Viernes - 9 - de Agosto a las 22:00 en La 1, foto.
Bàrbara Farré: de los vídeos de Rosalía, Amaia y Bad Gyal al sexo a los 13 años.
Ha
dirigido un corto multipremiado sobre sexo adolescente y clips de
Rosalía, Bad Gyal o Amaia. Las marcas se la rifan, pero esta barcelonesa
de 25 años sólo quiere tiempo para escribir su primer largo
La hipersexualización de la adolescencia es algo que preocupa incluso a alguien tan joven como Bàrbara Farré.
Esta directora de cine nació hace apenas 25 años en Barcelona y en el
último año ha contribuido decisivamente a la imagen de tres jóvenes
iconos de la nueva música española, Rosalía, Amaia y Bad Gyal, con las que ha rodado los vídeos F*cking Money Man, El relámpago e Internationally, respectivamente.
Remotos
y caducos para siempre quedan los tiempos en los que la distancia entre
las primeras fantasías sexuales y su aplicación práctica se vivía como
una larga, acaso larguísima, travesía del desierto, dominada por el
anhelo y la frustración. Ahora mismo las púberes pierden la virginidad a
los 13 años. Y nos referimos a ellas, porque de ellas va La última virgen,
el primer corto de ficción de Bàrbara Farré, con el que se graduó en la
ESCAC, la escuela de realizadoras como Mar Coll, una de sus profesoras
favoritas. Ahí también conoció al director de fotografía Lucas
Casanovas, su pareja y cómplice en todos sus proyectos, incluido este
corto multipremiado, del Festival de Málaga a los pasados Gaudí. Un pequeño gran éxito de 17 minutos, que puede verse en Filmin. Sara (Laia Cuadrado), la protagonista del corto, se siente obligada a perder la virginidad, para no ser menos en su grupo de amigas, cuatro mini rosalías, que andan solas por la noche del extrarradio barcelonés. "Se quedan a dormir en casa de una de esas familias que no les prestan atención, y por eso van a su aire", aclara Farré. "Pero sobre todo, quería mostrar cómo es la adolescencia en la era de Internet. Hablé con muchas chicas de entre 13 y 15 años, y vi que ahora todo sucede muy pronto. Es algo muy real, pero de lo que apenas se habla, y ellas mismas me lo agradecieron. Laia estaba muy orgullosa de poder decir, a través del corto, que porque tus amigas se hayan iniciado en sexo, tú no tienes por qué hacerlo. Para ella era como muy necesario".
El mundo ya puede girar cada vez más rápido, pero 13 años quizás sea un poco demasiado pronto. En La última virgen, Laia se pone un tutorial de felatio, y da la sensación de que ha saltado de Frozen a ese otro reino de fantasía que es el porno en un par de clics. "Sí, pero con el reguetón, ya no hace falta mirar porno. Están rodeadas de sexo, en la publi y en los clips, que se consumen un montón. Tienen referentes como La Zowi, que no es nada recatada. Pensé que, si fuera madre, hay muchas letras que no me gustaría que mis hijos escucharan a los 10 años". No se trata, por supuesto, de culpar a la muy sexualizada música urbana, que ha colocado al extrarradio en el centro de todo, ni tampoco de demonizar nuestra conexión con la Red, que no tiene vuelta atrás, aunque podría limitarse. "Sólo quise exponer una situación de la manera más realista posible, y que cada cual sacara lo que quisiera", señala la cineasta, que ha vivido muy de cerca la explosión de la música urbana: la pulposa Bad Gyal prestó un par de temas a la banda sonora de La última virgen, antes de convertirse en la diva de Internationally, cuyo clip también firmó Farré, antes de lanzar el poderoso anuncio del último Primavera Sound, tan comentado por su poderío femenino.
