-foto,.Leonardo DiCaprio mata la ansiedad con un cigarrillo electrónico que ni siquiera se lleva a la boca. Juguetea con él entre sus dedos mientras ...
Leonardo DiCaprio: "Hay personas que se han dedicado a robar nuestro dinero. Si no pagan por ello, seguirá pasando"
El actor se acerca a los 40 años. Y lo
hace sin perder un ápice de su talento para moverse en Hollywood.
Demuestra la misma destreza para elegir grandes papeles como para
mantener fuera del foco su vida privada. Con motivo de su última
película, 'El Lobo de Wall Street', una crítica a los excesos del mundo
financiero, hablamos con él de dinero y poder. En exclusiva,.
Leonardo DiCaprio mata la ansiedad con un cigarrillo electrónico que ni siquiera se lleva a la boca. Juguetea con él entre sus dedos mientras se acomoda en una silla de un hotel de Los Ángeles.
Ya no tiene aquel rostro del eterno adolescente. Hace mucho que dejó de serlo. Y de interpretarlo. Titanic podría haberlo encorsetado para siempre, convirtiéndolo en un ídolo descolorido de carpetas adolescentes. Pero DiCaprio era diferente. Rechazó cada papel de chico guapo que caía entre sus manos y dijo 'no' a franquicias multimillonarias y personajes facilones. En cambio, exhibió registros dramáticos en cintas como Diamante de sangre o Revolutionary road. Y, por supuesto, cada vez que se lo pidió el maestro Scorsese. El Lobo de Wall Street (que se estrena el 17 de enero) es su quinta colaboración con él.
Esta vez, DiCaprio da vida a Jordan Belfort, un bróker de Wall Street cuyos tejemanejes en los noventa provocaron más de 200 millones de dólares de pérdidas a sus clientes, mientras él llevaba una vida de yates, prostitutas, drogas y fiestas extravagantes con chimpancés en patines y enanos convertidos en hombres bala. El papel le abre las puertas a un Óscar de la Academia. Sería la cuarta nominación. Por ahora sin premio, eso sí.
Hasta aquí, DiCaprio, la estrella. Del otro DiCaprio, el hombre de 39 años, se sabe muy poco. Sí, sale con supermodelos. No, no tiene hijos y nunca ha estado casado. Y sí, es un tipo comprometido que tiene su propia fundación medioambiental, habla con pasión del cambio climático y es capaz de donar tres millones de dólares de su propio bolsillo para salvar a los tigres de Nepal. Pero poco más. No es suerte ni casualidad, sino la estrategia consciente de un actor que siempre parece tener su vida, pero sobre todo su fama, bajo control y para quien continuar siendo un misterio (como su admirado De Niro) es garantía de poder ser quien le dé la gana en la gran pantalla.
