SILENCIO POR FAVOR,.José María Pou: "Hay dos preguntasa las que no contesto jamás: a quién voto y con quién me acuesto,./ EN PRIMER PLANO, LOS ULTIMOS DE LA TRIBU,.
TÍTULO;SILENCIO POR FAVOR,.José María Pou: "Hay dos preguntasa las que no contesto jamás: a quién voto y con quién me acuesto",.
J.M.P. Hay dos preguntas a las que yo no he contestado jamás en mi vida, y me ... montones de veces: a quién voto y con quién me acuesto.
Entrevista
-foto.José María Pou: "Hay dos preguntasa las que no contesto jamás: a quién voto y con quién me acuesto"
A sus 69 años, Pou es un referente
incuestionable del teatro español. Ahora dirige 'Los hijos de los
Kennedy', una mirada a los años sesenta cuando se cumple medio siglo del
asesinato del presidente estadounidense. Hablamos con este actor y
director de físico singular, apasionado y encantador, pero que, llegado
el caso, está «dispuesto a morder».
Ha dormido poco, confiesa, porque tiene demasiadas cosas en
la cabeza. Le suele ocurrir. Aunque viendo el entusiasmo con el que
habla, no se aprecian secuelas del insomnio. A Pou, desde luego, no le
faltan razones para estresarse. Desde que se puso al frente de La cabra,
de Albee, la primera obra que dirigió, se lo disputan para colocarse
detrás del telón. De hecho dirige el Teatro Goya de Barcelona. Pero
también sigue actuando. Solo le falta escribir y 'amenaza': «Algún día
escribiré mi propia obra de teatro». Así que es lógico que diga: «Yo no
sé lo que es el aburrimiento. No entiendo que alguien pueda aburrirse». XLSemanal. ¿Cómo es que hay tan poco trabajo en el mundo del teatro y usted tiene siete proyectos en marcha? José María Pou.
No lo sé. Y lo digo sin falsa humildad. Todo tiene que ver, creo, con
la pasión que transmito. Mi trabajo me entusiasma como actor y director.
Aunque, si me dan a elegir, me quedo con ser actor. Yo soy actor, que
es lo más excelso que hay. Por encima de ser director. XL.
Pero el hecho es que ahora dirige... y a destajo. ¿Por qué cree que
despierta una unánime empatía? ¿Quizá porque ninguna administración le
tiene inquina? J.M.P. No. Es que yo no creo que influya absolutamente para nada el que las administraciones te quieran o no te quieran. XL. No es lo que piensan muchos de sus colegas, como bien sabe. J.M.P.
Yo soy un claro ejemplo de que eso no es verdad. Yo tengo un Premio de
Cultura que me otorgó un gobierno del PP, y el Premio Nacional de Teatro
de la Generalitat de Cataluña, con un gobierno del PSC... No creo que
los premios y los contratos se den por ideología política. Es lo
mediocre lo que se hace por ideología política. Es muy delicado decir
esto: cuando las cosas se hacen bien y el producto es bueno, lo compra
cualquier ideología política. XL. Y a mí que me da que esto va a ofender a la mitad de su profesión... J.M.P.
Ojo, por supuesto que hay inquinas. Sí es verdad que puede haber
alcaldes y concejales de Ayuntamiento que digan: «A este no lo contrato
porque es de izquierdas». Eso sucede. Pero en general no es así. Este
Gobierno no facilita las cosas porque la cultura le importa un huevo,
pero luego un Ayuntamiento del PP como el de Madrid ha tenido ocho años
de director del Teatro Español a Mario Gas, que no es en absoluto afín
al PP. ¿Por qué? Pues porque es un director como la copa de un pino. XL. ¿Cree usted que el teatro está politizado? J.M.P. El
teatro tiene que ser siempre comprometido en contra del poder. Siempre.
Porque es una tribuna donde cuestionarse las cosas. La política no es
más que el arte de saber convivir. Yo no entiendo a esa gente que dice:
«Yo soy apolítico». XL. Pues usted no se ha posicionado nunca políticamente. J.M.P.
