sábado, 26 de julio de 2014

TENDENCIAS, EN DIRECTO, ¿ EL CAMBIO DE ROLES MATA EL DESEO?,./ DE CERCA, GRUPOS DE WHATSAPP,.EL BLA, BLA, BLA SIN FIN,,

TÍTULO: TENDENCIAS, EN DIRECTO, ¿ EL CAMBIO DE ROLES MATA EL DESEO?,.

Cambio de roles en la parejaInvestigaciones recientes apuntan a que cuando el hombre trabaja (también) en casa disminuye la frecuencia de las relaciones sexuales en la pareja. ¿Acaso nos atraen más los hombres que ejercen su rol más tradicional?-foto,.

Encapsulada en aquel “Vive la diff érence!” con el que Spencer Tracy zanjaba su pelea con Katharine Hepburn en La costilla de Adán (1949) se encuentra la madre del cordero de las actuales relaciones sentimentales (según algunos estudios). La exclamación contiene la paradoja que acorrala la supervivencia del deseo sexual, acosado, entre otras cosas, por una exigencia social: la igualdad de los sexos. ¿Podemos desear al hombre tranquilo que comparte exquisitamente las tareas de casa desde el convencimiento profundo de la importancia de la equidad? ¿O la mujer sexista que puede pervivir en nosotras se ve atraído inevitablemente por el macho alfa que se limita a hacer de taxista y simular chapuzas de bricolaje?
Recurramos a la sociología para encontrar respuestas. El estudio Igualitarismo, tareas domésticas y frecuencia sexual en el matrimonio, publicado en 2013 por la revista American Sociological Review, sostiene que un hombre casado tiene menos relaciones (un 1,5% menos) cuanto más tiempo le dedica a tareas como la cocina o la limpieza; por el contrario, hará más el amor si se dedica al jardín, a llevar las cuentas o a arreglar el coche.
Para Sabino Kornrich, investigador del Instituto Juan March de Madrid y autor de este estudio, estos resultados “sugieren la existencia de unos guiones sexuales, divididos por géneros, en los que la imagen tradicional del hombre y la mujer es importante a la hora de generar deseo y en el momento de desempeñar el acto sexual”. Una posible explicación, continúa Kornich, de esta incompatibilidad entre las tareas de la casa y la actividad sexual es que “realizar tareas típicamente masculinas y típicamente femeninas lleva a las personas a parecer más masculinas y más femeninas, algo que se asocia con la atracción y la actividad sexual”.
Esto, comenta el investigador, casaría además con el resultado de investigaciones anteriores, que constatan que los adolescentes con los roles de género más marcados “practican más sexo, y antes, que el resto de adolescentes”. La hipótesis, llamativa, casa con los factores que Brandy Engler, la sexóloga de moda en ese nido de machos alfa que es Wall Street, citaba como potenciadores de la líbido femenina: “Peligro, novedad, distancia y misterio”. Sin embargo, dicha hipótesis no tiene por qué ser la única. Menos aún en un momento en el que roles masculinos y femeninos se desdibujan a toda velocidad, haciendo ya imposible que los datos y sus interpretaciones se apliquen igualitariamente en las parejas.
Libido a la baja. “En efecto, el rol masculino está cambiando no solo en cuanto a las labores del hogar, sino también en cuanto a la paternidad”, explica la psicoanalista Mariela Michelena. Se difuminan las fronteras entre lo típicamente femenino y masculino, y la sociedad reclama cosas distintas de las que tradicionalmente nos ha reclamado. Nosotras ocupamos un papel más potente, agresivo y masculino: mujeres independientes que hasta pueden ganar más dinero que el marido. Este, a cambio, ha de colaborar en la casa y con los niños. Este trasvase de roles hace que ahora sea el hombre el que tiene doble jornada y al que le puede doler la cabeza llegado el momento del sexo. No existe el mismo interés libidinal si uno llega a casa y le espera una copa y una cena rica, que si ha de bañar y acostar a los niños y lavar los platos”. 