Quizá por eso, con su chaqueta impoluta, su pelo engominado y sus maneras exquisitas, DiCaprio tiene más pinta de comercial del mes de un concesionario de coches de lujo que de estrella de Hollywood. Quiere vender su película, pero no está dispuesto a venderse a sí mismo en el proceso. Y, aunque mira directamente a los ojos como si no tuviera nada que ocultar, es difícil sacarle del guion, que comparta algún detalle personal. Y quizá precisamente por eso resulta más fascinante, más enigmático, más inalcanzable que cualquier otro actor de su generación. XLSemanal. Primero compró los derechos del libro y luego se empeñó en producir y protagonizar la adaptación de la biografía de Jordan Belfort. ¿Qué le fascinó tanto? Leonardo DiCaprio. Me gusta comparar esta historia con el Imperio romano. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, Belfort fue una especie de Calígula en un mundo de las finanzas que estaba completamente desregularizado. Supo aprovechar la oportunidad y vivir como un auténtico emperador romano. XL. Supongo que, en medio de una gran crisis económica y mucha animadversión hacia Wall Street y sus tiburones, no era una película fácil de hacer... L.D. Nada fácil. Íbamos a hacer un filme sobre unos tipos que, a ojos de todo el mundo, son los grandes villanos de la historia. No estábamos adaptando una obra icónica de la literatura americana, sino la historia de un hombre que durante una época de su vida estuvo poseído por la codicia. ¿Cómo íbamos a conseguir que la gente fuera al cine a verla? Pero Marty [Scorsese] nos dijo: «He hecho películas sobre criminales y gánsteres y sé que el público lo aceptará si consigues captar ese mundo sin edulcorarlo, disculparte o empatizar con ellos». XL. Entabló una estrecha relación con Belfort. ¿Qué opina de él? L.D. Pasé muchos meses con él. Ahora es un hombre reformado que hace lo posible por ser honesto acerca de aquella época de su vida. Pero creo que Jordan solo era un pez en una piscina llena de tiburones gigantes que sistemáticamente robaron el dinero de los americanos. Ellos querían jugar con los peces gordos y jugar con el sistema que América había creado para ellos. Y, si había una fisura en ese sistema, la aprovechaban. Si no existe una regulación y no conseguimos que esta gente pague por sus actos, estas cosas seguirán pasando. XL. Sin embargo, la película ignora a las víctimas de sus tropelías, ¿por qué? L.D. Fue una decisión consciente, queríamos concentrarnos en esa insaciable necesidad de conseguir más dinero, más sexo, más drogas... El desenfreno de unos tipos que pensaban que sus acciones no tenían consecuencias. Para Jordan, que la gente lo aclamara como si fuera Bono por salir a joder a otras personas y ganar más dinero a su costa era como un colocón. El dinero lo era todo. XL. Y Jordan, ¿qué opina a día de hoy sobre la sociedad en la que vivimos? L.D. Que la codicia es algo inherente a todo ser vivo, es casi un instinto de supervivencia. El problema es que los seres humanos, que supuestamente somos la especie más evolucionada, deberíamos estar por encima de eso, deberíamos haber aprendido a vivir en armonía para hacer de este mundo un lugar mejor... XL. Y usted, ¿nunca se ha dejado seducir por esa codicia? L.D. Es fácil obsesionarse con el dinero, pero yo no creo en absoluto que sea el camino hacia la felicidad. He conocido a gente para la que todo eran círculos concéntricos hacia la riqueza. Puede ser una adicción como otra cualquiera. XL. ¿Cómo maneja usted su propio dinero? ¿Tiene un bróker? L.D. Sí, y no tengo ni idea de en qué invierte mi dinero, la verdad [risas]. XL. ¿Ve usted alguna similitud entre los excesos de Wall Street en aquella época y el mundo del cine? L.D. Creo que ese tipo de decadencia la puedes encontrar en cualquier ámbito, no es exclusiva de Hollywood. Pero es cierto que, cuando las personas viven despegadas de la realidad, se dedican a alimentar la bestia de la diversión. Y eso es absolutamente inherente a Hollywood. Y también al mundo de las finanzas. XL. Esa bestia puede cobrarse un precio muy alto. Sin embargo, parece que usted siempre ha sabido mantenerla a raya... L.D. Yo eso lo aprendí desde muy pequeño, pero no fue gracias a Hollywood... Crecí en un barrio de Los Ángeles rodeado de un montón de gente haciendo todo