Hay dos preguntas a las que yo no he contestado jamás en mi vida, y me
las han preguntado montones de veces: a quién voto y con quién me
acuesto. Pertenece a mi privacidad. El que quiera saber lo que pienso lo
puede ver a través de mis actos y de las funciones que hago. Nunca me
habrás visto en ninguna campaña electoral, nunca. Y me han pedido
presentar mítines de todos los colores. No digo que los que lo hacen no
tengan derecho; me parece muy bien. Pero yo creo que eso forma parte de
mi privacidad. XL. Pues los actores no desaprovechan un escenario para hacer comentarios políticos... J.M.P.
¡No hacen declaraciones políticas! ¡Hacen reivindicaciones sociales!
Eso es perfecto y lo admiro. Es aprovechar el altavoz que, por suerte,
tenemos los actores para ser portavoces de los que no tienen voz. Es
estupendo. XL. ¿Es crítico usted también con la clase política? J.M.P. Lo
he escrito ya varias veces. Estoy harto de que los políticos nos
dirijan como si fuésemos tontos de capirote. A punto estoy de romper mi
carné de ciudadano y lanzarme a vivir por libre, a lo buen salvaje. ¿Qué
coño hemos hecho para tener la mala suerte de coincidir en un momento
tan delicado como este con una clase política tan incapaz, tan mediocre y
tan absurda? XL. ¿No salva a nadie? J.M.P. Ya
sé que no es bueno generalizar. Pido pues disculpas a las excepciones,
que las hay. Escondidas, pero las hay. Por desgracia están desactivadas. XL.
Volvamos al teatro. ¿Por qué insisten tanto en montar funciones que te
remuevan, de las que «se salga pensando», en sus propias palabras, en
detrimento del entretenimiento? J.M.P.
No, no, no... Es compatible. Pero es que el teatro no puede ser solo
entretenimiento. También es cultura, confesionario, lugar de encuentro,
foro de debate... y entretenimiento, claro que sí. Contra lo que me
revelo es contra esa gente, o gentuza, que dice que el teatro es solo
entretenimiento y así le aplica el IVA de entretenimiento. Eso es una
estupidez. Subir el IVA al 21 por ciento es propio de bárbaros y
estúpidos. Así de claro. Pero da pereza seguir hablando del IVA. Ahí
están los resultados del inmenso error. Están destruyendo el tejido
empresarial del teatro. XL. Sin embargo, mantiene usted con total convencimiento que el teatro no va a desaparecer. J.M.P.
Eso está clarísimo. Por eso quiero explicar una cosa: el IVA es la
causa primera de la crisis de muchas empresas teatrales, pero no tanto
de que la gente haya dejado de ir al teatro. El precio de la entrada ha
subido 'solo' uno o dos euros. Las empresas lo han repercutido en sus
cuentas y no tanto en la entrada. La gente ha dejado de ir al teatro
porque vive en permanente estado de angustia, con una pérdida total de
confianza en el futuro. Y en ese estado de incertidumbre, creado por
ciertas políticas sociales, la gente se queda en casa. Pero la gente
quiere ir al teatro y volverá. XL. Le augura peor futuro al cine... J.M.P. Es
inevitable. Las salas de exhibición de cine cerrarán todas. O quedarán
salas enormes con butacas que se convertirán en camas... Una en cada
ciudad, como cosa extraordinaria, pero no va a tener sentido salir de
casa para ir al cine. El teatro es otra cosa. Es otro tipo de
experiencia. Es algo que ocurre ahí. Eso no va a desaparecer. XL. Es usted fan confeso de varias series de televisión. J.M.P.
¡Sí! The wire me parece la mejor serie que se ha hecho jamás. A dos
metros bajo tierra, Mad Men... Esas series me vuelven loco. XL. ¿Se las descarga ilegalmente de Internet? J.M.P.
No, no me he bajado nunca una. Pero no por puridad y honestidad, es
porque no tengo tiempo de buscar dónde se bajan y, cuando un amigo me
envía un enlace..., ¡tardan una barbaridad en bajar! Así que me voy a
FNAC o entro en Amazon y las compro. XL. ¿Es cierto ese mito de que es usted un hombre solitario rodeado de libros? J.M.P.
