martes, 4 de agosto de 2026

Un país en la mochila - De Daca a Chittagong, en el país de la miseria ,. / AQUI HAY TRABAJO - Los barrenderos de Madrid que trabajan al sol: “Cada día me traigo unos tres litros de agua congelada, y nunca son suficientes”,. / 80 cm - El Rastrillo,.

 

TITULO : Un país en la mochila - De Daca a Chittagong, en el país de la miseria,.

 De Daca a Chittagong, en el país de la miseria,.

Un trayecto de 330 kilómetros en Bangladesh en un vetusto tren abarrotado con viajeros en el suelo,.

Un tren abarrotado en la estación de Daca, Bangladesh

El viaje en ferrocarril más apasionante de toda mi vida y del que guardo un imborrable recuerdo es el trayecto de 330 kilómetros entre Daca, la capital de Bangladesh, y Chittagong, ciudad portuaria en el Golfo de Bengala. Formaba parte de un reducido grupo de periodistas a los que había invitado el Banco Mundial para dar a conocer sus actividades en los países menos desarrollados de Asia. Bangladesh era el país más pobre del continente en octubre de 1986, la fecha del viaje, cuando todavía eran visibles las consecuencias de la guerra de independencia de los años 70 con la implicación de Pakistán y la India.

Llegamos a la estación de Kamalapur al atardecer. Era un vasto y feo edificio de cemento con un gran vestíbulo que conducía a las vías. Una multitud pululaba por los alrededores y su interior. Al llegar al andén, un mozo con un látigo de caña iba despejando el camino a nuestra comitiva, golpeando sin contemplaciones a los indigentes adormecidos en el suelo. Delante de nosotros, abría camino el ministro de Transportes y su séquito, nuestros acompañantes en el trayecto.

Decenas de vendedores ambulantes anunciaban su mercancía: té, refrescos y frutos secos. Había viajeros en los techos de los vagones y agarrados a los estribos. La Policía les desalojaba a gritos, pero volvían a trepar sin inmutarse.

Subimos al tren con una locomotora eléctrica. A cada uno se nos adjudicó un compartimento con una cama y un lavabo. El trayecto discurría por charcas y cañaverales, puentes y pequeños viaductos que salvaban la accidentada topografía. Una campanilla nos llamó a la cena en el coche restaurante. Había manteles blancos y velas en las mesas que no disipaban el aspecto vetusto de los vagones. Nos sirvieron cuatro o cinco platos unos camareros con chaquetillas blancas y el escudo de los Ferrocarriles de Bangladesh.

Después de la cena, recorrí el tren. Había vagones de segunda con compartimentos para ocho personas. Algunos pasajeros comían samosas y pasteles de patata. Otros yacían recostados sobre los asientos. Los vagones de tercera eran bancos de madera corridos en los laterales. Estaban abarrotados con gentes durmiendo en el suelo. Un olor a especias y humanidad impregnaba el aire, movido por ventiladores. En las paradas, subían vendedores ambulantes con todo tipo de baratijas.

En el desayuno, el ministro nos explicó que el tendido ferroviario había sido construido por los ingleses a finales del siglo XIX. Probablemente los vagones eran los mismos que en la época de la Reina Victoria. Muchos años después, en 2019, leí que 16 personas habían muerto en un accidente mientras viajaban de Daca a Chittagong, cuyo río desembocaba al mar en un enorme estuario.

Dormimos en el único hotel de la ciudad y, al día siguiente, nos llevaron a recorrer en barca el río Karnaphuli, en cuyas orillas se bañaban mujeres, vestidas con sari, y niños desnudos. Poco tiempo después, me enteré de que una riada había devastado la zona, provocando centenares de muertos.

Volvimos a Daca por una estrecha y penosa carretera de tierra, cruzando ríos y aldeas. En uno de ellos, una gran aglomeración escuchaba un sermón. Daca era ya una ciudad con más de 15 millones de habitantes con una extensión sin límites y una miseria lacerante.

En la última noche, seguí a una multitud que entraba en un anfiteatro de aspecto romano. Pronto me di cuenta de que el espectáculo era la ejecución de un desgraciado al que iban a ahorcar. Salí corriendo de las gradas para fumar un cigarro en la oscuridad. Un niño se me acercó: «One rupee, please, Sir». Una rupia. Le di un billete. Mis zapatos estaban manchados de barro.

TITULO : AQUI HAY TRABAJO -  Los barrenderos de Madrid que trabajan al sol: “Cada día me traigo unos tres litros de agua congelada, y nunca son suficientes” ,.

Los barrenderos de Madrid que trabajan al sol: “Cada día me traigo unos tres litros de agua congelada, y nunca son suficientes”,.

 

foto -  Un trabajador de la limpieza, este lunes en la Puerta del Sol, en Madrid.

Los empleados de la limpieza del Ayuntamiento denuncian las difíciles condiciones de trabajo durante el verano, que se han hecho más complicadas a causa de la subida de las temperaturas y de herramientas inadecuadas,.

Para aguantar el turno de tarde limpiando las calles de Madrid, Manuel (54 años) ha aprendido a escuchar las señales de su cuerpo. “En cuanto se me empieza a cortar la respiración, entiendo que ha llegado el momento de parar”, dice. Es entonces cuando aparca la camioneta al borde de la calle que estaba limpiando, o en el primer callejón en la sombra que encuentra, y se engancha a la botella de agua. “Me la echo en la cara, en el cuello y en las muñecas. Cada día me traigo unos tres litros de agua congelada, y nunca son suficientes”. En algunos casos, hidratarse y buscar la sombra no son suficientes para trabajar en condiciones. A las cinco de la tarde de este lunes, primer día laborable,.

TITULO:  80 cm - El Rastrillo,.

 El Rastrillo,.

 Foto dePico el Rastrillo

foto / Debemos continuar con la misma orientación que traemos, noroeste y siempre en ascenso. Alcanzaremos un collado en la cota 1860, y tendremos nuestro objetivo a nuestra izquierda, al oeste. Solo resta ganar los metros de ascensión que nos separan de la cumbre del Rastrillo (1926 m), coronado por un enorme jito de cumbres.
El descenso lo haremos bajando por la arista para llegar al Prado Chano y tenemos que cruzar el Arroyo de la Fuenfría, izquierda, que nos viene acompañando. Y seguimos la pista que nos llevará al cruce que habíamos dejado a nuestra izquierda por la mañana.

Así, desandamos el camino, para retornar al pueblo de La Riera.

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