Para Michelena, autora de Me cuesta tanto olvidarte (La esfera de los libros), la disminución de la frecuencia sexual en las parejas igualitarias no tiene tanto que ver con la intensidad del deseo en la mujer, sino “con el cambio de posición del hombre, que sustituye su premura sexual por un rol femenino tradicional”. ¿Dónde queda entonces el mito de lo instintivo? “Las sexualidad siempre es una cosa misteriosa y complicada precisamente porque no es instintiva y no hay nada natural en ella. Hasta una mosca que pasa puede influir en el deseo, incluso en si vas a tener un orgasmo o no. Somos, sobre todo, cultura. Si no fuera así, no existirían clínicas especializadas en los problemas eréctiles masculinos”.
Sentimientos. Tampoco Olga Córdoba, psiquiatra del Hospital Gregorio Marañón y terapeuta de parejas, se alinea con la investigación de Kornrich. “Discrepo absolutamente de ese estudio. Es más. desde mi experiencia profesional compruebo lo contrario. Cuando una mujer se siente simétricamente tratada por su pareja en la logística del hogar está mucho más predispuesta a que surja el deseo sexual. La libido va muy de la mano de los sentimientos. Si te sientes injustamente tratada, por muy macho alfa que sea tu pareja, el deseo disminuirá; más allá de la expresión sexual como forma de comunicar amor, también está el día a día y la cotidianidad, y siempre lleva las de ganar un igual que está a tu lado, compartiendo y apoyándote. Una rutina armónica, de apoyo, comunicación y comprensión, es el mejor caldo de cultivo para sembrar el deseo”.
Córdoba, autora de Y sin embargo te quiero. Claves para una buena vida en pareja (Dogma), señala además las tareas de la casa como fuente de problemas de convivencia. “Uno de los motivos más frecuentes de crisis son las discusiones por temas relacionados con la organización diaria y el reparto de tareas. Y, precisamente, donde primero se manifi estan este tipo de problemas es en la sexualidad. La disminución de la frecuencia sexual casi siempre es síntoma de confl icto, más que de desinterés”.
No conviene mezclar la armonía y felicidad matrimonial con la libido, claro. Son cosas distintas. Lynn Prince Cooke, profesora de la Universidad de Bath, ha publicado un estudio que demuestra que las parejas (en su caso, estadounidenses) se divorcian menos sin comparten las tareas de la casa. Stephanie Coontz escribe en Historia del matrimonio (Ed. Penguin) que la colaboración doméstica de ambos cónyuges es uno de los factores más importantes de satisfacción marital femenina, comparable a la del buen sueldo para los hombres.
Y, sin embargo, aumentan las cifras de infidelidad en las mujeres emparejadas del mundo occidental. En EE.UU., donde ya hay más hogares mantenidos por mujeres que por hombres, el adulterio femenino ha crecido un 40% en las dos últimas décadas, igualándose al masculino; además, el 34% de las infi eles dicen ser felices en su matrimonio.
Entonces: ¿somos felices pero nos deseamos menos? “Es la primera vez en la historia que podemos experimentar la sexualidad en un contexto de pareja igualitaria”, explica Esther Perel, terapéuta y autora de Mating in captivity (“apareamiento en cautividad”) (Ed. Harper Collins). “En principio, parece demasiado pedir que una misma persona sea mejor amigo, amante apasionado y socio al 50% en la gestión del día a día. Necesariamente habrá alguna parcela que no podrá llenar y hemos de lidiar con esa pérdida. Es una paradoja no resuelta con la que, de momento, tenemos que vivir”.
Quizá sea precisamente nuestra necesidad de explicar este tipo de callejones sin salida lo que conduce a las conclusiones de ciertos estudios. Lee T. Gettler, antropólogo de la Universidad de Notre Dame (París), afirma que, cuando el varón se involucra en el cuidado de un recién nacido, desciende su testosterona (responsable del deseo) y se incrementa la prolactina (vinculada a la producción de leche de la madre), que permite ser más sensible a las necesidades del bebé. Ignacio Moncada, coordinador del Grupo de Andrología de la Asociación Española de Urología (AEU), dictamina: “Es muy difícil determinar con exactitud la causa científica de por qué se producen estos cambios”.