Vivo solo y rodeado de libros y de discos. Eso es cierto. Ahora cada
vez menos, porque llevo los libros en el iPad y me bajo música de
iTunes, pero mi casa es como un enorme almacén de libros. Pero no soy un
ser solitario. Como por mi trabajo vivo permanentemente en relaciones
sociales, necesito vitalmente, en un momento determinado, llegar a mi
casa y dar la vuelta a la llave por dentro. Mi casa es un santuario, un
templo donde estoy muy a gusto. No soy un misántropo, tengo muchos
amigos, pero me gusta ser dueño del poco tiempo que tengo para mí.
Defiendo muchísimo mi soledad porque defiendo muchísimo mi
independencia. Yo soy más un ser independiente que un ser solitario.
Muerdo cuando alguien quiere invadir mi terreno. XL. Habla
usted también del teatro como terapia; dice que se ha ahorrado mucho en
psicoanálisis. ¿Qué ha aprendido de usted mismo? J.M.P.
A tener clarísimo que se vive estupendamente bien solo. Que es un
compromiso muy grande. Meconozco muy bien. Hasta dónde puedo llegar en
mi capacidad de trabajo, en mis afectos... He aprendido a controlar la
afectividad y las emociones. XL. ¿Cómo se definiría tras ese aprendizaje? J.M.P. Yo creo que lo que más me define es la pasión. A mí me apasiona todo. Hasta hacer esta entrevista. XL.
Estrenó en Bilbao, al día siguiente estaba ya ensayando otra obra en
Barcelona, luego vuelve a Madrid. ¿No se cansa con tantas idas y
venidas? J.M.P. Yo voy a cumplir 69
años. Podría estar jubilado. Pero no me lo creo. Yo voy por el mundo con
la misma curiosidad que tenía a los 18 años. Cuando viene gente joven y
me dice «maestro»... creo que se han equivocado con otro. Yo me siento
como él, con las mismas ganas. Yo no he estado en mi vida ni un solo día
enfermo. Nunca he estado en un quirófano ni en una camilla. He tenido
una rotura de ligamentos y un esguince, pero nunca enfermedades. XL.
Proviene usted de una familia humilde de Mollet, pero con muchas
inquietudes culturales. Su padre hacía ya teatro popular, ¿no? J.M.P.
Sí, mi padre era obrero del metal, pero le encantaban el teatro y leer.
En Mollet, como en casi todos los pueblos de Cataluña, ha habido
siempre una gran tradición de teatro de aficionados. Mi padre no se
subió nunca a un escenario, aunque formaba parte del equipo directivo.
Él era el que elegía las obras y organizaba mínimamente todo aquello.
Eso hacía que yo no solo fuese a las funciones todos los domingos, sino
que todos los sábados, después de comer, iba con mi padre a ver cómo él y
otras dos personas montaban los decorados. Llegaban en papeles doblados
en unas cajas. Yo me sentaba en el patio de butacas solo, lo cual era
un privilegio, y veía cómo sacaban ese papel, lo clavaban, lo levantaban
en una barra y surgía un bosque, un palacio... Era magia. Estoy seguro
de que mi vocación nació allí. XL. Sin embargo, sus padres querían que usted fuese ingeniero... ¡Y casi lo consiguen! J.M.P. Sí,
mi madre sobre todo. Yo les hice una faena muy gorda. Mis padres
lucharon mucho por conseguir unas becas de las universidades laborales
que concedían a los hijos de obreros. Yo pasé el primer examen para
obtener la beca, claro, e iba a hacer Ingeniería Técnica, pero luego
suspendí a propósito. Para perder la beca. Sin decírselo a mis padres.
No lo hablé nunca con ellos, pero creo que lo aceptaron maravillosamente
bien. XL. Se traslada entonces a Madrid. En realidad a
hacer la mili, pero acaba en la Escuela de Arte Dramático y en 1968
debuta en el Marat/Sade dirigido por Adolfo Marsillach. ¿Sus padres
llegaron a ver su éxito? J.M.P. Mis
padres han muerto ya, pero llegaron a ver mi éxito o mi reconocimiento.