tipo de actividades ilegales a mi alrededor. Y vi cuál es el precio que se paga por eso. Aquello me preparó para Hollywood de una manera fantástica. XL. ¿Por qué? L.D. Bueno, porque si no hubiera crecido en aquel barrio, quizá lo hubiese visto con otros ojos o hubiese dicho: «Voy a probar esto o lo otro... ¿Por qué no?». Hemos perdido a muchísima gente con talento como resultado de ese estilo de vida... Y no tiene que ver solo con los excesos, sino con el tormento que muchos de ellos experimentan cuando viven permanentemente en el escaparate público, con el hecho de que te coloquen en un pedestal para destruirte luego, con la necesidad de mantenerte permanentemente en la cima o con que la gente que te rodea no sean realmente tus amigos... ¿Cuántos grandes artistas hemos perdido? Yo he visto desaparecer a muchos de mis héroes. XL. ¿Es la filantropía y su cruzada medioambiental una forma de encontrar el equilibrio con esa codicia inherente? L.D. No solo creo que es mi responsabilidad, sino que, además, me apasiona tanto como la interpretación. Si no fuera actor, sería biólogo o científico medioambiental. Y cuando surgió la posibilidad de hacer cosas en ese terreno, lo tuve claro. No me sentiría realizado si no fuera por eso. Es increíblemente gratificante. Además, solo el dos por ciento de la filantropía está dedicada a proteger el medioambiente. Es inaudito, teniendo en cuenta que es fundamental para nuestra supervivencia... XL. ¿Qué es lo que más le indigna de lo que pasa en el mundo en estos momentos? L.D. Uf, podría hablar durante horas... Me resulta inconcebible, por ejemplo, que, ahora que toda la comunidad científica ha llegado al acuerdo de que el hombre es el causante del cambio climático y se da tan por hecho como la ley de la gravedad, todavía exista un debate al respecto. Es necesario cambiar un sistema energético basado en los hidrocarburos y los combustibles fósiles. Si no somos capaces de hacer esa transición, estaremos destruyendo nuestra propia civilización. Y, aun así, continuamos en este inevitable camino de caos y destrucción... Lo más sangrante de todo es que ya existe la tecnología, pero no se está implementando al nivel que se debería. Es una locura que no seamos capaces de ponernos de acuerdo para solucionarlo. XL. A veces da la sensación de que las estrellas hacen más por las causas humanitarias o medioambientales que algunos líderes mundiales. ¿Le decepciona la actitud de los políticos? L.D. Me decepciona el mundo entero cuando se trata del medioambiente. Muy pocos países tienen una buena agenda medioambiental. Es deplorable que todavía se celebren cumbres para que los líderes mundiales se reúnan y el resultado siga siendo una debacle total porque otros intereses tienen más peso. Continuamos actuando como si este problema fuera a resolverse por sí solo, esperando algún tipo de milagro... Y no descarto que ocurra, pero si no se apoyan las nuevas tecnologías porque hay demasiado dinero en juego en la extracción de hidrocarburos, ¿cuándo vamos a empezar a arreglar este problema? XL. Lleva dos décadas cosechando éxitos en Hollywood, ¿ha cambiado la forma en la que enfoca su carrera? L.D. En realidad, mi actitud acerca de este negocio nunca ha cambiado. Miro atrás y veo las decisiones que tomé cuando tenía 15 años... y la verdad es que estoy muy orgulloso de mí mismo. Había visto mucho buen cine y me propuse que, algún día, yo también haría papeles importantes. Y esa ambición nunca te abandona. XL. Hace unos meses sugirió que podría retirarse... ¿Es ese todavía el plan? L.D. Dije que quería tomarme un tiempo porque, después de haber rodado tres películas seguidas, necesitaba descansar. Pero no quería decir que iba a dejar de actuar. Aunque ahora no tengo ninguna película a la vista, eso no significa que vaya a retirarme. XL. Pronto cumplirá 40 años. ¿La edad es solo un número o cumplir años le hace ponerse reflexivo y hacer balance vital? L.D. Claro que me hace pensar sobre mi vida y el tiempo que llevo en esta industria, pero al mismo tiempo soy una persona a la que no le gusta demasiado hacer planes. Prefiero ver adónde me lleva la vida en cada momento. Aunque pueda sonar a cliché, lo importante no es la edad, sino tu actitud. Pero eso tampoco quiere decir que sufra un extraño síndrome de Peter Pan...