En el fondo de este armario se encuentra el misterio de los resortes del deseo femenino, una niebla que la ciencia no termina de despejar. Investigaciones recientes han descubierto que la inclinación de la mujer hacia la promiscuidad es mayor que en el hombre, por mucho que la cultura nos haga creer lo contrario. ¿Tendrá que ver en la disminución de la frecuencia sexual en casa tanto o más que el asunto de quién maneja el aspirador?
Para Perel, “no podemos asumir que las reglas socialmente aceptadas del matrimonio igualitario funcionen en el dormitorio. De hecho, las cosas que nos excitan en la noche son las que más negamos durante el día”. ¿Deberíamos entrenar la fl exibilidad sufi ciente para inventar ese personaje nocturno que excita a nuestras parejas o habremos de ensayar una unidad familiar en la que alguno de los roles se satisfagan fuera?

TÍTULO:   DE CERCA, GRUPOS DE WHATSAPP,.EL BLA, BLA, BLA SIN FIN,.
  1. Grupos de Whatsapp
    Si estás entre el afortunado 0.001% de la población mundial que no tiene un grupo de Whatsapp llamado “Familia”, es muy probable que, ...-foto,.
     Perteneces a un grupo de Whatsapp llamado “FAMILIA” , “Amiguitas forever” o “Madres del cole”? ¿Quieres huir, pero no sabes cómo? ¿Dices “jajajaja” para sentirte incluida? Tranquila, no eres la única.
    Si estás entre el afortunado 0.001% de la población mundial que no tiene un grupo de Whatsapp llamado “Familia”, es muy probable que, para compensar, pertenezcas a otro que se llame “Madres del Cole”. Si resulta que eres un ser socialmente integrado, seguramente, pasarás por ambos trances y desde ya te hacemos llegar nuestras más sinceras condolencias: de ninguno de estos grupos se puede escapar sin dolor.
    “Tengo dos grupos familiares, uno muy grande de la familia de mi madre (somos 30), donde hago como que no estoy, porque tendría que pasarme el día felicitando cumpleaños, viendo vídeos de actuaciones familiares y diciendo qué guapos son los hijos de mis primos. Solo entro de vez en cuando y no me lo tienen muy en cuenta... Bueno, mi madre sí porque cree que tengo raptadas a sus nietas”, dice Laura, nombre fi cticio, (porque como comprenderéis en esta revista no queremos arruinar la vida familiar de nuestras fuentes).
    ¿Qué podría hacer Laura? ¿Irse dando un portazo y convertirse en el tema más jugoso de conversación del propio grupo? Hay que aceptar que la vida en Whatsapp es dura. La ingeniería social para mantener a todos contentos es una ciencia cada vez más esquiva. La primera paradoja es que seguramente tú no has movido un dedo para pertenecer a esa pandilla digital que ahora te devora. Un buen día te viste arrastrada a esa conversación sin fi nal que mantienen los integrantes de los grupos hiperactivos y multitudinarios. Y no te quejes. A estas alturas, lo patológico y socialmente dramático es no pertenecer a ninguna tribu de Whatsapp. Eso sí te condenaría al ostracismo.
     Hoy por hoy, estamos condenadas a una tertulia continua que nos obliga a fi ngir que estamos atentos y a poner de vez en cuando un “jajajaja” para que el resto de la audiencia crea que prestamos atención. Porque lo cierto es que el silencio es uno de los grandes pecados en este tipo de círculos, que no callan. 
    Otro gran error es hacer mutis por el foro. Andrea (34 años) se largó del grupo de Whatsapp de sus amigas –“Amiguitas forever” se llamaba– enfadada con el mundo. Seguir sus impulsos le costaría muy caro, pero ella no lo imaginaba. Como si hubiera cometido una grave ofensa todos dejaron de llamarla para quedar. La excusa era que los planes “surgían” en el grupo y si alguien estaba fuera sencillamente quedaba excluido. 
    Nadie se iba a tomar el trabajo de contactarla de manera individual. Finalmente, tres veteranas del grupo convocaron una cumbre off line para “poner a Andrea en su sitio”. Ocurrió en un bar donde las cosas se complicaron más y terminaron en una discusión analógica con sus gritos y puñetazos en la mesa. Dos años después siguen sin hablarse mientras el grupo “Amiguitas forever” está casi inactivo y a punto de desparecer por muerte natural. 