Una de las grandes loterías que me ha tocado en la vida ha sido nacer en
una casa que estaba llena de libros y en la que yo veía a mi padre y a
mi madre leer continuamente, antes de que se inventara la televisión y
también después. XL. Y casi que nos quedamos sin hablar de su nueva obra, Los hijos de Kennedy. ¿Miramos a los sesenta con nostalgia? J.M.P.
Pero no 'nostalgia', dicho así, que tiene algo de cursi. El problema de
ahora es que estamos sin referentes, sin líderes, sin héroes, sin
ideólogos, y no solo políticos... Estamos volviendo la vista atrás
porque los años sesenta es una época en que todo esto sí estaba. Martin
Luther King, la lucha contra la guerra en Vietnam, Kennedy, el
movimiento hippy, Ginsberg, Kerouac... XL. ¿Hacen esta función para reivindicar todos esos 'valores' de aquella época? J.M.P. La
hacemos, por encima de todo, porque es un buen texto teatral. No surge
porque yo tenga la necesidad de revisitar la década de los sesenta. Lo
que se cuenta aquí es lo que pasó, la conmoción que supuso la muerte de
Kennedy entonces, que fue el mismo tipo de conmoción que ha supuesto el
11-S ahora. Todas aquellas esperanzas se derrumbaron. La muerte de
Kennedy es un símbolo. Hemos ido a peor. XL. ¿Hemos ido a peor o es que algunos nos estamos haciendo viejos? J.M.P. Bueno,
por eso digo que el teatro es lugar de debate y el espectador decidirá
si es peor o no. Yo, que viví los sesenta, pienso que entonces la gente
creía en algo. Yo no veo eso ahora. ¿En qué se quedó el 15-M? El mayo
francés sí tuvo repercusiones. De entrada sirvió para que ser joven
tuviese un valor. Ojalá tuviésemos ahora los ideales, las ilusiones y
las esperanzas que tuvimos entonces. PRIVADÍSIMO
-Su
primera intención fue dedicarse a la radio. Se apuntó a la escuela de
interpretación para mejorar su dicción, pero ya salió actor.
-Con
todo, hizo muchos años un programa de radio La calle 42 sobre musicales.
Él mismo protagonizó alguno, aunque confiesa estar «limitadito» para
cantar y bailar.
-«Mi físico me condicionó al principio. Era
desgarbado y muy alto. Luego, me ayudó; los directores me daban papeles
más complejos». El único problema es que algunas actrices no querían
salir con él para no parecer enanas.
-Está muy orgulloso de su
papel como el inspector Ferrer en la serie Policías. En cine destaca su
interpretación en Amigo/amado.
-Con 18 años ya viajaba a Londres y Nueva York para ver teatro. Ahora pasa temporadas en la Gran Manzana. Se ve retirado allí.
-Es fan de varias series de televisión: The wire, A dos metros bajo tierra y Mad Men son sus favoritas. Ahora ve The good wife.
TÍTULO; EN PRIMER PLANO, LOS ULTIMOS DE LA TRIBU,.
Ceguera de los ríos
Una tribu amazónica es el último refugio del gusano que ha dejado ciegas a 500.000 personas-foto-
Los médicos acorralan en la remota selva de los
yanomami al parásito culpable de la ceguera de los ríos, tras haberlo
eliminado del resto de América.
En medio de la selva
virgen, es difícil explicarle a un indio yanomami que no puede dar un
paso para ir de un árbol a otro porque un hombre blanco decidió que por
ahí pasa la línea imaginaria que traza la frontera entre Brasil y
Venezuela. Desnudos y obviamente sin pasaporte, los yanomami siguen
cruzando la frontera a su antojo, como han hecho desde siglos antes de
que existiera una raya divisoria. El problema, explica el médico
salvadoreño Mauricio Sauerbrey, es que los yanomami transportan con ellos a un monstruo: un gusano que ha dejado ciegas a 500.000 personas en el mundo. Y los médicos que persiguen al parásito no pueden atravesar alegremente la frontera.