El lobo de Wall street existió realmente
Jordan Belfort es el Lobo de Wall Street en el que se inspira la película. Llegó a la cima y cayó en todos los excesos (drogas, prostitutas, coches de lujo...). Hasta que fue condenado por estafa. Hoy, arrepentido, vive de sus conferencias.
Ya no tiene aquel rostro del eterno adolescente. Hace mucho que dejó de serlo. Y de interpretarlo. Titanic podría haberlo encorsetado para siempre, convirtiéndolo en un ídolo descolorido de carpetas adolescentes. Pero DiCaprio era diferente. Rechazó cada papel de chico guapo que caía entre sus manos y dijo 'no' a franquicias multimillonarias y personajes facilones. En cambio, exhibió registros dramáticos en cintas como Diamante de sangre o Revolutionary road. Y, por supuesto, cada vez que se lo pidió el maestro Scorsese. El Lobo de Wall Street (que se estrena el 17 de enero) es su quinta colaboración con él.
Esta vez, DiCaprio da vida a Jordan Belfort, un bróker de Wall Street cuyos tejemanejes en los noventa provocaron más de 200 millones de dólares de pérdidas a sus clientes, mientras él llevaba una vida de yates, prostitutas, drogas y fiestas extravagantes con chimpancés en patines y enanos convertidos en hombres bala. El papel le abre las puertas a un Óscar de la Academia. Sería la cuarta nominación. Por ahora sin premio, eso sí.
Hasta aquí, DiCaprio, la estrella. Del otro DiCaprio, el hombre de 39 años, se sabe muy poco. Sí, sale con supermodelos. No, no tiene hijos y nunca ha estado casado. Y sí, es un tipo comprometido que tiene su propia fundación medioambiental, habla con pasión del cambio climático y es capaz de donar tres millones de dólares de su propio bolsillo para salvar a los tigres de Nepal. Pero poco más. No es suerte ni casualidad, sino la estrategia consciente de un actor que siempre parece tener su vida, pero sobre todo su fama, bajo control y para quien continuar siendo un misterio (como su admirado De Niro) es garantía de poder ser quien le dé la gana en la gran pantalla.
Quizá por eso, con su chaqueta impoluta, su pelo engominado y sus maneras exquisitas, DiCaprio tiene más pinta de comercial del mes de un concesionario de coches de lujo que de estrella de Hollywood. Quiere vender su película, pero no está dispuesto a venderse a sí mismo en el proceso. Y, aunque mira directamente a los ojos como si no tuviera nada que ocultar, es difícil sacarle del guion, que comparta algún detalle personal. Y quizá precisamente por eso resulta más fascinante, más enigmático, más inalcanzable que cualquier otro actor de su generación. XLSemanal. Primero compró los derechos del libro y luego se empeñó en producir y protagonizar la adaptación de la biografía de Jordan Belfort. ¿Qué le fascinó tanto? Leonardo DiCaprio. Me gusta comparar esta historia con el Imperio romano. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, Belfort fue una especie de Calígula en un mundo de las finanzas que estaba completamente desregularizado. Supo aprovechar la oportunidad y vivir como un auténtico emperador romano. XL. Supongo que, en medio de una gran crisis económica y mucha animadversión hacia Wall Street y sus tiburones, no era una película fácil de hacer... L.D. Nada fácil. Íbamos a hacer un filme sobre unos tipos que, a ojos de todo el mundo, son los grandes villanos de la historia. No estábamos adaptando una obra icónica de la literatura americana, sino la historia de un hombre que durante una época de su vida estuvo poseído por la codicia. ¿Cómo íbamos a conseguir que la gente fuera al cine a verla? Pero Marty [Scorsese] nos dijo: «He hecho películas sobre criminales y gánsteres y sé que el público lo aceptará si consigues captar ese mundo sin edulcorarlo, disculparte o empatizar con ellos». XL. Entabló una estrecha relación con Belfort. ¿Qué opina