usuales en Jersey y en Guernesey.,etc.
viernes, 6 de diciembre de 2013
El Tribunal Constitucional apoya la exención del pago del IBI a la Iglesia,./ LA AGRICULTURA ES UN MODO DE VIDA QUE NO SABE DE HORARIOS,.
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