Pero, si alguien ha marcado la trayectoria de Farré es Rosalía, que considera como un referente muy positivo: "Ha llegado a donde está ahora por su trabajo, por su entrega y su tesón. La conocimos a través de Instagram, cuando todavía no era tan famosa. Nos pareció que cantaba super bien, y que tenía un carisma muy especial. Enseguida quedamos con ella, confió en nosotros, y fuimos encadenando proyectos". Primero documentando su trayectoria, del disco Los Ángeles a esta parte, y finalmente dirigiendo el clip F*cking Money Man, que ya lleva más de 15 millones de visualizaciones en YouTube. "Se hizo en apenas una semana. Rosalía y su hermana Pili tenían muy claro lo que querían contar, y cómo transmitirlo a su público. Se trataba de mostrar las dos caras del dinero, que ya venían dadas por las dos canciones que componen el clip". Esperaban polémica. "Por la primera canción, que es en catalán, porque siempre la están acusando de apropiarse de todo...". Y llegó por el uso de la palabra cumpleanys, que los talibanes de la lengua no encontraban en el diccionario Pompeu Fabra: "La gente es muy quisquillosa. Yo soy catalanoparlante, y no conozco a nadie que diga aniversari. En Barcelona hablamos así".
Como canta Rosalía, "Dios nos libre del dinero", pero "teniendo, teniendo, teniéndolo". Bàrbara Farré está en esa misma disyuntiva. Ha rodado anuncios para grandes marcas como Zara o Levi's, y el teléfono no deja de sonar en estos tres años de locura. Pero le gustaría poder dar forma a todas las notas que algún día se convertirán en su primer largo. Aunque le da un poco de miedo dar ese salto. No por el hecho de ser mujer, eso ya está casi superado, en la música como en el cine, sino por no poder conservar su independencia. "Con el corto tuve un control total, pero tengo entendido que siempre hay que hacer concesiones. Si hago una película, quiero que sea mía al cien por cien. Si no, no la hago. Para eso sigo con la publi, que me da dinero, y no me representa. Y necesito tiempo. Tendría que decir No al trabajo, y tengo que ganarme la vida".
Domingo 11 de Agosto , a las 21:30 horas en La 2, foto,.
Nicole Krauss: "Yoram Kaniuk sufrió el rechazo, la pobreza y el olvido",.
La autora de 'Llega un hombre y dice' recuerda al autor hebreo, fallecido el pasado 8 de junio,.
La escritora afirma que la literatura hebrea ha perdido a uno de sus mayores autores,.
Tras cada una de estas muertes se producía un renacimiento. Finalizado el Holocausto, Kaniuk regresó a la vida y trabajó como marinero en los barcos que transportaron a los refugiados de guerra judíos a Israel. Tras resultar herido en 1948, abandonó el recién fundado Estado de Israel y se instaló primero en París, donde se hizo pintor, y luego en Nueva York, donde, según me aseguró en cierta ocasión, se hizo judío. En el sótano batei midrash (sala de estudios) de East Broadway lo introdujeron en la clase de enseñanzas judías que se suprimían deliberadamente de la educación sionista. Para ciertos judíos israelíes y estadounidenses, Israel siempre ha representado la quintaesencia de lo hebreo, el lugar donde se viene aquilatando desde hace sesenta y cinco años la forma más vívida y auténtica de su existencia moderna, y a lo largo de todo este tiempo el aeropuerto Ben Gurión ha experimentado un flujo constante de judíos estadounidenses que aspiran a beber de la fuente esta pócima embriagadora. Pero Kaniuk se complacía en hacerlo todo al revés, y el que fuera un escritor israelí tan atípico se debía en parte al hecho de que este sabra (término hebreo que designa a los judíos nacidos en Palestina después de 1948), cuyo padre fue secretario personal de Meir Dizengoff, el primer alcalde de Tel Aviv, y más tarde primer conservador del Museo de Tel Aviv, y que tuvo por abuelo al poeta Chaim Nahman Bialik, este palmajnik (unidad militar de élite de los judíos palestinos que estuvo activa de 1941 a 1948 durante el Mandato Británico de Palestina) que era la prueba viviente del éxito de la ambición sionista de crear una nueva estirpe de judíos —fuerte, determinada, despojada del lastre de la historia— encontró en Nueva York no sólo el jazz y Greenwich Village, sino también su pasado judío.
Una de las últimas entrevistas de Yoram Kaniuk concedida a JN1 y doblada al castellano.
