domingo, 9 de marzo de 2014

EL BLOC DEL CARTERO, Adiós a la tierra ,./ LA CARTA DE LA SEMANA, Una historia de España (XX),.

TÍTULO: EL BLOC DEL CARTERO, Adiós a la tierra ,.

Casi todos los países occidentales han pasado por un proceso migratorio del campo a la ciudad. Poblaciones rurales ingentes abandonaron sus medios tradicionales de vida, ligados a la tierra, para convertirse en mano de obra (y con frecuencia en carne para la trituradora) de una industria en fase expansiva, ocupando los arrabales sórdidos de las grandes ciudades. Este proceso, que en España fue más tardío, habría de adquirir sin embargo una especial virulencia en los años posteriores a la Guerra Civil y, muy especialmente en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, en las que el fenómeno migratorio, tanto interior como exterior, acabaría por cambiar por completo la fisonomía de nuestro país, que en las décadas siguientes aun habría de conocer otra fase del proceso migratorio todavía más compleja, cuando España se convirtió en destino de mano de obra extranjera, merced a una racha de prosperidad económica que -según ahora comprobamos- se asentaba sobre cimientos de humo.
Algunos datos quizá nos sirvan para ilustrar el desquiciado proceso de abandono de la tierra (único cimiento de toda economía sana) sufrido en España. En 1900, el 48 por ciento de la población española vivía en núcleos con menos de 2000 habitantes; en la actualidad, este porcentaje ronda el 15 por ciento. Pero mayor aún ha sido el descenso del empleo en el sector agrícola y ganadero. Hasta un 70 por ciento de la población activa se empleaba en 1900 en dicho sector, cifra que se había reducido hasta un 50 por ciento a mediados de siglo; el éxodo rural y la mecanización de las tareas agrícolas harían que, hacia 1970, solo el 25 por ciento de la población activa se dedicase al cultivo del campo; en la actualidad, menos de un 5 por ciento de nuestra población persevera en estas labores, mientras el sector terciario o de servicios se ha hipertrofiado hasta alcanzar el 70 por ciento. No hace falta añadir que muchos de estos 'servicios' son pura economía improductiva, especulativa, virtual, filfas de pijos sobrevenidos que nos las tendremos que comer con patatas no tardando mucho. Lo más llamativo de este proceso es que, mientras la economía española derivaba hacia el pijismo más superferolítico, la demanda de productos agrícolas y ganaderos no disminuía, sino que, por el contrario, se incrementaba; y, aunque los avances tecnológicos han permitido aumentar su producción con menos mano de obra, en estos momentos España importa muchos productos agrícolas (¡empezando por las naranjas, de las que en otro tiempo fuimos primer productor mundial!) que, hace apenas unas décadas, exportaba, por imposición en gran medida de las ordenanzas europeas, que han llegado incluso (misterio de iniquidad) a subvencionar a muchos agricultores y ganaderos para que abandonen sus explotaciones. Paralelamente, los productos agrícolas y ganaderos han disparado sus precios, a la vez que quienes los producen reciben una remuneración cada vez más escasa por su trabajo, para enriquecimiento sórdido de una tupida red de intermediarios.
Las causas del éxodo rural fueron muy diversas y complejas; y, desde luego, entre ellas debemos contar, en primer lugar, el reparto injusto de la tierra, que propició que millones de personas, al carecer de propiedad, tuvieran que desarrollar las faenas agrícolas en condiciones indignas y soportar hambrunas atroces. Pero las consecuencias de este éxodo rural fueron con demasiada frecuencia lastimosas: las promesas de una vida más fácil que ofrecía la ciudad no se vieron siempre realizadas; y, en cambio, propiciaron una ruptura a menudo traumática con tradiciones ancestrales que ligaban a nuestros antepasados a la tierra, favoreciendo el desarraigo, las rupturas familiares, la pérdida de la fe y la emergencia de una nueva problemática social que se ha mostrado en gran medida irresoluble, con formas emergentes de pobreza y desequilibrios demográficos nunca antes conocidos. El abandono de la agricultura ha generado, por otro lado, una dependencia cada vez mayor de productos que hemos dejado de cultivar; y, mientras las tierras que antaño se destinaban a la labranza eran recalificadas y entregadas a la voracidad inmobiliaria (¡y a los resorts y campos de golf para ejecutivos estresados, oiga!), se ha generado una nueva forma de especulación que afecta al precio de los alimentos y que pronto podría degenerar en una pavorosa crisis alimentaria.
Y es que los pecados, cuando no media arrepentimiento, tarde o temprano se pagan. Algunos incluso más temprano que tarde.

TÍTULO: LA CARTA DE LA SEMANA,Una historia de España (XX),.