En 2005, más de 140.000 personas de América Latina estaban
infectadas por el gusano en Colombia, Ecuador, México, Guatemala, Brasil
y Venezuela. Pero una exitosa campaña médica, que ha distribuido 11
millones de dosis de antiparasitario, ha conseguido barrer al enemigo,
responsable de la llamada ceguera de los ríos, una enfermedad olvidada conocida entre los científicos como oncocercosis. El último refugio del gusano en América es la tupida selva de los yanomami.
El acceso a estas poblaciones indígenas, con unas 23.000 personas en riesgo
de ser infectadas, es tremendamente difícil. Muchas veces se encuentran
en zonas de la selva tan remotas que sólo se puede llegar a ellas en
helicóptero. Y encima los yanomami están en continuo movimiento. "A
veces llegamos a una comunidad del lado de Brasil a darles un
tratamiento y ya no hay nadie, porque se han ido a Venezuela. Ellos
atraviesan la frontera sin ningún problema, pero los oficiales de salud
no pueden", señala Sauerbrey, director del Programa para la Eliminación de la Oncocercosis en las Américas, la iniciativa regional coordinada por el Centro Carter de EEUU para borrar al gusano del continente.
Un picor infernal
En parte por culpa de la frontera, pero sobre todo por
tratarse de un área montañosa de muy difícil acceso, el foco yanomami es
el único lugar de América donde persiste la transmisión de la
oncocercosis. Es fácil ver que la enfermedad sigue ahí. Muchos yanomami
lucen en sus cabezas una especie de chichón, que en realidad es un repugnante ovillo de gusanos
machos y hembras reproduciéndose bajo su piel. En cada uno de estos
nódulos, los gusanos adultos producen miles de gusanitos pequeños que
viajan por todo el cuerpo, arrasando la piel de los indios, que puede
quedar con el aspecto de un pergamino. El picor es lo primero que
sienten al despertarse y lo último antes de dormirse. Su vida se
convierte en un infierno.
En algunos casos, los gusanos pequeños, llamados
microfilarias, llegan a los ojos y producen ceguera. Es una enfermedad
que hunde a los pueblos en la miseria. Los infectados no pueden
trabajar, ni ir a la escuela, ni cuidar a sus familias. Y el parásito se
extiende como una peste por las comunidades gracias a la picadura de un
mosquito, conocido como la mosca negra.
La lucha contra la oncocercosis es "un caso insólito", según Sauerbrey. La multinacional farmacéutica Merck, en una decisión sin precedentes, se comprometió en 1987 a donar todo el antiparasitario que hiciera falta para acabar con la enfermedad en el mundo. Desde entonces, la compañía, que en 2012 ganó unos 4.800 millones de euros,
ha donado comprimidos por valor de 4.000 millones de euros para África y
América, según sus propias cifras. El fármaco, la ivermectina, no mata a
los gusanos adultos, refugiados en los chichones de los yanomamis, pero
sí extermina a sus crías, los gusanitos que viajan por el cuerpo
causando estragos en piel y ojos. Así que cuando las moscas negras pican
a una persona tratada, chupan una sangre limpia y se impide la
transmisión de la enfermedad.
Si el tratamiento se mantiene durante unos
tres años, los gusanos adultos pierden su capacidad de reproducirse y
acaban muriendo de viejos sin dejar crías. Con esta estrategia, Colombia
fue el primer país que detuvo la transmisión de la enfermedad, en 2007,
seguido por Ecuador, en 2009, Guatemala y México, ambos en 2011.
Sin palabras
Sauerbrey calcula que Brasil y Venezuela conseguirán
interrumpir la transmisión del gusano en el área yanomami a lo largo de
2015. Alrededor de 2020, tras un proceso de verificación por parte de la
Organización Mundial de la Salud, América podría declararse vencedora
en su guerra contra el gusano de la oncocercosis.
Pero, antes de cantar victoria, los médicos se enfrentan a
desafíos gigantescos. El antropólogo francés Jacques Lizot vivió entre
los yanomami entre 1968 y 1992. Antes de ser acusado de esconder prácticas de pedofilia en la selva,
fue consultor del Programa de Eliminación de la Oncocercosis en las
Américas y emitió un informe en 2001 que pondría los pelos de punta a
cualquier experto en salud pública.
