domingo, 24 de mayo de 2026

Tierra de sabores - Cocinamos - Rollitos de hojaldre con chocolate y almendras: un postre fácil y rápido ,. / Un trío en la cocina - Receta de Moretum: el queso de la Antigua Roma ,. / Documentos TV - ¿Hay que temer a China? ,. / Obélix y Astérix - Cine - Los seis signos de la luz,.

 

TITULO:  Tierra de sabores  - Rollitos de hojaldre con chocolate y almendras: un postre fácil y rápido ,.

Cocinamos - Rollitos de hojaldre con chocolate y almendras: un postre fácil y rápido,.

Una receta exprés, con pocos ingredientes y perfecta para solucionar cualquier merienda,.

Plato con rollitos de hojaldre dorados y crujientes de chocolate fundido y espolvoreados con almendras picadas
 
foto - Plato con rollitos de hojaldre dorados y crujientes de chocolate fundido y espolvoreados con almendras picadas. 

¿Buscas un dulce resultón que se prepare en un abrir y cerrar de ojos? Estos rollitos de hojaldre con chocolate y almendras son la solución definitiva. Con solo cinco ingredientes y un mínimo esfuerzo en la cocina, conseguirás un bocado crujiente por fuera y fundente por dentro que conquistará a todos en casa. Una receta de hojaldre fácil e ideal tanto para acompañar el café de la tarde como para sorprender a invitados inesperados sin complicarte la vida.

Ingredientes

  • 1 lámina de hojaldre rectangular

  • Chocolate o Nutella

  • Almendras tostadas

  • Azúcar glas

  • Leche o un huevo

Preparación

  • Lo primero pon el horno a 200ºC con calor arriba y abajo.

  • Estira la masa de hojaldre, cubre con el chocolate y espolvorea con las almendras picadas.

  • Enrolla la masa y córtala en trozos de unos 2-3 cm.

  • Coloca una hoja de papel vegetal en una bandeja de horno, pon los rollitos. Con una brocha pincela los rollitos con un huevo batido o con leche.

  • Introduce la bandeja al horno, deja hornear hasta que estén dorados unos 15-20 minutos.

  • Saca del horno la bandeja con los rollitos de hojaldre con chocolate y almendras. Deja se enfríen en una rejilla. Espolvorea con azúcar glas y listos para servir.

    TITULO : Un trío en la cocina - Receta de Moretum: el queso de la Antigua Roma ,. 

    Un trío en la cocina - Receta de Moretum: el queso de la Antigua Roma, fotos,.

     

     Receta de Moretum: el queso de la Antigua Roma,.

     

    Viaja a Augusta Emérita a través de este untable de queso, ajo y hierbas aromáticas,.


    Receta del queso rústico que triunfa en Emérita Lúdica
     
    Receta del queso rústico que triunfa en Emérita Lúdica.

    Mérida se transforma estos días en una auténtica sucursal de la antigua Roma gracias a la gran celebración de la XVI edición de Emérita Lúdica. Entre espectaculares desfiles de legiones, apasionantes combates de gladiadores en el Anfiteatro y el bullicio constante del mercado artesanal, la hermosa capital extremeña revive su glorioso pasado imperial con un rigor histórico verdaderamente fascinante.

     Un trío en la cocina con Gonzalo, Julius y Nicola | El próximo lunes  vuelven Julius, Nicola y Gonzalo con nuevo programa. Estarán los tres  juntos en Un trío en la cocina... |

    Sin embargo, más allá de las túnicas, el viaje en el tiempo se consolida definitivamente a través del paladar. Es el marco perfecto para rescatar del olvido gastronómico el 'moretum', una auténtica joya culinaria de la antigüedad clásica. Esta sabrosa especialidad quesera, descrita minuciosamente en los célebres textos del mismísimo Virgilio, era el desayuno energético por excelencia de los campesinos y aguerridos soldados de la época.

    Se trata de un delicioso untable rústico que fusiona la potencia del queso de oveja o cabra con la frescura herbal de las plantas locales, el toque punzante del ajo y una buena dosis de aceite de oliva virgen extra. Preparar esta receta tradicional en pleno 2026 no es solo un hermoso homenaje al festival emeritense, sino una forma deliciosa y sencillísima de meter la historia en tu propia cocina. ¿Te atreves a descubrir a qué sabía el Imperio romano con este bocado?