 Y ahora, ante el episodio más espectacular de nuestra historia, imaginen los motivos. Usted, por ejemplo, es un labriego extremeño, vasco, castellano. De donde sea. Pongamos que se llama Pepe, y que riega con sudor una tierra dura e ingrata de la que saca para malvivir; y eso, además, se lo soplan los Montoros de la época, los nobles convertidos en sanguijuelas y la Iglesia con sus latifundios, diezmos y primicias. Y usted, como sus padres y abuelos, y también como sus hijos y nietos, sabe que no saldrá de eso en la puñetera vida, y que su destino eterno en esta España miserable será agachar la cabeza ante el recaudador, lamer las botas del noble o besar la mano del cura, que encima le dice a su señora, en el confesionario, cómo se te ocurre hacerle eso a tu marido, que te vas a condenar por pecadora. Y nuestro pobre hombre está en ello, cavilando si no será mejor reunir la mala leche propia de su maltratada raza, juntarla con el carácter sobrio, duro y violento que le dejaron ocho siglos de acuchillarse con moros, saquear el palacio del noble, quemar la iglesia con el cura dentro y colgar al recaudador de impuestos de una encina, y luego que salga el sol por Antequera. Y en eso está, afilando la hoz para segar algo más que trigo, dispuesto a llevárselo todo por delante, cuando llega su primo Manolo y dice: chaval, han descubierto un sitio que se llama las Indias, o América, o como te salga de los huevos porque está sin llamarlo todavía, y dicen que está lleno de oro, plata, tierras nuevas e indias que tragan. Sólo hay que ir allí, y jugársela: o revientas o vuelves millonetis. Y lo de reventar ya lo tienes seguro aquí, así que tú mismo. Vente a Alemania, Pepe. De manera que nuestro hombre dice: pues bueno, pues vale. De perdidos, a las Indias. Y allí desembarcan unos cuantos centenares de Manolos, Pacos, Pepes, Ignacios, Jorges, Santiagos y Vicentes dispuestos a eso: a hacerse ricos a sangre y fuego o a dejarse el pellejo en ello, haciendo lo que le canta el gentil mancebo a don Quijote: A la guerra me lleva / mi necesidad. / Si hubiera dineros / no iría, en verdad. Y esos magníficos animales, duros y crueles como la tierra que los parió, incapaces de tener con el mundo la piedad que éste no tuvo con ellos, desembarcan en playas desconocidas, caminan por selvas hostiles comidos de fiebre, vadean ríos llenos de caimanes, marchan bajo aguaceros, sequías y calores terribles con sus armas y corazas, con sus medallas de santos y escapularios al cuello, sus supersticiones, sus brutalidades, miedos y odios. Y así, pelean con indios, matan, violan, saquean, esclavizan, persiguen la quimera del oro de sus sueños, descubren ciudades, destruyen civilizaciones y pagan el precio que estaban dispuestos a pagar: mueren en pantanos y selvas, son devorados por tribus caníbales o sacrificados en altares de ídolos extraños, pelean solos o en grupo gritando su miedo, su desesperación y su coraje; y en los ratos libres, por no perder la costumbre, se matan unos a otros, navarros contra aragoneses, valencianos contra castellanos, andaluces contra gallegos, maricón el último, llevando a donde van las mismas viejas rencillas, los odios, la violencia, la marca de Caín que todo español lleva en su memoria genética. Y así, Hernán Cortés y su gente conquistan México, y Pizarro el Perú, y Núñez de Balboa llega al Pacífico, y otros muchos se pierden en la selva y en el olvido. Y unos pocos vuelven ricos a su pueblo, viejos y llenos de cicatrices; pero la mayor parte se queda allí, en el fondo de los ríos, en templos manchados de sangre, en tumbas olvidadas y cubiertas de maleza. Y los que no palman a manos de sus mismos compañeros, acaban ejecutados por sublevarse contra el virrey, por ir a su aire, por arrogancia, por ambición; o, tras conquistar imperios, terminan mendigando a la puerta de las iglesias, mientras a las tierras que descubrieron con su sangre y peligros llega ahora desde España una nube parásita de funcionarios reales, de recaudadores, de curas, de explotadores de minas y tierras, de buitres dispuestos a hacerse cargo del asunto. Pero aun así, sin pretenderlo, preñando a las indias y casándose con ellas -en lugar de exterminarlas, como en el norte harían los anglosajones-, bautizando a sus hijos y haciéndolos suyos, emparentando con guerreros valientes y fieles que, como los tlaxcaltecas, no los abandonaron en las noches tristes de matanza y derrota, toda esa panda de admirables hijos de puta crea un mundo nuevo por el que se extiende una lengua poderosa y magnífica llamada castellana, allí española, que hoy hablan 500 millones de personas y de la que el mejicano Carlos Fuentes dijo: «Se llevaron el oro, pero nos trajeron el oro».




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