martes, 8 de octubre de 2024

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TITULO : MAS QUE COCHES - El automóvil en su laberinto,.

 

 El automóvil en su laberinto,.

 

 El Consell autoriza la firma de un convenio de colaboración con Volkswagen para el desarrollo de la gigafactoría de baterías en Parc Sagunt II

 

 

 foto / El Consell autoriza la firma de un convenio de colaboración con Volkswagen para el desarrollo de la gigafactoría de baterías en Parc Sagunt II,.

Las ventas de automóviles han caído bruscamente, especialmente en el sector de vehículos eléctricos, a pesar de los esfuerzos regulatorios para promover su adopción. Los datos muestran que las ventas de coches en Europa han caído significativamente durante el mes de agosto, destacando Stellantis (-28,7%), Nissan (-27%), Ford (-23,4%), Grupo BMW (-14,7%) y Volkswagen (-13,3%), entre otros. Igualmente, en el mercado del coche eléctrico en la UE la caída ha sido generalizada por países y marcas, de casi el 44% en general, destacando un descenso de casi el 70% en Alemania o del 36,4% de Tesla.

La pregunta que cada vez más nos hacemos es si Europa puede seguir liderando su lucha contra el cambio climático sin sacrificar su competitividad industrial dada la presión que ejerce sobre los agentes económicos. Un ejemplo es la industria automovilística, tradicionalmente uno de los pilares económicos del continente que, en los últimos años, está atravesando por la tormenta perfecta y que muestra una situación que nos hace plantear preguntas clave sobre la viabilidad de las políticas climáticas de la Unión Europea, los crecientes costes de producción y la feroz competencia de los fabricantes chinos.

Problemas de oferta y demanda

Hay tanto un problema de costes por el lado de la oferta, que obliga a elevar los precios; como de demanda ante la incertidumbre tecnológica y un menor poder adquisitivo de los europeos, ya que los precios de los automóviles casi se han duplicado en los últimos 15 años, con mayor intensidad en los últimos cinco, como consecuencia de numerosos factores, entre los que destacan la exigente normativa medioambiental que está obligando a las marcas a invertir ingentes cantidades de dinero para conseguir motores menos contaminantes y para desarrollar el coche eléctrico, sin mucho éxito, la escasez de semiconductores y el aumento del coste de materias primas clave como el acero y el aluminio, el incremento del precio de la energía o la obligación de equipar todos los vehículos con nuevos sistemas de seguridad. Y lo que está por venir a partir del año que viene.

A todo ello, se une la fuerte competencia global donde China va aumentando su creciente ventaja con vehículos eléctricos a coste muy bajo, e irrumpiendo en el mercado europeo con modelos tecnológicamente más avanzados y con diseños innovadores. Y por supuesto, más baratos que cualquier otro europeo. Aunque los fabricantes chinos deban cumplir con las regulaciones europeas, disfrutan de menores costes de producción y economías de escala que son más fáciles de alcanzar, por lo que sus precios son imbatibles, lo que erosiona rápidamente las cuotas de mercado de las marcas tradicionales.

Si se imponen aranceles, el problema se agudizará con subidas de precios que harán languidecer la demanda

Y si se ponen aranceles a los coches chinos, el problema se agudiza pues se encarecerán más los precios y forzará a que la demanda siga languideciendo, lo que nos mete en un círculo vicioso que nos llevará por la senda de la recesión, en un momento crítico para la economía europea.


Este contexto, las acciones de los principales fabricantes de automóviles europeos han caído significativamente en los últimos años. Por ejemplo, las de Volkswagen han perdido un 65% de su valor desde máximos de 2021, mientras que las de BMW (-35%) y Mercedes (-28%), entre otras, han visto desplomarse su valor de mercado en los últimos cinco meses, reflejando tanto la preocupación por la rentabilidad a largo plazo como el impacto negativo de las políticas climáticas de la UE en sus operaciones.

A medida que las empresas luchan por mantenerse competitivas, los anuncios de cierres de fábricas y recortes de empleos se han vuelto más frecuentes. Volkswagen ha anunciado cierres de plantas en Europa y otras marcas anuncian que seguirán el mismo camino. La industria, que alguna vez fue un símbolo de innovación y prosperidad en el continente, se enfrenta ahora a una reestructuración dolorosa, con consecuencias económicas y sociales de gran alcance.