Los yanomami, advertía, ni siquiera tienen una palabra para la enfermedad. Cuando un individuo aparecía con un bulto lleno de gusanos en su piel, detallaba Lizot, era motivo de vergüenza,
aunque nadie supiera ofrecer una explicación del origen del bulto.
Según el antropólogo, la situación cambiaba con otros síntomas de la
oncocercosis, como el aspecto apergaminado de la piel. Para los
yanomami, estas lesiones eran fruto de un ataque de un chamán armado con
pociones mágicas, como el kramosi, una sustancia elaborada con escamas
de una mariposa nocturna.
"Los yanomami asocian la ceguera con un espíritu del Sol y creen que sólo el chamán puede curarla",
añade el médico uruguayo Carlos Botto, que lucha en primera línea
contra el parásito en el lado venezolano de la frontera. Pero Botto sabe
bien que la magia no existe. Su equipo ha encontrado indios con "hasta
1.000 microfilarias por cada miligramo de piel". Eran verdaderos nidos
de gusanos. Botto y sus colegas se dedican a peinar la selva, en
helicóptero o en canoa, en busca de grupos yanomami para suministrarles
ivermectina.
Helicópteros del Ejército
El principal reto al que se enfrentan es que en esas zonas
remotas de la selva "aún existen comunidades yanomami no identificadas
por el sistema de salud", según explica por teléfono desde Puerto
Ayacucho, la última ciudad de Venezuela antes de llegar a la pura selva.
Entre 1999 y 2012, los médicos han conseguido sacar a la luz a unos
6.000 indígenas en riesgo, pero los expertos creen que quedan más,
desperdigados e invisibles en la selva.
Botto acaba de regresar de un viaje por el nacimiento del
río Orinoco. Montado en un helicóptero del Ejército venezolano, el
médico ha participado en una misión que ha llevado a las comunidades
yanomami tratamiento contra la oncocercosis y otras
enfermedades, como la malaria. "Siempre nos reciben bien, porque con
nosotros trabajan agentes yanomami, que hablan su lengua y comparten su
cultura. Ellos consiguen que nuestras medicinas sean aceptadas", apunta.
"Los médicos somos aceptados en una jerarquía similar a la de sus
chamanes". El gusano está acorralado. En algunas
comunidades de la selva antaño sumidas en el picor y la ceguera, la
transmisión de la enfermedad se ha detenido. Ahora, adelanta Sauerbrey,
se necesita un cambio de estrategia para asestar la puntilla al
parásito. "Estamos sugiriendo a los gobiernos de Brasil y Venezuela que
lleguen a un acuerdo binacional para que los médicos puedan actuar mejor
en la frontera y compartir sus infraestructuras a uno y otro lado. La
eliminación del gusano depende de la voluntad política de los dos
países", advierte el director del programa de lucha contra la
oncocercosis en América. La única magia que de verdad existe en la selva
es la línea imaginaria que impide que un médico dé un paso hacia una
persona que está siendo devorada por un gusano.
"El 99% del problema está en África"
El médico Mauricio Sauerbrey está satisfecho con la campaña
contra el gusano en América, que dirige desde 1998, pero recuerda que
"el 99% del problema está en África". En el continente americano, la
enfermedad está acorralada en la frontera entre Brasil y Venezuela, pero
en África el parásito sigue presente en 30 países, con unos 100 millones de personas en riesgo de contraer la ceguera de los ríos.
"África está en un momento trascendental. El éxito de la
experiencia en América ha hecho que los gobiernos africanos
reflexionen", afirma Sauerbrey. La lucha en los dos continentes había
sido diferente hasta ahora. En América se optó por suministrar a la
población en riesgo una dosis de antiparasitario cada seis meses. Esta
estrategia, como se ha demostrado, ha conseguido esterilizar a los
gusanos adultos y parar la transmisión. "En África, en cambio, se daba
sólo una dosis al año", lo que sólo servía para controlar la enfermedad,
expone Sauerbrey. Uganda, asesorada por el Centro Carter de EEUU, ha replicado la estrategia americana y ha conseguido detener la transmisión del gusano en algunos focos. La victoria, creen en el Centro Carter, también es posible en África.
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