de él? L.D. Pasé muchos meses con él. Ahora es un hombre reformado que hace lo posible por ser honesto acerca de aquella época de su vida. Pero creo que Jordan solo era un pez en una piscina llena de tiburones gigantes que sistemáticamente robaron el dinero de los americanos. Ellos querían jugar con los peces gordos y jugar con el sistema que América había creado para ellos. Y, si había una fisura en ese sistema, la aprovechaban. Si no existe una regulación y no conseguimos que esta gente pague por sus actos, estas cosas seguirán pasando. XL. Sin embargo, la película ignora a las víctimas de sus tropelías, ¿por qué? L.D. Fue una decisión consciente, queríamos concentrarnos en esa insaciable necesidad de conseguir más dinero, más sexo, más drogas... El desenfreno de unos tipos que pensaban que sus acciones no tenían consecuencias. Para Jordan, que la gente lo aclamara como si fuera Bono por salir a joder a otras personas y ganar más dinero a su costa era como un colocón. El dinero lo era todo. XL. Y Jordan, ¿qué opina a día de hoy sobre la sociedad en la que vivimos? L.D. Que la codicia es algo inherente a todo ser vivo, es casi un instinto de supervivencia. El problema es que los seres humanos, que supuestamente somos la especie más evolucionada, deberíamos estar por encima de eso, deberíamos haber aprendido a vivir en armonía para hacer de este mundo un lugar mejor... XL. Y usted, ¿nunca se ha dejado seducir por esa codicia? L.D. Es fácil obsesionarse con el dinero, pero yo no creo en absoluto que sea el camino hacia la felicidad. He conocido a gente para la que todo eran círculos concéntricos hacia la riqueza. Puede ser una adicción como otra cualquiera. XL. ¿Cómo maneja usted su propio dinero? ¿Tiene un bróker? L.D. Sí, y no tengo ni idea de en qué invierte mi dinero, la verdad [risas]. XL. ¿Ve usted alguna similitud entre los excesos de Wall Street en aquella época y el mundo del cine? L.D. Creo que ese tipo de decadencia la puedes encontrar en cualquier ámbito, no es exclusiva de Hollywood. Pero es cierto que, cuando las personas viven despegadas de la realidad, se dedican a alimentar la bestia de la diversión. Y eso es absolutamente inherente a Hollywood. Y también al mundo de las finanzas. XL. Esa bestia puede cobrarse un precio muy alto. Sin embargo, parece que usted siempre ha sabido mantenerla a raya... L.D. Yo eso lo aprendí desde muy pequeño, pero no fue gracias a Hollywood... Crecí en un barrio de Los Ángeles rodeado de un montón de gente haciendo todo tipo de actividades ilegales a mi alrededor. Y vi cuál es el precio que se paga por eso. Aquello me preparó para Hollywood de una manera fantástica. XL. ¿Por qué? L.D. Bueno, porque si no hubiera crecido en aquel barrio, quizá lo hubiese visto con otros ojos o hubiese dicho: «Voy a probar esto o lo otro... ¿Por qué no?». Hemos perdido a muchísima gente con talento como resultado de ese estilo de vida... Y no tiene que ver solo con los excesos, sino con el tormento que muchos de ellos experimentan cuando viven permanentemente en el escaparate público, con el hecho de que te coloquen en un pedestal para destruirte luego, con la necesidad de mantenerte permanentemente en la cima o con que la gente que te rodea no sean realmente tus amigos... ¿Cuántos grandes artistas hemos perdido? Yo he visto desaparecer a muchos de mis héroes. XL. ¿Es la filantropía y su cruzada medioambiental una forma de encontrar el equilibrio con esa codicia inherente? L.D. No solo creo que es mi responsabilidad, sino que, además, me apasiona tanto como la interpretación. Si no fuera actor, sería biólogo o científico medioambiental. Y cuando surgió la posibilidad de hacer cosas en ese terreno, lo tuve claro. No me sentiría realizado si no fuera por eso. Es increíblemente gratificante. Además, solo