Por tanto, las regulaciones europeas junto con la competencia global están poniendo a la industria contra las cuerdas, haciéndole competir con las manos atadas. Se puede luchar para proteger el medio ambiente, pero con racionalidad, encontrando un camino que no asfixie a la industria o, de lo contrario, el cierre de fábricas y las caídas en bolsa podrían ser el principio de una crisis más profunda.

 

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Colegio rural -  ¿Dónde están los valores democráticos? ,.

 Cómo se hace la democracia

fotos / Un grupo de hombres, mediana edad, panzas prominentes, abrigos gruesos de los que valen para calentar el frío y el estatus, reunidos allí donde lo urbano da paso a lo rústico. Uno de ellos, quien dirige al grupo de inversores, les pregunta para qué colocar su dinero en la industria teniendo que soportar luego a huelguistas y sindicatos. Con un palo traza un metro cuadrado en la tierra y da una cifra: 5.000% de beneficio. El paso de lo que apenas tiene valor a tan astronómico porcentaje se conseguirá mediante una recalificación. Él, Edoardo Nottola, es, además de uno de los principales constructores de Nápoles, el concejal que puede conseguirlo.

 

La escena, que podría haber sucedido en una zona limítrofe de cualquier ciudad española en la desmedida década del ladrillazo, fue rodada a principios de los 60 por Francesco Rosi, uno de aquellos directores de cuando en Italia el pulso cinematográfico se mantenía a medias entre el arte y el compromiso, más que social, realista. Da comienzo Las manos sobre la ciudad (1963), una película donde la ficción retrata las relaciones entre el poder económico y político con más audacia de la que solemos encontrar en las páginas salmón de los diarios. Lo interesante es que no sólo sirve de testimonio al tiempo en que fue rodada, el desarrollismo de posguerra, sino que podría describir nuestro presente. Eso, además de un mal de época, es una virtud fílmica.

"Esta es una historia donde los contrastes siempre van en pareja, imágenes potentes y comprensibles de eso que se llamaba dialéctica"

Nottola, además de promover su proyecto especulativo, reforma viviendas insalubres de los barrios cercanos al puerto. La premura en las obras, quizá haber colocado a su hijo como supervisor del tinglado, causa el derrumbe de uno de los bloques colindantes provocando la muerte de dos vecinos e hiriendo de gravedad a un crío. Mientras que el empresario acude raudo al lugar del siniestro a bordo de su deportivo para intentar ocultar pruebas, la cámara nos contrapone al niño siendo rescatado por los bomberos, que han llegado en unas cochambrosas camionetas. Esta es una historia donde los contrastes siempre van en pareja, imágenes potentes y comprensibles de eso que se llamaba dialéctica.

El contrapunto de Nottola, interpretado por el actor norteamericano Rod Steiger, se la da el concejal De Vita, encarnado por Carlo Fermariello, hombre de buenas dotes interpretativas no por ser actor, sino por ser sindicalista de la CGIL y miembro del Partido Comunista Italiano precisamente en el ayuntamiento de Nápoles, donde tuvo que enfrentarse en situaciones muy similares contra Achille Lauro, quien fue alcalde de la ciudad, armador, presidente del club de fútbol y fundador del partido Unidad Monárquica. También se interpretan a ellos mismos los periodistas que aparecen en las ruedas de prensa y, de una u otra forma, los propios habitantes de las barriadas populares. “Los personajes y hechos narrados son imaginarios, sin embargo, la realidad social que los produce es auténtica”, explica un inserto al final de la cinta.

La fotografía corre a cargo de Gianni di Venanzo, quien dio forma visual a más de 50 films en las décadas de los 50 y los 60, trabajando a cargo de casi todos los grandes directores italianos de la época como Fellini, Antonioni o Gassman. Un blanco y negro riguroso preside todas las tomas, algo que funciona de acuerdo al duelo de luces y sombras que mueve el argumento, que contará los intentos de Nottola por librarse de la ley y conseguir llegar vivo a las siguientes elecciones y cómo su antagonista, De Vita, pugna no sólo contra el constructor, sino contra unas estructuras que se dicen democráticas pero que favorecen la corrupción. Aunque el final es previsible, destaca la capacidad de la historia por mantenernos atentos, por hacernos pensar que la justicia puede prevalecer.

