En el pueblo de Castuera habia una gran Tienda llamada Joyma que vendia batas, camisones, pijmas de niño, pijamas de señora y caballero, calcetines, etc,,. Con el jefe llamado Jose y su dependiente llamado Manalo por eso se llamaba Joyma,.
En la temporada de reyes tambien vendia juguetes de todas clases,.
En la temporada del carnaval vendia trajes, caretas, etc,. Cuando empeza el cole los babys para los niños y niñas,. Pero llego la jubilacion y se cerro y los clientes la echa de menos, etc.
Foto de la Tienda de Joyma, etc.
TÍTULO; ENRÉDATE, La Tienda,. CANCION,.
Dile al que vive contigo, que sea precavido
Que no te descuide tanto
que cierre bien la capilla
que hay muchos fieles
que quieren rezarle al santo
dile...
que tu eres manjar para reyes
que insitas a los excesos
dile...
que hay lobos hambrientos, que quieren comerte
y yo soy un lobo de esos.
El que tenga tienda que la atienda buen amigo
o se lleve el cliente un changarro bien surtido
no abras la canasta aunque la carne esté reseca
que en el arca abierta hasta el ser más justo peca
Si compartiera tu cama, Chiquita del Alma
aquella tu privacía
de tanto andar por tu cuerpo
tocando la gloria
te juro que no dormia
dile...
que tu eres manjar para reyes que insitas a los excesos
dile...
que hay lobos hambrientos que quieren comerte
y yo soy un lobo de esos.
El que tenga tienda que la atienda buen amigo
o se lleve el cliente un changarro bien surtido
no abras la canasta aunque la carne esté reseca
que en el arca abierta hasta el ser más justo peca.
TÍTULO; ¡ POBRECITOS !.
Un camarero me distrajo mientras acompañaba a un cincuentón a la mesa de mi izquierda. Bronceado, vestía un traje que no era de los almacenes de la esquina y llevaba el cabello canoso repeinado... Yo le encontré algo raro: se le había ido la mano con las pinzas y las cejas delineadas le daban un toque de blandura. Llegó un amigo un poco más joven. Y me quede atónita por la conversación. “¿Qué tal te ha ido?”, preguntó el cincuentón. Su amigo respondió: “Me habías dicho que no dolía y que los pinchazos no dejaban marca, pero mira como tengo la cara”. Me fijé y tenía rojeces en los pómulos y la comisura de los labios. “Pero es la mejor –dijo el cincuentón–. La rojez se te quitará en un rato”. “¿Crees que he quedado bien?”, insistió. “No me ves a mí... Tú mismo dices que me ha rejuvenecido 10 años. ¿Te ha dado la crema?”. Y estuvieron un rato hablando de inyecciones rejuvenecedoras, vitaminas, botox... En eso llegó mi amiga y saludó a los dos hombres y a una de las treintañeras. Al irnos, pregunté quiénes eran. “Ella es un fenómeno. Trabaja en una agencia de inversiones y se la rifan. Tiene 34 años y lleva carteras de gente importantísima... Ellos, pobrecitos, tienen los días contados. El canoso es director comercial, pero le van a echar por la edad, y el otro... no durará mucho”. Como mi amiga y yo somos de la misma quinta, le dije que no veía la razón del despido. Ella fue contundente: “Las empresas los prefieren jóvenes y en la suya han fichado a un chico formado en EE.UU. Ellos se han hecho algún retoque, pero aún así... Al canoso, yo misma le recomendé la doctora a la que voy para que me ponga botox, pero chica...”.
El mundo ha cambiado y me temo que para mal. Mantener la ficción de una falsa juventud solo nos sucedía a las mujeres, pero ellos también son ya víctimas de la superficialidad instalada en la sociedad. Debe de ser más habitual de lo que imaginaba que los
ejecutivos hablen de la tersura del cutis. Da pena que la ausencia de arrugas cotice más que la experiencia, el talento, la profesionalidad. Me pregunto si las treintañeras triunfantes estarán en unos años como los cincuentones: desesperadas porque alguien piense que las arrugas cotizan mal en bolsa. O si seremos capaces de que lo que cotice de verdad en la selva de la vida sean el buen hacer, el esfuerzo y el talento.

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