Tuve ocasión de conocer a Yoram unos meses antes de ese último renacimiento. Había descubierto El último judío por casualidad en una librería de Brooklyn y, fascinada, busqué todos sus libros traducidos al inglés. Cada uno de ellos era de una originalidad tremenda, y lo único que tenían en común era que todos estaban agotados. Empecé a preguntar por él a mis amistades israelíes, hasta que finalmente llegó a sus oídos mi interés por su obra, leyó la mía y me escribió una carta, fechada “dos días después de la Pascua más larga de la historia de la humanidad”. “Querida Nicole Krauss”, rezaba el encabezamiento:
Bibliografía destacada
- The Achrophile (El Acrófilo) (1960)
- Himmo, King of Jerusalem (Himmo, rey de Jerusalén, 1968)
- El hombre perro (1971)
- Rockinghorse (1977)
- The Story of Aunt Shlomzion the Great (La historia de la tía Shlomzion ‘el Grande’, 1978)
- El buen árabe (1984)
- Confessions of a Good Arab: a Novel (Su hija, 1987)
- Commander of the Exodus (Comandante del éxodo, 1999)
- (La casa donde las cucarachas viven en una edad añeja y fétida) (2001)
- The Last Jew (El último judío, 2006)
Sus misivas surrealistas lo eran aún más debido a su escritura ininteligible, resultado de sucesivos derrames cerebrales que habían socavado su dominio del inglés. Al igual que sus libros, aquellas cartas rebosaban humor, afecto, generosidad, pesar, irreverencia y dramatismo. En cierta ocasión, al ver que no contestaba enseguida a un par de sus cien últimas llamadas telefónicas y mensajes, escribió: “He buscado en todos los hospitales de Jerusalén, en todas las comisarías, he llamado al alcalde de Brooklyn, he mirado debajo de las piedras, bajo los puentes de hormigón, en los libros de otros autores, te he llamado, he llamado a mis amigos de Jerusalén, a Jeremaya, al rey David a su móvil, a Yoske el apuesto, a Hana la lisiada, he removido cielo y tierra pero no hay manera de dar contigo”. Era exigente, pueril incluso, y a veces montaba en cólera sin motivo, pero un instante después llegaba otro mensaje lleno de afecto y calidez en el que se apresuraba a pedir perdón. En aquellas páginas y más páginas volcaba toda su gratitud, sin duda excesiva, por la admiración de una joven escritora estadounidense y lo que esta había dicho a propósito de su obra:
“Cuando leí tu carta, empecé a flotar y ya no fui capaz de volver a poner los pies en el suelo, y gracias al móvil me las arreglé para llamar a una empresa que trabaja en la demolición de casas, y vinieron junto con un profesor de la universidad de Tel Aviv para intentar comprender mi imposible empeño en romper la ley de la gravedad y flotar por encima de Tel Aviv, y un helicóptero del ejército ha venido volando hacia mí para asegurarse de que ni yo, ni la empresa de demoliciones, ni el desdichado profesor, que agitaba las manos en el aire como un pájaro con sus enormes gafas, fuéramos enemigos que hubiesen venido a destruir el cuartel general del ejército de Israel, a una calle de aquí. Así que bajé, me di una ducha y traté de pensar en la felicidad que me ha brindado tu carta y en el hecho de que yo, un escritor fracasado, haya recibido la bendición de una escritora maravillosa como tú, y entonces algo bueno y algo malo me sucedió al mismo tiempo. Debo contarte algo sobre mí mismo para que puedas entender por qué he vuelto a nacer a los ochenta años tras leer tu carta”.
Aunque los años que pasó olvidado fueron reales, podría decirse que sentía cierta fascinación por la derrota
Sin embargo, si bien los años que pasó relegado al olvido fueron reales, y el sufrimiento que experimentaba era sincero, también podría decirse que Yoram sentía cierta fascinación por la derrota. En una ocasión me contó que había crecido marcado por la maldición de su padre, que parecía sentirse abocado al fracaso. Su padre, que había sido un gran violinista y había abandonado Ternopil para estudiar música en Berlín, había dejado de tocar para siempre tras escuchar a Bronislaw Huberman y llegar a la conclusión de que jamás tocaría tan bien como él. “Crecí con la convicción de que, haga lo que haga, debo aspirar al fracaso, y eso es lo que ha sucedido”, escribió Yoram. “Siempre hago algo nuevo pero nunca es suficiente, soy un perdedor incluso cuando no lo soy.” No obstante, precisamente por nunca haber pretendido alcanzar el éxito, escribía con una libertad sin precedentes, de un modo temerario, como alguien que está más allá del miedo; a veces hasta me daba la impresión de que escribía como un hombre que ha muerto y se halla en la otra orilla, tratando de comunicarse a gritos con el mundo de los vivos.