el dos por ciento de la filantropía está dedicada a proteger el medioambiente. Es inaudito, teniendo en cuenta que es fundamental para nuestra supervivencia... XL. ¿Qué es lo que más le indigna de lo que pasa en el mundo en estos momentos? L.D. Uf, podría hablar durante horas... Me resulta inconcebible, por ejemplo, que, ahora que toda la comunidad científica ha llegado al acuerdo de que el hombre es el causante del cambio climático y se da tan por hecho como la ley de la gravedad, todavía exista un debate al respecto. Es necesario cambiar un sistema energético basado en los hidrocarburos y los combustibles fósiles. Si no somos capaces de hacer esa transición, estaremos destruyendo nuestra propia civilización. Y, aun así, continuamos en este inevitable camino de caos y destrucción... Lo más sangrante de todo es que ya existe la tecnología, pero no se está implementando al nivel que se debería. Es una locura que no seamos capaces de ponernos de acuerdo para solucionarlo. XL. A veces da la sensación de que las estrellas hacen más por las causas humanitarias o medioambientales que algunos líderes mundiales. ¿Le decepciona la actitud de los políticos? L.D. Me decepciona el mundo entero cuando se trata del medioambiente. Muy pocos países tienen una buena agenda medioambiental. Es deplorable que todavía se celebren cumbres para que los líderes mundiales se reúnan y el resultado siga siendo una debacle total porque otros intereses tienen más peso. Continuamos actuando como si este problema fuera a resolverse por sí solo, esperando algún tipo de milagro... Y no descarto que ocurra, pero si no se apoyan las nuevas tecnologías porque hay demasiado dinero en juego en la extracción de hidrocarburos, ¿cuándo vamos a empezar a arreglar este problema? XL. Lleva dos décadas cosechando éxitos en Hollywood, ¿ha cambiado la forma en la que enfoca su carrera? L.D. En realidad, mi actitud acerca de este negocio nunca ha cambiado. Miro atrás y veo las decisiones que tomé cuando tenía 15 años... y la verdad es que estoy muy orgulloso de mí mismo. Había visto mucho buen cine y me propuse que, algún día, yo también haría papeles importantes. Y esa ambición nunca te abandona. XL. Hace unos meses sugirió que podría retirarse... ¿Es ese todavía el plan? L.D. Dije que quería tomarme un tiempo porque, después de haber rodado tres películas seguidas, necesitaba descansar. Pero no quería decir que iba a dejar de actuar. Aunque ahora no tengo ninguna película a la vista, eso no significa que vaya a retirarme. XL. Pronto cumplirá 40 años. ¿La edad es solo un número o cumplir años le hace ponerse reflexivo y hacer balance vital? L.D. Claro que me hace pensar sobre mi vida y el tiempo que llevo en esta industria, pero al mismo tiempo soy una persona a la que no le gusta demasiado hacer planes. Prefiero ver adónde me lleva la vida en cada momento. Aunque pueda sonar a cliché, lo importante no es la edad, sino tu actitud. Pero eso tampoco quiere decir que sufra un extraño síndrome de Peter Pan...
Jordan Belfort es el Lobo de Wall Street en el que se inspira la película. Llegó a la cima y cayó en todos los excesos (drogas, prostitutas, coches de lujo...). Hasta que fue condenado por estafa. Hoy, arrepentido, vive de sus conferencias.
Esta es la noche en la que los españoles -y otros pueblos
hermanos del tronco hispánico- miramos la historia humana con ojos de
sencillez y con la gozosa ingenuidad de los niños. Esta es la noche en
la que, a semejanza de aquellos magos de Oriente que obsequiaron al niño
nacido en una cueva de Belén, nuestros niños son agasajados como
merecen, pues sabemos bien que dentro de ellos se cobija la esperanza
invicta del mundo; y que solo haciéndonos niños como ellos podremos
soportar las penurias y estragos que nos acechan y envilecen.