    Ingredientes

    • 150 g pecorino recién rallado

    • 3-5 dientes de ajo pelados

    • 20 hojas de cilantro

    • 1 ramita de hojas de ruda

    • Unas hojas de apio fresco

    • 20 ml de vinagre balsámico

    • 20 ml de aceite de oliva

    • Una pizca de sal marina

    Preparación

    • Los ingredientes se machacan en un mortero y se muelen hasta formar una pasta.

    • Luego se forman bolas y se sirven con pan recién horneado.

    TITULO:  Documentos TV - ¿Hay que temer a China?,.

    Martes - 2 - Junio a las 00:00 horas en La 2,foto,.

    ¿Hay que temer a China?,.

    No se entiende por qué el Gobierno chino rompería con un pasado imperial que sigue siendo su fuente de inspiración y se aventuraría en guerras inútiles por un deseo de supremacía,.


    ¿Hay que temer a China?

    Araíz del encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y China, permítanme recordar la figura de Liu Xiaobo, Nobel de la Paz, fallecido mientras se encontraba recluido en una prisión china, hace ya nueve años. ¿Qué relación hay entre ambos acontecimientos? Es esencial,.

     

    Hay guerras que se recuerdan por sus batallas, por sus generales o por sus tratados. En "La Guerra del Opio. Drogas, codicia y la forja de la China moderna" (Desperta Ferro), Julia Lovell recuerda que se explica por sus contradicciones: comerciantes que se decían caballeros mientras traficaban droga, funcionarios que timaban al emperador para salvar su vida, soldados que enturbiaban superioridad técnica con la moral, misioneros que viajaban en barcos de contrabandistas y un imperio chino que no era ni tan abotonado ni tan uniforme como sus enemigos quisieron imaginar. El texto fluctúa como un pasillo de escenas entre bufas, trágicas y reveladoras: una guerra nacida de esa preciada infusión llamada té, financiada por la adicción y convertida en mito fundacional.

    Uno de los ejes más poderosos del texto es el de la hipocresía imperial. Gran Bretaña, que miraba el ombligo como una potencia civilizadora, sostenía parte de su riqueza en la compraventa de una droga adictiva. El circuito era tan vigoroso como inhumano: el opio cultivado en la India se vendía en China, se cambiaba por plata, y esa moneda lo compraba. Los impuestos contribuían a financiar el Estado y su maquinaria armamentística. Así, una costumbre cotidiana británica —el té de las cinco en punto— estaba unida a una cadena de dominación, contrabando y dependencia. La guerra, pues, no fue una anomalía, sino la continuación cruenta de un negocio absolutamente inmoral.

    El relato está plagado de personajes que parecen huidos de una novela de Dickens o de Thackeray. Entre ellos destacan los comerciantes escoceses William Jardine y James Matheson, arquitectos del gran negocio del opio en Cantón. El primero tenía solo su silla en el despacho para evitar visitas largas; era su modo de gestionar el tiempo y también una metáfora de su carácter, directo, impaciente, sin escrúpulos. Matheson acumuló una inmensa fortuna y terminó comprando una isla en Escocia, donde su memoria quedó fijada en mármol. Disraeli lo caricaturizó como “Mr. Druggy”, el político que denunciaba la corrupción mientras se enriquecía con la droga. Los dos conforman la paradoja eterna: el tráfico de opio podía convertirse en honorabilidad si se traducía en poder, filantropía y relevancia.

    Una guerra de malentendidos,.

    El estallido de la guerra tiene un mucho de accidente ético. Cuando el comisionado imperial Lin Zexu obligó a los comerciantes foráneos a entregar sus reservas de opio, el representante británico Charles Elliot aceptó, prometiendo que la Corona compensaría las mermas. En ese gesto se condensa la lógica del conflicto: un problema ilegal se transmutó en cuestión nacional. Lo que para los Qing era una campaña contra el contrabando, para Gran Bretaña pasó a ser una ofensa al honor –¡horror!– y a la propiedad. La destrucción de miles de cofres de alcaloide en Cantón no fue solo un acto metafórico, sino el detonante de una guerra en defensa de intereses privados convertidos en causa pública.