    Madres perfectas sin fronteras... 
    Y luego están los grupos de “Madres del Cole”. Tienen energía, vitalidad. Son incombustibles y en ellos se compite como en un deporte de élite. Si no eres una madre perfecta, no hay manera de sobrevivir a uno de ellos sin que el remordimiento te corroa cada mañana. En estos grupos se cuenta, a veces con apoyo gráfico, cómo se preparan las meriendas perfectas, los disfraces perfectos, las fiestas perfectas. Y hay que estar a la altura. La buena noticia es que este tipo de grupos duran poco. “Mientras más amiguísimas sean y más queden en la vida real más rápido se van a mosquear”, me contó una profesora que tuvo que mediar en un desencuentro en Whatsapp por un cumpleaños al que no se invitó a todos los niños de la clase, o por la recogida del dinero destinado a comprar su propio regalo de fin de curso.
    Lo cierto es que nadie puede predecir los años de vida de un grupo. Como regla general, aquellos creados para un evento puntual, digamos un viaje, un regalo o una fiesta, suelen tener una vida breve (aunque nunca se sabe), pero se cree que los que apuntalan un vínculo más o menos sólido de la vida real pueden llegar a ser inmortales.
    Para los antropólogos, el Whatsapp y otras aplicaciones de mensajería instantánea han sido una revelación porque la mayoría de las veces no se usan para comunicar cosas concretas. Según explica la antropóloga Mimi Ito, que estudia el fenómeno en la Universidad de California, mientras el email y el teléfono han quedado para trabajar o dar noticias importantes (hay gente que se enfada si la invitan a una boda o le informan de un divorcio por Whatsapp), la mensajería instantánea y los chats en tiempo real pretenden compartir “un ambiente o un estado emocional” con varias personas a la vez. “La gente puede mandar un SMS con una noticia a dos o tres amigos, pero lo que busca con Whatsapp es mantener una copresencia virtual con una docena de personas más o menos cercanas”.
    Según esta experta, nos gustan Whatsapp y sus grupos porque nos hacen sentir arropados, aunque sea en exceso. Su teoría es que nos importa poco lo que se diga en estos grupos, solo nos tranquiliza saber que no estamos solos, y para eso no hay nada más efi caz que un hiperactivo grupo de Whatsapp.
    Esta sensación de acompañamiento continuo que nos da la mensajería en tiempo real –y que es, según Mimi Ito, lo que nos engancha de esta tecnología–, puede ser muy agradable, pero también muy conflctiva. Según la antropóloga, una de las razones del volumen exagerado de datos en los chats es que se emplean para compartir todo: lo que estoy haciendo ahora, lo que estoy viendo, lo que estoy pensando, lo que voy a hacer. Es un intercambio continuo de asuntos graves y triviales. “El mensaje a transmitir es: “Estoy aquí contigo, estamos conectados”. Electrónica, digital y virtual pero con exacta capacidad de hacerte sentir querido o de sacarte de tus casillas. Vamos, lo que se llamaba en el siglo XX “amor”.
    Código de conducta 
    -Se cambia intempestivamente de tema de conversación. Si has dejado de mirar el grupo durante horas y cuando vuelves hay 200 mensajes sin leer. No preguntes. Olvídalo y saca otro tema.
    -En los grupos no hay doble check, pero siempre puedes irte a mirar la última hora de conexión de alguno de sus miembros. No lo hagas. Puede que pase de ti en el grupo y esté charlando con otros. La tecnología te lo va a decir, pero ¿para qué lo quieres saber?
    -Se crean subgrupos para hablar de temas o personas. Si alguien cae en desgracia en el grupo original se abrirá uno nuevo para ponerlo a parir.
    -No intentes solucionar una bronca de un grupo de Whatsapp mandando emails. Todo irá a peor. Lo que pasa en Whatsapp se queda en Whatsapp.
    -En caso de emergencia, resuélvelo con un emoji. La flamenca de Whatsapp tiene bien ganada fama de disolver malentendidos, broncas y discusiones.

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