Y es que Yoram Kaniuk era, por encima de todas las cosas, israelí. “Nuestros ridículos profesores habían estado machacándonos y dándonos la matraca con lo de construir y ser construidos en Eretz Israel, pero no entendíamos exactamente lo que quería decir eso —escribió en su libro de memorias, 1948—. ¿Acaso no habíamos nacido aquí? Con los cardos. Con los chacales. Con los carros tirados por mulas con anteojeras, con los higos chumbos, con los granados y los cipreses de bellas copas, así que ¿cómo se construye y se es construido realmente?” Y pese a haber nacido en Israel y haber luchado por la fundación del Estado hebreo, no idolatraba a falsos ídolos ni temía alzar su voz discrepante, por lo que se convirtió —en los incontables artículos que publicó en varios diarios israelíes, y también en su blog— en infatigable azote de lo que consideraba los fracasos de Israel. El año pasado, en un conmovedor artículo publicado en Haaretz, escribió que, cuanto más se acercaba a la muerte, menos podía invocar siguiera la tristeza, pues el país que tan bien conocía y tan querido le era había desaparecido ante sus ojos.
La primera vez que veo a Yoram, tras una avalancha de cartas, se aferra a su bastón con una mano, lleva en la otra un póster enrollado y sujeto con un cable de teléfono y, con un tercer brazo, me coge de la mano y me guía calle abajo mientras me explica que esa protuberancia bajo la camisa no es su barriga sino una faja ortopédica, porque años atrás le extirparon toda la musculatura estomacal en una operación, y me cuenta que a veces se cae por la calle pero, como es incapaz de levantarse por sí mismo, debe esperar que alguien pase por allí y lo recoja del suelo.
Recorremos sin prisa las calles de Tel Aviv y pasamos por delante de
la casa en que creció, en la esquina de Ben Yehuda y Strauss, donde su
padre “solía sentarse en el balcón mirando hacia el mar como si tratara
de salvar la distancia que lo separaba de Berlín”. Me explica que 1948,
en cuya escritura ha trabajado de forma intermitente desde hace sesenta
y dos años, acaba de salir a la luz, y que en la portada hay una
representación de la estrella de David que pintó él mismo en 1953,
“antes de que ese cabrón [Jasper Johns] empezara a vender banderas
americanas”. Me cuenta lo emocionante que es todo aquello para él, que
no paran de invitarlo para que conceda entrevistas en la tele y la
radio, que estando allí fuera “todas las chicas de buen ver vinieron a
darme un beso; me sentí como una mezuzá (recipiente adosado a
la jamba de la puerta de entrada de un hogar judío que contiene un
pergamino con versículos de la Torá) con tanto besuqueo”, que por
primera vez se despierta por la mañana y se siente bien consigo mismo,
apreciado como alguien que ha hecho algo digno de admiración, “tan sólo
una pequeña coma en el inmenso libro de la vida, pero hasta una coma
puede ser divertida”, dice, y le comento que sí, conocía el chiste sobre
el tipo al que preguntan cómo es su mujer en la cama y contesta: “Pues
unos dicen que así, otros dicen que asá.” Nos reímos y seguimos
caminando, seguimos doblando esquinas, y el móvil empieza a sonarle en
el bolsillo de la camisa pero él sigue aferrado al póster, al bastón, a
mi brazo, disculpándose por las faltas ortográficas de sus cartas, “me
he quedado sin corrector ortográfico, y escribo tan mal que me río por
no llorar”. Me cuenta que pronto le concederán un doctorado en la
Universidad de Tel Aviv, la misma a cuya facultad de Medicina ha donado
su futuro cadáver, donde lo conservarán en una cámara frigorífica bajo
tierra y será objeto de estudio por parte de los futuros médicos, para
que su “pobre y difunta madre pueda volver y llevarse una gran alegría
cuando les diga a sus amigas Elisheva y Miriam: “¿Lo veis? Yoram ha
llegado a la universidad, y por partida doble: está arriba y abajo”“.