    La guerra, no obstante, no fue la confrontación limpia entre dos bloques que sugieren los relatos abreviados. Lovell insiste en la complejidad del lado chino. El Imperio Qing no era un monolito cerrado, sino una estructura frágil, atravesada por tensiones internas, corrupción y desafíos constantes. Muchos combatieron contra los británicos, pero otros colaboraron con ellos y vendieron la sustancia, actuaron como guías o aprovecharon a los extranjeros para amasar dinerillo. China, en palabras de la autora, estaba también en guerra consigo misma. Esa ambigüedad rompe con la imagen de una víctima pasiva y revela un escenario más cercano al caos que a la épica.

    Entre los sucesos más reveladores está el de la comunicación fallida dentro del núcleo duro del imperio. Los funcionarios locales, temerosos de transmitir noticias nefastas, informaban al emperador de victorias que no eran reales. Las derrotas se retocaban, los informes desaparecían o se ocultaban, y la realidad se convertía en un murmullo distorsionado que viajaba de forma pausada hacia Pekín. Hay un momento que parece de chirigota: después de años de conflicto, el emperador Daoguang llega a preguntar dónde está Inglaterra. La pregunta no se ciñe al ámbito geográfico, sino al político, lo que revela hasta qué punto el centro del poder estaba aislado de la realidad militar.

    La superioridad tecnológica británica convirtió muchas hostilidades en episodios cortos y desiguales. Se ha comentado que algunos enfrentamientos duraron literalmente, minutos. El contraste entre los buques de vapor y la artillería moderna frente a las defensas chinas era angustioso. Pero Lovell evita la tentación de reducir la guerra a un choque entre modernidad y pasado. Lo que muestra es una combinación de impremeditación, presunción y malentendidos por ambas partes. Incluso en Londres, la guerra no se planificó con seriedad. Fue una sucesión de decisiones oportunistas, debates parlamentarios y cálculos políticos…, no muy acertados.

    Fue en este conflicto cuando China perdió el control de Hong Kong y cedió la ciudad a los ingleses

    Las escenas de combate, aunque no son el epicentro del volumen, aparecen con sustancia suficiente para desmontar cualquier romanticismo. Hay relatos de ciudades bombardeadas, de guarniciones aniquiladas o de cadáveres amontonados. La violencia fue cierta, masiva y gratuita. Sin embargo, lo que hace el libro inquietante es cómo ese terror convivía con la rutina burocrática. Mientras se devastaban ciudades, los funcionarios continuaban redactando informe como un mal Bartleby, ocultando errores o intentando mantener su reputación incólume. La guerra no suspendió la mediocridad administrativa; la aumentó.

    Tras el humo: memoria, culpa y propaganda,.

    El Tratado de Nankín puso fin al conflicto, pero también abrió una nueva etapa. China tuvo que pagar indemnizaciones, abrir puertos al comercio extranjero y ceder Hong Kong. En su momento, muchos no percibieron la guerra como un acontecimiento decisivo, pues para algunos fue la escaramuza en un imperio acosado por problemas interinos. Solo con el paso del tiempo se transformó en emblema. Esa transformación es uno de los temas más sugerentes del libro: cómo un episodio limitado se convirtió en el origen narrativo de la China que hoy conocemos.

    En Occidente, la guerra produjo una imagen duradera de China como un país debilitado y atrasado. La figura del fumador de opio se convirtió en símbolo de degeneración, y el “peligro amarillo” empezó a tomar forma en la cultura pop. Es una paradoja pues la droga introducida por los británicos se convirtió en argumento para temer a los chinos y la culpa se desplazó hacia la víctima, así como la propaganda transformó un negocio en un rasgo cultural ajeno.

    El Tratado de Nankín cerró el conflicto, pero China tuvo que abrir puertos y pagar indemnizaciones ,.