"Rosi, sin embargo, no rueda una cinta panfletaria. Sin duda su película toma partido, pero no resulta esquemática ni políticamente pueril"

Las manos sobre la ciudad es un ejercicio para comprender la práctica de la política desde su lado menos edificante. Aparece el filibusterismo, “los muertos no están en la orden del día”, o cómo los procesos se dilatan y se tornan laberínticos para evitar cumplir su función, que debería ser la gestión de la cosa pública, no los intereses particulares. También una incipiente obsesión por la imagen, “no quiero fotografías con flash, salgo con la cara de bruto de Mussolini” dice Nottola, o por el control de los medios de comunicación, “nosotros hacemos a la opinión pública”, cuenta en una reunión un dirigente de Acción Monárquica. O directamente un populismo atroz, como cuando el alcalde se ve asaltado por un grupo de mujeres enlutadas que le increpan y las calma repartiendo unos billetes: “¿se da usted cuenta de cómo se hace la democracia?”, dice con una sonrisa de medio lado.

Rosi, sin embargo, no rueda una cinta panfletaria. Sin duda su película toma partido, pero no resulta esquemática ni políticamente pueril. No empatizamos con Nottola, aunque entendemos que su egoísmo —el cual le lleva incluso a sacrificar judicialmente a su hijo— es simplemente la expresión de una estructura de poder determinada. Tanto es así que cuando el constructor explica que “el dinero no es como un coche que lo puedes meter en un garaje, es como un caballo que tiene que comer cada día”, está resumiendo de manera brillante el gran conflicto entre economía productiva y especulativa que dará pie a la inestabilidad del capitalismo del siglo XXI. O cómo mientras los ricos europeos llevan su dinero a fondos buitre norteamericanos, en China invierten en semiconductores.

Otro personaje de interés es el del doctor Balsamo, un centrista que identificamos con la Democracia Cristiana, que tiene que soportar cómo su partido acaba requiriendo de los votos de Nottola y sus secuaces para alzarse con el poder en Nápoles. Hombre de fuertes convicciones, protesta ante el dirigente de su organización. Amenaza incluso con su dimisión como director de uno de los hospitales de la ciudad. Su jefe de filas, un tipo que se diferencia de la tosquedad del constructor en un refinado gusto por el arte, alguien que intuimos manda realmente más que el vulgar ladrillero pero quiere figurar menos, le explica que “en política la indignación moral no sirve para nada. El peor pecado es el de ser vencido”. Es cinismo, pero también una enseñanza descarnada de en qué consiste este juego.

"Las cámaras hoy se enfocan hacia una pantalla azul. Los espectadores aplauden a las pirotécnicas digitales. Luego votan a millonarios con el pelo naranja"

Las manos sobre la ciudad ganó el León de Oro del Festival de cine de Venecia en 1963, pero podía haber aspirado de igual manera a conseguir un premio periodístico si en vez de haberse articulado como ficción lo hubiese hecho como documental, algo que Rosi llegó a plantearse pero evitó en última instancia temiendo los recortes de la censura. Este hecho facilita que nos adentremos en los chiribitiles donde raramente penetra la luz. Frente a los plenos del ayuntamiento, las reuniones secretas donde se alcanzan vergonzosas componendas; frente a la campaña electoral, el desprecio a los votantes que son contemplados como un medio molesto al que manipular; frente a la ley, que el solitario concejal comunista intenta ver cumplida pese a no ser la que él hubiera redactado, la ley de la selva en la que los hombres del dinero se manejan con audacia.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, películas actuales como El Reino, Sorogoyen, 2018, recogen la tradición en la que se asienta la cinta de Rosi: tomar la propia realidad contemporánea para que hable, dramáticamente, por sí misma. Entre nuestros conflictos y los de la Nápoles de mitad del siglo XX hay, seguro, unas cuantas diferencias pero, aunque ya no lo queramos ver, también unas cuántas similitudes. Especulación, corrupción, imposición de los intereses privados sobre los públicos y, sobre todo, del poder del mundo del dinero sobre el poder de la democracia. Las cámaras hoy se enfocan hacia una pantalla azul. Los espectadores aplauden a las pirotécnicas digitales. Luego votan a millonarios con el pelo naranja. El fenómeno es más complejo, pero como resumen nos vale. Permítanme, por mi lado, que encuentre refugio en el honrado blanco y negro del neorrealismo, cuando el cine se parecía a la gente y dibujaba la vida con todas sus aristas.