Seguimos caminando, aunque me pregunto cómo es posible que un hombre tan
mayor recorriera una distancia tan larga. Puede que esté recordando un
día distinto, en el que me habla de lo difícil que es dejarse querer
después de tanto tiempo. “Echo de menos ser imposible –dice-. Echo de
menos odiarme; a mis casi ochenta y un años ya no puedo ser yo mismo.”Y de pronto, antes de lo que yo esperaba, tras más de un centenar de cartas y un millar de llamadas de su teléfono veinticuatro horas, tras años de paseos, llegamos al lugar al que había querido llevarme, el viejo cementerio que desemboca en la calle Trumpeldor, más antiguo que la mismísima Tel Aviv. Caminamos entre las lápidas arracimadas; él va buscando la tumba de su madre. Nos sobrevuela una bandada de pájaros, que según él vuelven de África y se dirigen a Alemania. Quería que lo enterraran aquí, pero no podrá ser, me dice, “no tendré una tumba en el país cuya fundación me costó tan cara”, y en un primer momento se me antoja que lo dice por orgullo, por el temor a que nadie le ofrezca un sepulcro digno, pero más tarde comprendo que ni siquiera ahora, a sus ochenta y tres años, habiendo alcanzado fama y gozando de afecto, ha dado por concluida Yoram Kaniuk su —casi, pero no del todo— exhaustiva exploración de la derrota, la misma que antes o después todos coincidirán en considerar una de las grandes obras de la literatura.
De la última carta suya que recibí:
“Hemos tenido unos días fríos, pero ahora ha vuelto el buen tiempo, mi nuevo libro se vende bien y a la gente le gusta, aunque no es un libro fácil de leer y Miranda aún se resiente del hombro que se rompió y está cansada, Adam Kaniuk, nuestro viejo perro, está ahora ciego del todo y apenas oye, y pronto estaremos bien. La quimio sigue dándome molestias pero a todo se acostumbra uno. Recibe todo mi cariño. Algún día, también yo seré escritor”.
- TITULO: De seda y hierro - El Mayorga Rock ya tiene más de 1.000 entradas distribuidas ,. Domingo -11- Agosto,.
- El Domingo -11- Agosto a las 20:20 por La 2, foto,.
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El Mayorga Rock ya tiene más de 1.000 entradas distribuidas,.
Presentación del cartel completo. La organización ha presentado el cartel completo del evento, que contará con grupos de rock de la talla de 'Amparanoia',.
El Mayorga Rock Fest ha distribuido ya más de 1.000 entradas a un mes de su celebración, según ha confirmado Sergio Martínez, uno de los organizadores del evento. Este encuentro musical celebra este año su séptima edición en el Recinto Ferial de El Berrocal el sábado 14 de septiembre.
Parte de estos tickets han sido distribuidos en establecimientos hosteleros gracias a la colaboración que mantienen con la firma de cerveza Amstel, que reparte entradas cada vez que se pide un botellín. Esta promoción se mantendrá abierta hasta el próximo 11 de agosto. A esta cifra se suman las 200 entradas ya vendidas en preventa.
Esta semana, la organización ha hecho público el cartel completo del evento que tendrá a 'Amparanoia' y a 'Sex Museum' como cabezas de cartel. Les acompañarán los grupos 'Derby Motoreta´s Burrito Kachimba', 'Decibelios', 'Los Vinagres', 'Paté de Pato' y 'Pan-Z'.
Según explicó Martínez, el cartel es «peculiar y diferente al que se encuentra en otros festivales». Aunque todos los grupos tocan rock, cada uno de ellos está influenciado por otros estilos, por lo que se pondrán encontrar ritmos de ska, punk o incluso bailes latinos.
«Nuestra meta» explicó el organizador «es también traer música nueva a Plasencia y a Extremadura. Por eso no hemos repetido ningún grupo del cartel en los siete años que llevamos celebrando el festival y esperamos seguir en esta línea».
A falta de un mes para la celebración, aún no se han confirmado las horas de inicio y fin del festival. Esto se debe a que la organización está a la espera de conocer la situación meteorológica que se dará esos días. El pasado año el festival sumó entre 2.000 y 2.100 asistentes. En la edición de hace dos años marcó su máximo, con 2.500 personas, una cifra a la que la organización aspira volver a llegar.
Las entradas anticipadas ya están a la venta con un precio de 20 euros y también pueden adquirirse en la página web oficial del festival.


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