    En China, por el contrario, la guerra adquirió un significado de hondo calado. Durante décadas no ocupó el lugar medular que tiene hoy. Pero en el siglo XX, y especialmente tras las crisis políticas del país, se convirtió en el punto de partida de una narrativa de humillación interna. La guerra pasó a representar el momento en que fue obligada a enfrentarse a un mundo hostil y tecnológicamente superior. Esa memoria, cultivada en escuelas y discursos políticos, sigue influyendo en la forma en que el gigante se relaciona con Occidente.

    Pero en estas páginas también hay detalles que iluminan la vida cotidiana de la época. El comercio en Cantón funcionaba mediante un sistema complejo de intermediarios, normas y lenguajes híbridos. El llamado “pidgin de Cantón”, una mezcla de inglés y estructuras chinas, muestra hasta qué punto el contacto entre culturas producía soluciones no muy perfectas pero prácticas. La idea de una China cerrada se desmorona ante estos ejemplos pues el imperio estaba en contacto permanente con el exterior, aunque en condiciones controladas.

    La guerra fue evitable y posiblemente pasó de algo más que un error,.

    Otro elemento delirante es la forma en que la guerra fue reinventada y recontada una y otra vez. En el siglo XIX, muchos británicos la consideraron bochornosa y, algunos políticos la denunciaron como inmoral. No obstante, con el tiempo, todos esos comentarios se suavizaron: el opio desapareció de lo sucedido, sustituido por la idea de libre comercio y vanguardia. En China ocurrió algo parecido, pero en sentido inverso: el conflicto se simplificó hasta convertirse en un símbolo de agresión extranjera. En ambos casos, la memoria obró a su modo y reorganizó los hechos para servir a las nuevas necesidades ideológicas.

    Uno de los aspectos más interesantes del libro es su atención a los malentendidos culturales. Británicos y chinos se percibían a través de prejuicios, caricaturas y posibilidades irreconciliables. Los unos veían a los británicos como bárbaros arrogantes; los otros consideraban a los chinos obstinados y atrasados. Estas ideas no solo alimentaron el conflicto, sino que condicionaron su desarrollo. La guerra no fue solo una pelea por el comercio, sino también una lucha por el significado.

    El resultado último no fue una victoria limpia. Para nadie. Gran Bretaña logró sus objetivos, pero cargó con el peso de una reputación moral dudosa. China fue herida con derrotas humillantes, pero también inició un proceso de transformación que la llevaría a redefinir su espacio en el mundo. La guerra dejó cicatrices materiales —puertos abiertos, territorios cedidos— y cicatrices simbólicas muy profundas.

    Lo peor de Lovell es su actualidad. Los motivos que desencadenaron la no han desaparecido. Tampoco lo ha hecho la tendencia a reinterpretar el pasado para justificar el presente. La Guerra del Opio sigue siendo, más de un siglo y medio después, un episodio aterrador y revelador. No solo por lo que ocurrió, sino por la forma en que lo recordamos.

    No tiene este libro una moraleja de andar por casa. Lo que propone es una mirada enredada y poco tranquilizadora. La guerra fue evitable y posiblemente pasó de algo más que un error. Resultó ser la combinación de decisiones humanas, intereses crematísticos y apreciaciones culturales que se confabularon de forma peligrosa. Y en esa melé, confeccionada de humo, plata, té y pólvora, se fraguó una parte esencial del mundo que hoy conocemos.

     

    TITULO: Obélix y Astérix - Cine -  Los seis signos de la luz ,. 

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    Cine -   Los seis signos de la luz ,.
     

     El cómic en RTVE.es - Programa cultural de comics en RTVE Play

     

    Obélix y  Astérix,.

     
     
     
    Reparto ,. Alexander Ludwig , Christopher Eccleston, Ian McShane, Frances Conroy, James Cosmo, Amelia Warner,.
     
     Basada en una adaptación de la aclamada novela "The Dark is Rising" de Susan Cooper. Will Stanton (Alexander Ludwig) es un chico cuya vida cambia radicalmente al descubrir que es el último de un grupo de guerreros inmortales que dedican sus vidas para luchar contra las fuerzas del mal. No tardará mucho tiempo que la oscuridad resurja otra vez y que el futuro del mundo se encuentre en sus manos.

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