 

TITULO:  Gigantes de La 2 -Alfredo Semprún - Dinosaurios y la «zona libre de meteoritos»,.- Jueves - 17 - Octubre  ,.

Gigantes de La 2 - Programa de entrevistas, de cincuenta minutos de duración y emisión semanal, para La 2  Jueves - 17 - Octubre, 23:50 de Televisión Española.

 

 Alfredo Semprún - Dinosaurios y la «zona libre de meteoritos»,.

 

 Alfredo Semprún: últimas noticias en La Razón

 

foto /  Alfredo Semprún,.

 

 

Millones de madrileños admiten dócilmente su discriminación por razón de renta,.

En esas noches claras, navegando lejos de las luces de la costa, con el viento que late en las velas y mecido por una mar amable uno puede asistir a una lección magistral sobre la perspectiva. El maestro es la bóveda celeste, inmensa, que te indica cuál es tu lugar en el cosmos, infinitesimal y, sin embargo, único. De mañana, al largo de la Foz do Arelho, se divisa la lengua de tierra que creó un terremoto en el siglo XV. Obidos, cierto, perdió su puerto, pero surgió una hermosa laguna y más hacia el norte, antes de embocar la bahía de Nazaré, se pueden observar las señas de otras cicatrices, las que dejaron el gran sismo y el tsunami de Lisboa, un día de Todos los Santos de 1755, que se llevaron más de 100.000 vidas –diez mil de ellas en España– e hicieron descender la sonda más de 30 metros, en un alarde de cambio geológico asombroso. En la costa atlántica de Portugal, como también en la cantábrica española, las aguas están limpias, las orcas persiguen bancos de atún y, desde hace unos años, se divierten rompiendo las palas de timón de los veleros. Llegan plásticos a las playas, claro, pero son muy pocos si los comparamos con el vertedero que suponen los deltas y desembocaduras de los ríos africanos y asiáticos. En nuestras playas vuelven a desovar las tortugas, las vedas pesqueras restablecen las poblaciones y los pescadores pagan con sus ingresos la depredación sin límites de las flotas de Asia y de las que navegan bajo pabellón de conveniencia. Los europeos luchamos contra el fantasma del CO2, mientras el resto del mundo se aplica al crecimiento industrial y multiplica las centrales a base de carbón e hidrocarburos. Rechazamos el fracking, renunciamos a explotar las minas de litio y en nuestra ciudades, como Madrid, el ciudadano admite dócilmente la discriminación por razón de renta. Son millones los madrileños que no disponen de una plaza de estacionamiento en el domicilio o en el puesto de trabajo en la que poder recargar la batería de un vehículo eléctrico. Millones que pagan impuestos, tasas y otras gabelas a quienes se impele a renunciar al vehículo propio en aras de un transporte público que colapsaría a la primera de cambio mientras los vecinos con posibles adquieren coches eléctricos –híbridos, en su mayor parte, no vaya a ser que te quedes tirado en el peor momento y no tengas autonomía para ir a la segunda vivienda costera– y disfrutan de las vías que todos pagamos. No se trata de reñir al alcalde Almeida, al que la Justicia le ha pedido que cuantifique el quebranto económico de familias y trabajadores que causan las zonas de bajas emisiones, porque a estas alturas la rebeldía ya es sólo un gesto heroico de las derechas que te lleva a la catacumba social. Mejor dejarse llevar por el pensamiento dominante, el mismo que impulsan los que siempre viajarán en las chaikas del parque móvil de los ministerios. Nos han convencido de que el gas de la vida en la Tierra, el CO2, es un contaminante y que cuatro pelagatos, los europeos, podemos corregir algo como el clima, que todavía somos incapaces de entender cómo puñetas funciona. Y vuelvo al mar. Poco a poco sube su nivel y, poco a poco, va deshaciendo las calizas costeras, donde se almacena el CO2 que dio esplendor a los dinosaurios, esos bichos que no supieron establecer a tiempo una «zona libre de meteoritos» con capacidad de destrucción planetaria.