Difícilmente encontraremos otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía como la historia de aquellos magos venidos de Oriente. Mateo, el evangelista, habla, en efecto, de magos, no de reyes. No nos revela sus nombres, tampoco nos dice cuántos eran; nada nos dice de su procedencia concreta, ni expresa si eran o no de distintas edades o razas. La tradición ha ido tejiendo, con posterioridad, el rico fondo sobre el que se mueven las figuras de los magos. El título de 'reyes' parece datar del siglo VI; y en el siglo VII ya encontramos los primeros textos en los que figuran los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El número de los magos ha oscilado según las tradiciones -en Alemania una vez escuché una hermosa leyenda en torno a un cuarto mago, llamado Artabán-, pero ya en las primitivas representaciones de las catacumbas romanas suelen ser tres. Y, respecto a su procedencia, prevalece la opinión de que pudieron venir de Persia. Seguramente pertenecerían a la casta sacerdotal; y poseerían grandes conocimientos filosóficos y astronómicos. La palabra 'mago', según el sentido de la época, envolvía el concepto de hombre investido de autoridad, sabio y astrónomo. Si los magos ostentan la representación de la humanidad, una vieja tradición quiere que Melchor represente a Europa y a la raza de Jafet; Gaspar, a Asia y a los hijos de Sem o semitas; Baltasar, a África y a los descendientes de Cam. Los dones simbólicos que ofrendan al niño reconocen su divinidad -incienso-, su reinado sobre los hombres -oro- y también su humanidad -mirra-, que habrá de sufrir mucho para completar su misión en la tierra. Sobre la estrella que los guió hasta Belén se han probado muchas explicaciones; no faltan quienes consideran que podría tratarse de un fenómeno astronómico -tal vez una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte-, pero tales explicaciones científicas no deben oscurecer el sentido profundo de este signo del cielo, que nos habla de un trastorno del cosmos; y eso, en definitiva, es lo que celebramos en esta noche, comportándonos nosotros también como niños y dejando que sean los niños el centro del universo.
Los niños, como los poetas, son dueños de las imágenes que alborozan la fantasía humana. Los niños, como los poetas, tienen una imaginación vivísima y unos ojos limpios de legañas con los que pueden llegar a gozar intensamente de sueños que los adultos ni siquiera somos capaces de concebir. Es cierto que los magos de Oriente vienen también para los adultos; pero los adultos, en el fluir precipitado y doloroso de la vida, hemos bebido demasiados cálices de amargura, nos hemos enfrentado con demasiados fracasos... y nos hemos dejado en la gatera demasiados pelos para podernos abrazar plenamente a los sueños que un día iluminaron nuestra infancia. En estos tiempos tan duros, en que el azote de la crisis económica nos torna más conscientes de nuestra fragilidad, la festividad de los Reyes Magos cobra una relevancia muy significativa. Los regalos de los magos serán este año seguramente más modestos que en años anteriores; pero esa misma modestia de los regalos agiganta y embellece la verdad profunda que esta fiesta guarda en su meollo, como un carbunclo encendido. Porque cuanto más pequeño es el regalo simbólico, más patente se hace el regalo de esos niños que combaten nuestras rutinas con su curiosidad incesante e iluminan nuestra modorra con sus sueños alborozados, aun en medio de ahogos y penurias.
La saturación de materialismo que hemos padecido en años pasados quizá nos haya hecho olvidar esta verdad profunda. Ojalá las estrecheces que en este tiempo estamos pasando nos devuelvan a los españoles una certeza que, durante siglos, acompañó a nuestros antepasados, ayudándolos a afrontar los más difíciles trances: la certeza de que Dios está entre nosotros, visible a través de los niños que nos rodean, los niños que día tras día acérrimos e inasequibles al desaliento siguen trastornando el universo con su curiosidad incesante.