TITULO:  ¡ Atención obras ! - Cine - Los que dicen que saben se ven también buenos ,.

 Los que dicen que saben se ven también buenos ,.

 

foto / En Broadcast News (1987), hasta hoy la más reconocida de las películas de James L. Brooks, una versión mini de Holly Hunter le espeta a su padre: “¿Podrías intentar ser un poco más preciso antes de llamar a alguien algo como obsesivo?” Obsesivo es una palabra grande y grave, explica la niña, un término prácticamente psiquiátrico. Implica la imposibilidad de parar y hacer cualquier cosa que no sea contemplar el objeto de la obsesión propia: es patologizante e inescapable, así que hay que pensárselo bien antes de acusar a alguien de ser obsesivo. 

James L. Brooks es un cineasta obsesivo. Lo sé porque hay dos tipos de personas: las que son capaces de dejar un conflicto atrás y las que no pueden parar hasta meterse hasta el fondo y emerger, destruidos o triunfales, de entre las ruinas de su propia obra. Lo sé porque yo tampoco sé callar o dejar de pensar constantemente en las mismas cosas, y confundo naturalidad y compulsión constantemente: ¿es natural gritar, hablar siempre de lo mismo, perseguir las intuiciones propias, interrogar a uno y a otro hasta que todo el mundo acaba extenuado? 

La diferencia entre la pasividad de ser tú mismo y el esfuerzo que supone ser fiel a ti mismo esto es, fiel a una serie de principios que el discurrir del día a día pone en peligro constantemente es la idea que vehicula todas las películas de James L. Brooks. El hallazgo de su obra, que es perfectamente articulable como un modesto tratado moral, es hacerse cargo de algo que siento profundamente cierto: la integridad dificulta la aplicación satisfactoria de aquellas estructuras que podrían conducir al cumplimiento del deseo. Dicho de otra forma más sencilla, lo que propone es que las estructuras genéricas del cine (pienso en la resolución del triángulo amoroso o el final feliz de la comedia romántica) no son siempre compatibles con un tratamiento honesto de los conflictos del mundo real. La integridad, admitida como máxima, obstaculiza los procedimientos de la vida; de forma salvable o insalvable, pone en peligro la felicidad. 

Donde otros cineastas tienden a ajustar el mundo a la estructura (achacando cualquier conflicto al malentendido o al error de comunicación, enrevesando situaciones que son fácilmente solventables), lo que el cine de Brooks me hace intuir es otra cosa: un esfuerzo, obsesivo como decíamos, por ajustar la estructura y producir una ordenación ética del mundo.

Esta es solo mi lectura de una serie de películas que he visto una y otra vez: aunque raro es el personaje de Brooks que no es profundamente neurótico, no se trata de esa neurosis romantizada que vuelve simpáticas a las personas “malas”. De lo que se trata en su cine (extremadamente dialogado, desbordante de una palabra por lo general frenética) es de interrogar los procedimientos que pone en marcha la que, de entre un enorme abanico de neurosis y obsesiones presentadas, él señala como la única obsesión válida: la obsesión con hacer las cosas bien

Los personajes que presenta son siempre complejos, pese a funcionar en una comparación permanente que requiere que los separemos en dos grandes campos morales: los autocomplacientes y los que no se ponen excusas. Pero a través de ese abismo entre medias transitan muchas cosas: lecciones, afectos, empatía o lealtades que, de algún modo, permanecen. 

Con todo esto, su cine se presenta como una suerte de matrioska de ensayos: cada película ensaya diferentes situaciones morales y, dentro de las mismas, los personajes ensayan caminos posibles para conciliar la toma de decisiones correctas con la idea, asumida como la gran aspiración compartida, de encontrar la felicidad. Al organizar la proyección reciente de una de sus películas en Madrid, al ciclo lo llamamos Fake it ‘till you make it: la idea era prestar especial atención a los procesos de ensayo y de repetición a los que Brooks confiere un lugar privilegiado dentro de su obra. Creo que poner por escrito esto, que es una idea que me obsesiona desde hace tiempo, puede ser un buen propósito para este texto.


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