Difícilmente encontraremos otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía como la historia de aquellos magos venidos de Oriente. Mateo, el evangelista, habla, en efecto, de magos, no de reyes. No nos revela sus nombres, tampoco nos dice cuántos eran; nada nos dice de su procedencia concreta, ni expresa si eran o no de distintas edades o razas. La tradición ha ido tejiendo, con posterioridad, el rico fondo sobre el que se mueven las figuras de los magos. El título de 'reyes' parece datar del siglo VI; y en el siglo VII ya encontramos los primeros textos en los que figuran los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El número de los magos ha oscilado según las tradiciones -en Alemania una vez escuché una hermosa leyenda en torno a un cuarto mago, llamado Artabán-, pero ya en las primitivas representaciones de las catacumbas romanas suelen ser tres. Y, respecto a su procedencia, prevalece la opinión de que pudieron venir de Persia. Seguramente pertenecerían a la casta sacerdotal; y poseerían grandes conocimientos filosóficos y astronómicos. La palabra 'mago', según el sentido de la época, envolvía el concepto de hombre investido de autoridad, sabio y astrónomo. Si los magos ostentan la representación de la humanidad, una vieja tradición quiere que Melchor represente a Europa y a la raza de Jafet; Gaspar, a Asia y a los hijos de Sem o semitas; Baltasar, a África y a los descendientes de Cam. Los dones simbólicos que ofrendan al niño reconocen su divinidad -incienso-, su reinado sobre los hombres -oro- y también su humanidad -mirra-, que habrá de sufrir mucho para completar su misión en la tierra. Sobre la estrella que los guió hasta Belén se han probado muchas explicaciones; no faltan quienes consideran que podría tratarse de un fenómeno astronómico -tal vez una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte-, pero tales explicaciones científicas no deben oscurecer el sentido profundo de este signo del cielo, que nos habla de un trastorno del cosmos; y eso, en definitiva, es lo que celebramos en esta noche, comportándonos nosotros también como niños y dejando que sean los niños el centro del universo.
Los niños, como los poetas, son dueños de las imágenes que alborozan la fantasía humana. Los niños, como los poetas, tienen una imaginación vivísima y unos ojos limpios de legañas con los que pueden llegar a gozar intensamente de sueños que los adultos ni siquiera somos capaces de concebir. Es cierto que los magos de Oriente vienen también para los adultos; pero los adultos, en el fluir precipitado y doloroso de la vida, hemos bebido demasiados cálices de amargura, nos hemos enfrentado con demasiados fracasos... y nos hemos dejado en la gatera demasiados pelos para podernos abrazar plenamente a los sueños que un día iluminaron nuestra infancia. En estos tiempos tan duros, en que el azote de la crisis económica nos torna más conscientes de nuestra fragilidad, la festividad de los Reyes Magos cobra una relevancia muy significativa. Los regalos de los magos serán este año seguramente más modestos que en años anteriores; pero esa misma modestia de los regalos agiganta y embellece la verdad profunda que esta fiesta guarda en su meollo, como un carbunclo encendido. Porque cuanto más pequeño es el regalo simbólico, más patente se hace el regalo de esos niños que combaten nuestras rutinas con su curiosidad incesante e iluminan nuestra modorra con sus sueños alborozados, aun en medio de ahogos y penurias.
La saturación de materialismo que hemos padecido en años pasados quizá nos haya hecho olvidar esta verdad profunda. Ojalá las estrecheces que en este tiempo estamos pasando nos devuelvan a los españoles una certeza que, durante siglos, acompañó a nuestros antepasados, ayudándolos a afrontar los más difíciles trances: la certeza de que Dios está entre nosotros, visible a través de los niños que nos rodean, los niños que día tras día acérrimos e inasequibles al desaliento siguen trastornando el universo con su curiosidad incesante.
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